La música de las bibliotecas
de Daniel Goldin
INVASIONES, BIBLIOTECAS, FUTBOL
Reseña de Jorge Vargas Bohórquez   |    Junio de 2026
El libro nació de una invitación de Ezio Neyra, entonces director de la Biblioteca Nacional del Perú, en plena pandemia, hacia octubre de 2020, para la colección Lectura, Biblioteca y Comunidad. Goldin pudo haber reunido textos ya escritos, pero prefirió escribir desde cero pensando en las bibliotecas, mientras la mayoría de ellas permanecía con las puertas cerradas en todo el mundo. El momento fue crucial, pues Goldin escribía desde la incertidumbre, sin saber cuándo ni cómo reabrirían, y eso le permitió preguntarse no sólo ¿qué serán las bibliotecas públicas en un futuro?, sino ¿qué queremos que sean?
Goldin no es bibliotecario de formación tradicional; ha tenido una trayectoria como editor, promotor de lectura y durante casi seis años dirigió la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México. Esa experiencia profesional incursionando en la dirección del recinto atraviesa todo el libro y le da una voz peculiar: la del aprendiz que ensaya, fracasa y vuelve a intentar.
Un ensayo musical
El libro se organiza en cinco partes, con un liminar, más una coda, y lo que caracteriza su forma son los rasgos estilísticos que Goldin elige: fragmentos numerados que no siguen una progresión lineal; reiteraciones literales o variaciones de frases (“El tema es el agua. El agua es vida”);1 el uso de la segunda persona para romper la distancia con el lector; deja una página en blanco para que el lector escriba; recurre a citas de fuentes muy diversas (Quevedo, Oliver Sacks, Wikipedia, entrevistas a usuarios anónimos), y hace marcados cambios de registro: va de la reflexión filosófica a la anécdota de biblioteca.
Goldin afirma que “La forma es fondo”.2 El libro intenta ser lo que describe: una obra abierta, una improvisación, un espacio para que el lector entre y salga. El gran acierto es que la fragmentación evita la solemnidad. Algunos lectores quizá podrían sentirse desorientados, pero, en mi opinión, la necesidad sí existe: Goldin defiende la apertura como valor, y por ello su escritura busca ser abierta.
Agua en movimiento y el umbral como espacio de encuentro
El libro comienza con una palabra liminar, perteneciente al umbral. Goldin define umbral como “el escalón, el dintel o cualquier otro espacio que marca la diferencia entre el dentro y el fuera”.3 Y añade: “La casa a la que quiero invitarte aún no está construida. La iré construyendo conforme vaya escribiendo las páginas que siguen y tú las vas leyendo”.4 Esta casa es la biblioteca pública.
El tema es el agua: “El agua es vida, al menos mientras corra, pues el agua estancada es símbolo de la muerte”.5 Una biblioteca con agua estancada, es decir, colecciones que no se consultan, usuarios que no dialogan, espacios sin escuchas, es una biblioteca muerta, por muchos libros que tenga. La imagen del agua es simbólica y rica, aunque el autor no la explota con datos concretos (por ejemplo, cuántas bibliotecas latinoamericanas tienen problemas de acceso al agua potable). A veces, la metáfora se queda en un plano lírico, y sólo hacia el final se vuelve política, cuando menciona que el agua comenzó a cotizar en Wall Street.
Las crisis del presente asediado
Goldin dedica varias páginas a describir el presente como un tiempo “asediado” por múltiples crisis: la crisis de la verdad (a millones de personas no les importa si les mienten), la crisis de la cultura escrita (a pesar de que hoy escribimos y leemos todo el tiempo, esa omnipresencia ha generado indiferenciación, no más diálogo), la crisis de la duración (los mensajes digitales duran menos, los libros impresos del siglo XX se deshacen) y la crisis del espacio público (la era digital ha confundido lo público, lo privado y lo íntimo).
La apuesta de Goldin es que “la lectura crítica” —entendida como registro y selección de indicios para producir un efecto de sentido— puede ser una vía para reconstruir un espacio común. Sin embargo no ahonda en cómo se enseña o se fomenta esa lectura crítica en una población que se resiste.
Genealogías enfrentadas: igualdad versus homogeneización
En uno de los capítulos mejor llevados, contrapone dos tradiciones de bibliotecas públicas. La tradición A (anglosajona, catalana, anarquista) nace de asociaciones de iguales: los usuarios son también fundadores, deciden los acervos, conversan. La biblioteca es horizontal, diversa, abierta a lo imprevisto. Por otra parte, la tradición B (latinoamericana, especialmente la mexicana vasconcelista) nace de decretos centralistas: la biblioteca es un instrumento para “civilizar” al otro, los acervos los deciden expertos, los bibliotecarios son ejecutores, no creadores.
El autor se inclina por la tradición A, no obstante, reconoce que la B también tuvo logros importantes, como la alfabetización masiva y la cobertura territorial. Su crítica principal es que los principios son más importantes que los presupuestos: si una biblioteca parte de la desconfianza hacia los usuarios, su funcionamiento será vertical, aunque tenga muchos recursos. El ejemplo central es José Vasconcelos: Goldin lo admira por crear la Secretaría de Educación Pública e impulsar bibliotecas, sin embargo lo critica por imponer un modelo desde arriba, sin retroalimentación comunitaria.
Esta distinción es útil, pero quizá demasiado dualista. En la práctica, las bibliotecas hibridan tradiciones. Habría que explorar con mayor detalle contraejemplos latinoamericanos de bibliotecas comunitarias exitosas (las hay en Colombia o Brasil, por ejemplo). Este ensayo se concentra mucho en México, lo que le da autenticidad, aunque también un sesgo geográfico.
La biblioteca como jardín y como baño público
La metáfora del jardín es la más elaborada y aparece en la cuarta parte del libro. Apoyándose en Gilles Clément y Oliver Sacks, Goldin sostiene que una biblioteca no debe ser un “jardín botánico” de colecciones clasificadas a la perfección, inmutables, detrás de una vitrina, sino un jardín vivo, donde los usuarios puedan moverse, equivocarse, encontrar lo que no buscaban. El jardín también requiere agua, es decir, cuidado, escucha, mantenimiento. La biblioteca como jardín se opone a la biblioteca como cementerio.
Un jardín también requiere poda y selección. Goldin no aborda quién poda en una biblioteca, ni cómo se negocia entre el derecho a la diversidad y la necesidad de no albergar discursos de odio.
Dos gestos particularmente provocadores del libro son la defensa de la biblioteca como baño público y como lugar para dormir. Para muchos usuarios sin hogar, la biblioteca es el único espacio donde pueden acceder a un baño limpio. Goldin pregunta: ¿puede una biblioteca pública cerrar sus baños y seguir llamándose pública? Su tesis: el cuidado del cuerpo es condición de posibilidad del cuidado del espíritu. Separarlos es un error de la modernidad.
En cuanto al sueño, Goldin confiesa que en la Vasconcelos vio a usuarios dormitar en los sillones. En lugar de expulsarlos, se preguntó por qué: porque no tienen casa, porque en su casa no pueden descansar, porque la biblioteca les da seguridad. Cita a Proust, Nerval y Breton, quienes valoraban el sueño como forma de acceso a la creación. Estos dos gestos no son anécdotas pintorescas: son una política de la escucha. Si una biblioteca no acoge el cuerpo, difícilmente acogerá el espíritu.
La forma musical: variaciones sobre un mismo asunto
Goldin enfatiza que el libro está escrito a la manera de variaciones musicales. Esto explica las repeticiones literales, los saltos temáticos y la ausencia de una conclusión tajante. La analogía musical es sugerente, pero no siempre se sostiene: en la música, las variaciones mantienen un patrón armónico reconocible; en el libro, a veces el “tema” se diluye tanto que el lector llega a perder el hilo. Las páginas sobre microbiota intestinal y el subsuelo de la Tierra son interesantes, aunque su conexión con las bibliotecas es tangencial.
Lo mejor del libro
- La defensa del “no saber” como método. Goldin no viene a dar respuestas, sino a formular preguntas. En un campo lleno de expertos que repiten dogmas, esto es refrescante.La defensa del “no saber” como método. Goldin no viene a dar respuestas, sino a formular preguntas. En un campo lleno de expertos que repiten dogmas, esto es refrescante.
- La apuesta por la escucha. Frente a la biblioteca que “civiliza” desde arriba, Goldin propone una biblioteca que escucha las necesidades no dichas de los usuarios. Por ejemplo, los jóvenes que bailaban k-pop en las terrazas de la Vasconcelos no iban a leer libros; iban a verse reflejados en los ventanales, y la biblioteca no los expulsó.
- Los ejemplos concretos: la usuaria que dijo “estaría durmiendo o haciendo nada” si no fuera a la biblioteca; la bibliotecaria analfabeta que hacía sentir bienvenidos a todos; el hombre tatuado con el calendario azteca que compartió su historia con algunos niños. Estos pequeños relatos valen más que cualquier teoría abstracta.
- La crítica a la “normalidad”: la pandemia como oportunidad para repensar los principios, no sólo los presupuestos.
- El segmento sobre el agua y la dedicatoria final: un gesto de humildad que deja el libro abierto.
Lo que queda en suspenso
La tensión entre lo público y lo privado en la era digital. Goldin anuncia el tema, pero luego deja una página en blanco para que el lector la llene. Es un gesto lúdico, que también es una elisión. ¿Qué implica que nuestra escritura digital sea traducida a un código binario que no controlamos? El libro no aborda esto con la profundidad que merece.
La financiación y el trabajo técnico. Goldin habla de “recursos”, sin embargo no entra en detalles sobre cómo se sostienen económicamente las bibliotecas públicas en contextos de austeridad. Tampoco habla del trabajo invisible de catalogación, conservación y formación del personal. El jardín requiere jardineros, y esos jardineros necesitan salario, formación y tiempo.
El conflicto está ausente. Goldin describe una biblioteca ideal como un lugar armonioso donde todos conversan. Pero ¿qué pasa con los usuarios violentos, con los discursos de odio, con las disputas por el uso del espacio? El jardín también tiene plagas y plantas invasoras.
El excesivo peso de la experiencia personal. Eso es legítimo, pero Goldin fue director de la Biblioteca Vasconcelos, lo cual le da autoridad, aunque también lo hace proclive al sesgo. Un lector que no conozca México puede sentir que el libro es demasiado local.
Finalmente, la falta de datos comparativos. Goldin no ofrece una visión sistemática del estado de las bibliotecas en América Latina en la actualidad. Sin datos, la denuncia puede quedarse en un lamento retórico.
Este ensayo está dirigido a bibliotecarios (especialmente públicos) que busquen repensar su práctica más allá de los manuales técnicos. A gestores culturales y políticos responsables de bibliotecas. A usuarios que quieran entender por qué algunos espacios los acogen y otros los expulsan. A estudiantes de bibliotecología, ciencias de la información, educación y filosofía política. A cualquier lector que disfrute de los ensayos personales, fragmentarios, que mezclan la anécdota con la reflexión y la cita erudita con la conversación de café.
No es un libro para quien busque recetas o datos duros. Es un libro para quien quiera afinar el oído y escuchar la música de las bibliotecas (que no es silencio, sino murmullo).
La música de las bibliotecas es un ensayo valiente, personal, fragmentario y estimulante. No intenta decir la última palabra, sino invitar a seguir conversando. Su forma musical es coherente con su contenido: un libro que no quiere cerrarse, sino abrirse.
1 Daniel Goldin, La música de las bibliotecas. Política y poética de un espacio público, hoy, col. Lectura, Biblioteca y Comunidad, Biblioteca Nacional del Perú, Lima, 2021, p. 21.
2 Goldin, p. 15.
3 Ibidem, p. 11.
4 Ibidem, p. 12.
5 Ibidem, p. 21
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· Para seguir leyendo este ensayo de Daniel Goldin, publicado en Perú, puedes acceder al repositorio digital en la Plataforma del Estado Peruano a través del siguiente enlace:
https://repositoriodigital.bnp.gob.pe/bnp/recursos/2/html/la-musica-de-las-bibliotecas/
Narrador y ensayista, JORGE VARGAS BOHÓRQUEZ nació en Guayaquil, Ecuador, y reside en México. Es también asesor en comunicación política y profesor universitario. Ha publicado La Manada, El mecenas desconocido y ha colaborado en diversas antologías de crónica y ensayo, y en periódicos como La Jornada, unomásuno y El Nacional.