Portada del texto 'Apuntes sobre la guerra y los libros' por Claudia Sánchez Rod
Bombardeo en Teherán, capital de Irán, alrededor de marzo-abril de 2026. Foto: Reuters
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Apuntes sobre la guerra y los libros

INVASIONES, BIBLIOTECAS, FUTBOL

Por Claudia Sánchez Rod   |    Junio de 2026



“Donde acampan los ejércitos, crecen espinas y zarzas. Tras las grandes guerras vienen años de hambre”, Lao Tse refirió esta verdad inamovible en el Tao Te King desde el siglo VI a. C., aproximadamente, pero el mensaje aún no nos queda claro: la guerra seca la agricultura y deprime la vida civil. Los campos de cultivo abandonados, tras el paso de las tropas, se tornan baldíos y se infestan de maleza. No sé a ustedes, pero a mí todavía me cuesta creer que, a estas alturas de la historia, la guerra nos parezca una solución plausible para el conflicto, cualquiera que sea su naturaleza. Tan sólo en la última década hemos tenido que cargar en el ánimo colectivo con las guerras de Libia, Afganistán, Etiopía, Myanmar, Sudán, Yemen, Siria, Ucrania, el genocidio de Israel contra Palestina y, desde luego, la guerra contra Irán desatada por Estados Unidos e Israel.

Si se seca la agricultura, se seca la vida; si se deprime la vida civil, se deprime el individuo, tú o yo, por ejemplo. Permítanme, sin embargo, hablar de un daño colateral silencioso pero demoledor: la destrucción de la cultura. En la grotesca guerra contra Irán, 55 bibliotecas públicas han sufrido graves daños debido a los bombardeos en Teherán y otras ciudades.

Se dice fácil, pero el quebranto es inabarcable. ¿Qué perdemos cuando perdemos una biblioteca? Memoria y autocomprensión, que ya es mucho decir, pero también posibilidad —en el sentido lato de esta palabra—. Demos un pequeño salto hacia atrás para entender con más claridad. La invención de la biblioteca marca un punto de inflexión en la historia de la civilización, dado que el conocimiento deja de depender en exclusiva de la memoria humana y adquiere un cuerpo, un espacio y una forma de permanencia. Una biblioteca, más que una colección de libros, es la arquitectura (vernácula, para mayor dicha) del pensamiento colectivo; a través de ella se decide qué se preserva, qué se transmite y qué se olvida. Ordenar el mundo mediante la palabra es, digámoslo así, un símbolo profundamente político y cultural.

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Biblioteca Vasconcelos en la Ciudad de México. Foto: Arisbeth López Delgado

Las bibliotecas no sólo ofrecen información, también aportan continuidad y permiten que las ideas viajen en el tiempo y dialoguen entre generaciones. Qué belleza, ¿no? Son receptáculos del saber y el pensamiento. En sus estantes aguardan las voces que nos invitan a pensar, a cuestionar, a imaginar, a crear. Su función es silenciosa pero esencial: son guardianas de la complejidad del mundo. Imponen la pausa frente a lo inmediato, la profundidad frente a lo superfluo y la perspectiva frente a la estrechez.

Aunque quizá su mayor valor resida en su capacidad de crear comunidad entre quienes comparten una misma inquietud pese a los siglos que les separen. Digamos que una biblioteca es una conversación ininterrumpida que atraviesa épocas y culturas, y perderla por motivos retrógrados debería interpelarnos a grito abierto.

Si una biblioteca se pierde (pongamos que por un misil estúpido), se rompe un vínculo con el pasado y una conexión con el futuro. Sin bibliotecas, las sociedades corren el riesgo del olvido y, peor aún, de la falta de imaginación.

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Foto: Peter Herrmann

Ahora bien, Teherán no es cualquier ciudad, es la capital de un país-civilización, y eso tiene un significado apabullante: su identidad no se limita a sus fronteras políticas actuales, sino que está profundamente arraigada en una civilización milenaria, con continuidad cultural, filosófica y simbólica, nada más y nada menos. Recordemos que las grandes cunas de la civilización —Mesopotamia, el valle del Nilo, el valle del Indo, el norte de China, Mesoamérica (💘︎) y los Andes— fueron lugares donde los hombres y las mujeres empezaron a organizarse de formas más complejas. Quizá los ríos fueron la clave, nos regalaron el prodigio de la agricultura y, con ella, la posibilidad de un hogar fijo, el fin del “a salto de mata”, pues. A la postre, cada región desarrolló lo suyo: la escritura, las ciudades organizadas, los sistemas políticos, las formas de pensamiento y las técnicas agrícolas (¿les suenan las chinampas?). Lo sorprendente es que todo esto ocurrió de manera independiente, lo cual nos demuestra que no hay una sola forma de “crear” civilización y nos recuerda lo estéril de pretender una cultura uniforme: el otro es yo y yo es el otro, frase que, de forma inevitable, nos hace pensar en el cilindro de Ciro.

Del portento que entraña un país como Irán podríamos conversar noches enteras, pero creo que hablar brevemente del cilindro de Ciro será una agradable manera de despedirnos. Como sabemos, el cilindro de Ciro es una pieza de arcilla fechada hacia el 539 a. C., que registra, en escritura cuneiforme acadia, la entrada de Ciro el Grande a Babilonia y las medidas adoptadas tras la conquista. El documento presenta al monarca como un gobernante legitimado por el dios Marduk y describe una toma de la ciudad sin gran violencia, seguida de políticas orientadas a estabilizar el territorio. Entre esas disposiciones destacan la restauración de templos, la devolución de imágenes religiosas a sus lugares de origen y el permiso para que comunidades desplazadas regresaran a sus tierras (qué lástima que nuestros amigos españoles no conocieran el cilindro cuando se encontraron con América). Estas acciones, en general, han sido interpretadas como señales de tolerancia religiosa y pragmatismo político dentro del Imperio persa. El cilindro fue descubierto en 1879 en las ruinas de Babilonia y hoy se exhibe en el Museo Británico (hace muchos años, cuando estuve trabajando de ilegal en Londres, fui a verlo y todavía conservo mis dibujos mal hechos). El documento se considera una de las primeras declaraciones de derechos humanos, y si esto no deja clara la hondura de su dimensión humana, no sé qué lo hará. Hablar de derechos humanos en aquellos tiempos es como hablar de agujeros negros binarios hoy en día.

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El cilindro de Ciro, tallado en terracota, Babilonia (sur de Iraq en la actualidad), ca. 539-530 a. C., exhibido en el Museo Británico. Foto: Mike Peel. Imagen: Commons

Y como hoy ando en plan levantisco, les dejo este buscapié: ¿no les parece una “injusticia poética” que en la sede de la Organización de las Naciones Unidas —en pleno corazón de Manhattan— se exhiba una réplica del cilindro de Ciro? Una contradicción amarga, porque los misiles que dañaron las bibliotecas iraníes provienen justamente de tierras norteamericanas (gringas, pues).

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Relieve de Ciro el Grande en Pasargada, la primera capital del Imperio aqueménida en Persia (Irán actual), el cual abarcaría territorios que hoy corresponden a Turkmenistán, Afganistán, Anatolia, Chipre, Siria, Palestina, Asia Central, Arabia Saudita, Indostán, Egipto, Mesopotamia, Grecia, Bulgaria, Ucrania, Rumania y Rusia. Imagen: Commons



Agencia de Noticias de Yemen, “Organización de Bibliotecas Públicas de Irán: 55 bibliotecas dañadas en 12 provincias tras la agresión sionista-estadounidense”, 4 de abril de 2026, https://www.saba.ye/es/news3678716.htm [flecha]






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Foto: David Quintero

La narradora y traductora CLAUDIA SÁNCHEZ ROD ha publicado Ratones knockout, La marta negra, Me dejaste puro animal inexistente y antologías de poesía y cuento; ha obtenido el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano y el Premio Iberoamericano de Cuento Ventosa-Arrufat / Fundación Elena Poniatowska Amor. Colaboró en la revista argentina Lamás Médula, el Periódico de Poesía de la UNAM y otras publicaciones en España y EU. Coedita la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.