Tigres y el resto
INVASIONES, BIBLIOTECAS, FUTBOL
Por Daniel Salinas Basave   |    Junio de 2026
Visto desde fuera y con frialdad, la afición a un equipo profesional de cualquier deporte es un absurdo. ¿Es una patología? Desde luego. ¿Un desarreglo emocional? Claro, no podría pretender que no. Quizá desvivirte por un equipo de futbol sea una estupidez, incluso una forma de desperdiciar la vida. Lo admito: es ridículo, pero la felicidad que siento cuando escribo al respecto es absolutamente real.
Como aficionado al futbol padezco una terrible bipolaridad a lo Jekyll y Hyde. Hay dos aficionados habitando en mi interior que tienen una forma radicalmente diferente de ver y vivir el futbol. Para mí la ecuación es sencilla: el mundo del futbol se divide en Tigres y el resto.
El futbol como tal me parece una de las creaciones más fascinantes de la raza humana, una de esas cosas que hacen que la vida valga la pena. Me puedo entretener mirando a unos niños jugar en la calle con porterías de piedras, ir a una cancha de lodo a ver un encuentro de la liga municipal rosaritense o ver en YouTube un partido de la liga australiana, y lo más probable es que voy a disfrutarlo.
En ese sentido, sigo de manera casi íntegra la Champions League y los sábados por la mañana soy feliz viendo la Premier League inglesa mientras bebo un café más negro que mi alma. Siempre he tenido debilidad por la Liga Argentina (sin duda el segundo país después de México donde he acudido a ver más partidos de primera división) y en los últimos tres años me he vuelto un ultra de la Liga Japonesa, que puedes ver en YouTube.
El futbol tiene una suerte de poder hipnótico sobre mí y puede abstraerme a niveles que casi nunca logra una película o una serie.
De hecho, debo confesar que a lo largo de mi vida he dedicado infinitamente más tiempo a ver futbol que a ver cine. Sí, mil veces me han dicho que debería tener una mayor cultura cinéfila y poder distinguir entre David Lynch o Bergman, y claro, disfruto el cine, desde luego, pero me entretengo más fácil con el futbol. Lo siento, pero soy un tipo pueril, básico e inculto.
En cualquier ciudad del mundo que visito, hago lo posible por ir a ver a su equipo, por modesto que este sea.
Cuando veo futbol aprecio sobre todo la intensidad y la creatividad. Puedo disfrutar en demasía a un equipo discreto que va ganándole a un gigante y se defiende patas arriba del asedio inclemente, como tantas veces ocurre en la Copa FA de Inglaterra, pero también disfruto cuando un gran equipo de época —como en su momento el Barcelona de Guardiola o el Manchester United de Ferguson—, da una cátedra de futbol arte bailando a su rival. Me gusta descifrar los parados tácticos y me fascina cuando dos filosofías contrastantes están frente a frente. Adoro a Marcelo Bielsa y a sus equipos, aunque ello no me impide disfrutar a máquinas utilitaristas como Mourinho o a guerrilleros de navaja entre los dientes como el Cholo Simeone.
Me gusta ver a jugadores que se atrevan a intentar lo impredecible y a hacer las cosas distintas. Por supuesto que disfruto los regates y las gambetas, pero también los cambios de juego de 50 metros, los desmarques ingeniosos, las descolgadas de laterales, los achiques y la presión alta.
Además del buen juego, me interesa sobremanera la dimensión sociocultural y política del futbol. Vaya, el tema del radicalismo y extremismo político asociado al futbol es algo en lo que me he sumergido de forma casi obsesiva, incluso escribí una novela corta basada en la historia real de un comando de exterminio en la guerra balcánica formado con aficionados radicales del Estrella Roja de Belgrado.
Nunca me canso de ver futbol y, aunque a menudo me inclino por uno u otro equipo, la verdad es que lo único que busco es ver un buen partido. Sí, en Inglaterra digo que le voy al West Ham (solidaridad con Iron Maiden); en España, al Athletic de Bilbao y al Rayo Vallecano; en Francia, al Marsella (solidaridad con Gignac), y en Argentina, al Tigre (hermandad felina). Tengo mis favoritos, pero si pierde West Ham o Bilbao no pasa nada, no voy a ponerme a llorar.
Esa es mi fase de aficionado que ama el futbol como arte y disfruta viéndolo, pero hay en mi interior otro aficionado que es radicalmente distinto y es el que ve los juegos de Tigres. Cuando eso sucede, todo cambia. Los partidos de Tigres no los disfruto: los sufro y los padezco a menudo.
Claro que me gusta que mi equipo juegue bien, que dé buenos partidos, que sea creativo y espectacular, pero si está jugando el clásico o un partido de liguilla, lo único que quiero es que gane al costo que sea. Que me perdone mi admirado Marcelo Bielsa por lo que voy a decir: en esos casos el triunfo es lo único que vale y me importa poco si Tigres no juega bonito. Además justifico hacer tiempo, tirar el camión atrás, cometer faltas tácticas. Es como si yo estuviera en la cancha y me jugara el pellejo, como si en verdad ganara o perdiera con los Tigres (y conste que nunca he sido dado a apostar). Puedo ver un Boca vs. River o un Real Madrid vs. Barcelona y lo único que busco es disfrute y entretenimiento, sin que mis emociones se vean alteradas, pero un triunfo o una derrota de Tigres siempre influye en mi estado emocional.
Con Tigres soy un simple aficionado irracional que es capaz de torturarse con juegos pésimos o simplemente soporíferos y aun así seguir apoyando sin condiciones a su equipo.
Para poner en perspectiva lo que acabo de afirmar, diré que la literatura me apasiona tanto o más que el futbol, pero como lector soy un promiscuo irremediable. Una de las preguntas que más veces me han hecho es quién es mi autor favorito, y la respuesta es que tengo muchísimos y que, según la edad o el momento de mi vida, te respondería que uno u otro. Claro, tengo un Olimpo literario en donde moran unos quince o veinte autores cuya obra completa he leído, pero no voy por la vida cantando “yo soy de Borges, es un sentimiento, no puedo parar”.
Otro ejemplo de contraste: el heavy metal y el rock en general forman parte integral de mi vida diaria, pero aunque tengo una primera división de monstruos sagrados llamados Iron Maiden, Black Sabbath, Motörhead, Judas Priest y Mercyful Fate, no hay un equivalente a Tigres, y la realidad es que escucho cientos o miles de bandas, siempre y cuando apuesten por un rock duro, creativo y honesto.
En el futbol, en cambio, hay decenas de miles de clubes en el mundo, pero sólo uno me influye emocionalmente.
¿Es una patología? Desde luego que lo es. ¿Un desarreglo emocional? Claro, no podría pretender que no. Visto desde fuera y con frialdad, la afición a un equipo profesional de cualquier deporte es un absurdo absoluto. Que la suerte en la práctica de un deporte, con un grupo de jóvenes extraordinariamente bien pagados, pueda influir en las emociones y el estado de ánimo de un periodista de 51 años de edad puede parecer algo patético. Para muchos “intelectuales” o “pensadores serios” lo es. Nahuel, Gignac, Pizarro y compañía nada saben de mí. Sólo saben que hay varias decenas de miles de tipos como yo que se emocionan con sus triunfos y se enfurecen con sus derrotas. Ante el club o ante la empresa, somos su mercado, sus clientes, lo que justifica el negocio y les da de comer.
Tal vez les parezca el colmo del ridículo que esté yo escribiendo un libro en el que pretendo simular que entre ese club de futbol y yo hay una suerte de paralelismo que hermana nuestros destinos, sólo porque nací en el año en que ascendió a primera división y porque mis chiripas ganadoras en unos cuantos concursos literarios caminan de la mano con sus campeonatos de liga, como si se tratara de un designio divino. Lo admito: es ridículo, pero la felicidad que siento al escribirlo es absolutamente real.
Quizá desvivirte por un equipo de futbol sea una estupidez o una forma de desperdiciar la vida, sólo que al final del camino estoy consciente de que es un juego. Un juego que me tomo muy en serio y me genera sentimientos intensos, pero juego al fin.
Si a esas vamos, la literatura y el cine también son juegos que tienen sentido en la medida en que más en serio te los tomas. Don Quijote y Hamlet no existen, pues nacieron en las cabezas de Cervantes y Shakespeare, pero al cabo de más de cuatro siglos forman parte del patrimonio cultural de la humanidad, como Gregorio Samsa, Leopold Bloom, Úrsula Iguarán o Aureliano Buendía. No tienes por qué sufrir con el trágico destino de Romeo y Julieta, ni compartir la angustia y la culpabilidad de Raskolnikov, aunque vale la pena involucrarse emocionalmente con ellos, créeme. Los actores en una película no se mueren de verdad, su sangre es pintura roja y su llanto es fingido, pero entre mejor lo finjan, más compartirás su drama, y si una película te hace llorar, reflexionar o emocionarte, entonces es una buena película y tú no eres un idiota por dejarte arrastrar por el juego.
Me parece mucho más grave y dañino pertenecer a una secta, porque un culto en ningún momento pretende jugar, sino que te habla seriamente de tu salvación divina o de tu condena infernal mientras chupa tus emociones y tu dinero.
Tal vez los patriotas me fusilarían, pero veo más absurdo ir a morirte a una guerra defendiendo la soberanía o el honor de tu país, cuando en realidad la mayoría de las veces te estás dejando matar por los intereses de unos cuantos políticos de mierda.
Nací católico, pero desde la tardía adolescencia me declaré ateo. Antes usaba botas, luego usé tenis y conforme envejezco uso cada vez más los Crocs.
Mi pelo me ha cubierto media espalda (en realidad se mantiene largo desde hace trece años), pero también he estado rapado al cero en varios periodos de mi vida.
Estas son mis convicciones. ¿No le gustan? Aquí tengo otras. La frase de Groucho Marx es aplicable a algunos aspectos de mi vida, pero hay en el mundo un par de mantras que nunca traicionaría: el amor a mi familia y ser Tigre.
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En el otoño de 1988, en vísperas de la guerra de los Balcanes, el mundo del joven serbio Predrag Jerkovic gira en torno al equipo de futbol Estrella Roja. Los días pasan para él sin distinción ni emoción alguna, y fuera de las riñas callejeras al final de cada juego, el futuro no parece nada prometedor. Su vida cambia de rumbo cuando en uno de los partidos conoce a un grupo de hombres con apariencia militar. Predrag se va involucrando en asuntos nacionalistas que lo llevan a sumarse a la Guardia Voluntaria de Serbia, comandada por el carismático Arkan. En plena guerra contra los enemigos serbios, Predrag encuentra un sentido de pertenencia en Los Tigres de Arkan, el violento grupo paramilitar que saquea pueblos y comete crímenes atroces, y con ellos palia su tormentosa sensación de aburrimiento y desasosiego. Sin embargo, las derrotas bélicas y los cambios políticos le dan otro cariz al estilo de vida de Predrag como un temible asesino, y su identidad oscila entre la realización individual y el sinsentido.
Daniel Salinas Basave, Predrag. El último tigre de Belgrado, Colección Popular, FCE, México, 2023.
![[autor_Salinas Basave]](../_IMGS/_JPG/Salinas_Basave_2_autor.jpg)
El periodista, ensayista y narrador DANIEL SALINAS BASAVE (Monterrey, 1974) estudió Derecho en la Universidad Regiomontana y se formó como escritor en el taller literario de Rafael Ramírez Heredia, en la Casa de Cultura de Nuevo León. Reside en Tijuana desde 1999. Ha colaborado en Esquire, Gatopardo, Milenio y Replicante, así como en Semanario InfoBaja, Suplemento Cultural Palabra, Síntesis TV y San Diego Red. Fue reportero en El Norte de Monterrey, miembro de la generación fundadora del Diario Frontera de Tijuana y becario de la Sociedad Interamericana de Prensa en el seminario Periodismo de Alto Riesgo, en Campo de Mayo, Argentina. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2014, por Cartografías de Nostromo. Relatos de espías, embajadores y embusteros; el Premio Gilberto Owen de Literatura 2015, por el cuento Días de whisky malo; el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas 2015, por El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell, y el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2015, por el ensayo Bajo la luz de una estrella muerta, entre otros.