Ojalá no pase algo que nos borre de pronto
INVASIONES, BIBLIOTECAS, FUTBOL
Por Juan Armando Ramírez García   |    Junio de 2026
Be what it is,
The action of my life is like it, which
I’ll keep, if but for sympathy.
Shakespeare
Cymbeline, acto V, escena 4
La Revolución cubana es rica en homónimos: Raúl Modesto Castro Ruz, expresidente de Cuba, y Raúl Castro Mercader, revolucionario cubano que se destacó en la columna 4 dirigida por el Che Guevara y casado con la hoy general Delsa Esther Puebla Viltre; Ernesto Guevara de la Serna, nuestro entrañable Che, y Ernesto Guevara González, apodado Tétiro, combatiente de la columna de Camilo Cienfuegos; Ulises Estrada Lescaille, pareja de Tania la Guerrillera, miembro del Ministerio del Interior y uno de los principales colaboradores en actividades de contrainteligencia del Che Guevara, y Ulises Estrada Reyes, militar cubano que dirigió un Centro de Instrucción Revolucionaria en Angola; Rafael del Pino Díaz y Rafael del Pino Siero, aquí la homonimia rebasa lo lingüístico e invade lo político: ambos son traidores al proceso revolucionario. Este artículo estará dedicado en gran medida a Silvio Rodríguez Domínguez y no a Silvio Rodríguez Cárdenas, en este caso, la coincidencia lingüística se extiende a lo artístico: el primero es la figura icónica, junto con Pablo Milanés y Noel Nicola, de la nueva trova cubana, movimiento formado a partir del Grupo de Experimentación Sonora —del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)—, surgido en 1969 bajo los auspicios de Alfredo Guevara, director del ICAIC, y Leo Brouwer; el segundo Silvio es un pianista cubano, uno de los mejores intérpretes de Chopin y quien estuvo casado con Agustina del Carmen Castro Ruz, hermana de Fidel y Raúl.
Hace no mucho, ante las crecientes y estólidas amenazas de esa abominación llamada Donald Trump, Silvio dijo: “Exijo que me den mi AKM, y no lo digo en broma”. Esta frase causó revuelo y variopintas reacciones, desde el más pedestre y visceral rechazo fascistoide hasta la plena admiración y respeto solidario. Acababa de decirlo, cuando las autoridades cubanas ya le habían puesto el fusil en la mano, y el encargado de hacerlo fue el general Álvaro López Miera, actual ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), héroe de la Revolución cubana y veterano de las guerras de Etiopía y Angola. En el primer país, participó en el legendario cruce del Kara Marda, para rodear a los irredentistas somalíes que habían invadido el Ogadén. En el último país, se destacó en la batalla de Cuito Cuanavale, donde la artillería reactiva de sus BM-21 se midió con los G-5 de la artillería de largo alcance del ejército racista sudafricano.
Por otra parte, y para los que confunden una pistola de diábolos con una secadora de cabello y al, extrapolar su experiencia, piensan que a Silvio le sucede lo mismo, debemos dejar en claro que el autor de "Unicornio” también estuvo en Angola hacia 1976. Si bien no en estricto sentido como combatiente, tuvo en sus manos, aparte de su melodiosa guitarra, un fusil de asalto. Todos los cubanos, incluidos los civiles, que pisaban tierra angoleña debían estar en capacidad y disposición de empuñar el fusil y combatir, si fuera necesario. Esto se lo dijo también Leonardo Padura a Silvia Lemus, confesando que él mismo tuvo un fusil a su cargo, sin que entonces tal confesión concitara la sorna de nadie, como sí le pasó a Silvio. Lo que el creador del detective Mario Conde afirmó no era una remota posibilidad; cuando la organización contrarrevolucionaria Unión Nacional para la Independencia Total de Angola atacó el poblado de Sumbe en marzo de 1984, los que la enfrentaron con las armas en la mano fueron únicamente civiles cubanos.
Pero no debemos creer que Silvio es un simple apparatchik haciendo gala de fantochería, estaremos cometiendo un grave error al suponer tal cosa, el mismo que cometieron los que hicieron escarnio de Silvio. Procederé en estas líneas a explicar la razón. Para tal fin, trataré, como círculos concéntricos que se llegan a intersecar, aspectos no sólo de Silvio, sino de la vida cultural cubana y algunas notas personales mías.
En primer lugar, permítaseme explicar cómo llegué al trovador que nos atañe aquí. "Fusil contra fusil” fue la primera canción que escuché de Silvio Rodríguez. Formaba parte de un disco dedicado al Che Guevara. Años después, compré en el Sanborns de Los Azulejos un casete totalmente de Silvio: Días y flores. Ahí escuché “Playa Girón”, “El mayor” y la canción que titulaba el álbum. Eran mis favoritas. Eran, porque al poco tiempo di con la que desde entonces es sin duda mi preferida: “Óleo de una mujer con sombrero”. Canción para mí epónima y que reflejó mi amor “platónico” de adolescente en el CCH Vallejo. Todavía recuerdo los versos “La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. / Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí. / Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar”. Esa canción para mí tenía una destinataria…, se llamaba Evelyn, y los años no han borrado de mi mente su faz, que yo consideraba el arquetipo de la hermosura: ojos negros, extremadamente negros, brunos, azabaches, que podrían haber servido de inspiración a Nikita Mikhalkov; tez ebúrnea, contrastaba tan bien con sus ojos…, y un perfil griego perfecto. Sólo crucé palabras con ella una vez… “Pudo haber sido”, dijo Dante Gabriel Rossetti en su A Superscription. Este sentimiento contrafáctico explica, en cuanto a la letra, por qué la susodicha canción de Silvio me resulta tan entrañable.
En mis mocedades asistí a dos conciertos de Silvio, uno en el Palacio de los Deportes y otro en la explanada de la entonces delegación Venustiano Carranza. Muchos años después, volví a escucharlo también dos veces en el Zócalo. La última en 2022. Ese día en la mañana, en una conferencia del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, realizada en Ciudad Universitaria, me habían presentado a Mariela Castro Espín, hija de Raúl Castro y la revolucionaria cubana Vilma Espín, de quien el padre del general López Miera, mencionado al inicio, fue profesor de Química.1
Ahora estamos en 2026. Escribo esto embargado de un sentimiento de incertidumbre y desesperanza, apesadumbrado por varios factores. Pocas veces como ahora hemos visto, o he visto, el futuro tan sombrío. ¿Se debe ser estoico mientras el mundo se nos deshace en las manos?
Dado que la vida y las canciones de Silvio pueden verse como una bitácora del proceso revolucionario cubano, repasemos algunas de ellas; pero para ello, en primer lugar, debemos tener claro el contexto cultural cubano en el clima de la Guerra Fría. Cuba vivía en la hostilidad ideológica entre ambos bloques, y en el marco del realismo socialista soviético —impulsado desde 1934 a partir de las tesis de Andréi Zhdánov y promovido en la Cuba revolucionaria por cuadros en su mayoría provenientes del Partido Socialista Popular (PSP)—2 se veía a la cultura occidental como decadente. Una de las promotoras fundamentales del realismo socialista en Cuba fue Edith García Buchaca, quien era parte del Consejo Nacional de Cultura —que dirigía Vicentina Antuña, prestigiosa latinista, y donde Alejo Carpentier fungía como subdirector—. García Buchaca, autora de La teoría de la superestructura. La literatura y el arte, desafortunadamente es más conocida por haber censurado el cortometraje PM (1960). Este hecho, en apariencia intrascendente, devendría en un parteaguas en la vida cultural cubana. La obra era una producción a caballo entre documental y free cinema de raigambre inglesa, dirigida por Alberto Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, y cuyo camarógrafo fue Néstor Almendros. La filmación no sólo tuvo detractores, sino también apologistas o, al menos, espectadores neutros; uno de los más conspicuos fue el cineasta Alfredo Guevara, quien, pese a reconocer que el mundillo reflejado en la película no le era ajeno, dijo que lo filmado habría pasado inadvertido en otro contexto histórico, pero en el convulso año de 1961 distaba mucho de estar en consonancia con la situación político-histórica de Cuba, por lo cual el ICAIC decidió no proyectarla, si bien se exhibió en la televisión bajo el auspicio del escritor Carlos Franqui.
Cabe decir que García Buchaca sería defenestrada más tarde junto con su esposo Joaquín Ordoqui Mesa —antes había estado casada con Carlos Rafael Rodríguez—, debido a la purga política tras el famoso Caso Marquitos. Aparte de García Buchaca, los intelectuales más reconocidos que llegaron a cerrar filas en favor del realismo socialista fueron Mirta Aguirre —quien produjo uno de los más bellos poemas póstumos al Che: “Canción antigua al Che Guevara”— y José Antonio Portuondo —autor de Estética y revolución, rector de la Universidad de Oriente y quien fungiría como “fiscal” en el teatral mea culpa del poeta Heberto Padilla, sustituyendo en esa ocasión a Nicolás Guillén por motivos de salud.
Pese a que Alfredo Guevara había apoyado la decisión de Edith García Buchaca respecto a la censura a PM, aclaró —aclaración que no le envidiaría nada a un debate entre russellianos de Cambridge y austinianos de Oxford—: “Soy realista y socialista, lo que no soy es realista socialista”. No podía dejar de ser así para alguien que en 1958 había sido asistente de dirección de Luis Buñuel en Nazarín. Lo expresado sólo fue el prolegómeno de la polémica que sostuvieron él y uno de los principales dirigentes del PSP: Blas Roca Calderío, autor de Los fundamentos del socialismo en Cuba; polémica que, mutatis mutandis y de forma más específica —circunscrita al cine—, puede verse como el equivalente al debate universitario que presenció el México posrevolucionario entre Vicente Lombardo Toledano y Antonio Caso.3 El 12 de diciembre de 1963, Roca criticó la película de Federico Fellini La dolce vita en el periódico Hoy, admitiendo que no la había visto, pero que los obreros que sí lo habían hecho consideraban que no debía exhibirse en un país socialista. Guevara le salió al paso con suma virulencia: “Para usted, el público está formado por niños de pecho que necesitan una nurse para que les dé biberón ‘ideológico’ bien esterilizado previamente y preparado de acuerdo con las fórmulas del ‘realismo socialista’”.
Este conflicto ideológico-cultural tuvo su punto climático en tres largas sesiones, llevadas a cabo en la Biblioteca Nacional de Cuba en junio de 1961, entre la dirigencia cubana y la intelectualidad isleña. En la última sesión, el día 30 de ese mes, Fidel Castro —flanqueado por Osvaldo Dorticós, Raúl Roa, Carlos Rafael Rodríguez, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Vicentina Antuña, Armando Hart Dávalos, Carlos Núñez Jiménez y Emilio Aragonés Navarro— pronunció sus famosas “Palabras a los intelectuales”. Uno de los discursos más citados por los detractores de Fidel, pero de los menos leídos por ellos, pues sólo recitan como mantra “con la revolución, todo; contra la revolución, nada”; palabras quizá mejor parafraseadas por el escritor Ambrosio Fornet como “para nosotros, todo; para los enemigos, nada”. Alejo Carpentier hizo una paráfrasis más lírica: “Elegid vuestras herramientas, vuestras formas, vuestras técnicas, pero no perdáis el sentido real del epos viviente que os circunda”. El lema de Fidel fue la respuesta a una pregunta de Virgilio Piñera sobre si habría una “cultura dirigida” y cuáles serían los límites de los creadores en la revolución. Piñera fue el primero en tomar la palabra, casi a instancias de Carlos Rafael Rodríguez, argumentando que él era quien tenía más miedo, debido a los rumores sobre dicha “cultura dirigida”, pero el joven poeta José Álvarez Baragaño lo atajó diciendo que él nunca había escuchado tales rumores. En todo caso, esa cuestión ya había sido expresada ante Fidel tanto por Jean-Paul Sartre como por Wright Mills.
A partir de aquel encuentro, se creó la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, dirigida por Nicolás Guillén. Sin embargo, las tensiones expresadas en junio de 1961 no se resolvieron por completo, volvieron a aflorar y llegaron a su cúspide diez años después con el entonces nuevamente afamado Caso Padilla y su sobrevalorado poemario Fuera del juego; el encarcelamiento de Padilla terminó con cartas de abajofirmantes intelectuales dirigidas a Fidel. La secuela de tal episodio fue un cruce epistolar entre Mario Vargas Llosa y Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas, intercambio del cual el autor de La ciudad y los perros salió muy mal parado.
Casos semejantes al de Padilla fueron protagonizados, entre otros, por Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante, Antón Arrufat, Virgilio Piñera, Reynaldo Arenas, Novás Calvo y Belkis Cuza, consorte de Padilla, quienes se quejaban de esto y lo otro, algunas veces con razón y la mayor parte sin ella. Varios de los mencionados fueron confrontados en la revista Verde Olivo, órgano de las FAR, por un caliginoso Leopoldo Ávila, cuyo primer artículo vio la luz el 3 de noviembre de 1968 con el título “Las respuestas de Caín”. Nunca se supo quién era el autor detrás de tal pseudónimo. Se ha especulado que fue Luis Pavón Tamayo, quien dirigía precisamente Verde Olivo, o José Antonio Portuondo, y no faltan quienes afirmen que hasta el mismo Raúl Castro… “¡Fuenteovejuna, señor!” Cabe aclarar que el primero que escribió en tal revista con un pseudónimo fue nada menos que el Che Guevara, utilizando el certero nombre de El Francotirador.
La polémica situación llegó a su cúspide entre 1971 y 1976, durante el llamado Quinquenio Gris, por Ambrosio Fornet, y La Mala Hora, por Salvador Redonet. Suele haber algunos que intentan corregirle la página a Fornet y, con ánimo revisionista y afecto por la cronología cromática, afirman que no fue un Quinquenio Gris, sino un Decenio Negro. En tal periodo, Luis Pavón Tamayo fue designado al frente del Consejo Nacional de Cultura (CNC) —por esta razón, sus detractores también llaman Pavonato al Quinquenio Gris—, y como subordinado suyo y director de Artes Escénicas fungía Armando Quesada, apodado Torquesada por sus malquerientes. Entre Pavón, Quesada y Jorge Serguera se formó un triunvirato al que se le fue la mano apretando las tuercas a la intelectualidad cubana por sus excesos, digámoslo así, pequeñoburgueses y desviacionistas, algunos ya advertidos por el Che en su escrito “El socialismo y el hombre en Cuba”. Por ejemplo, muchos intelectuales no participaron en la campaña de alfabetización, y mejor ni hablamos de las jornadas de trabajo voluntario de remembranzas estajanovistas,4 pese a lo cual muchos tenían desplantes de prima donna.
Sin duda, una de las medidas más polémicas del Quinquenio Gris y que más enemigos granjearon a sus dirigentes fue la denominada parametración, al amparo de la resolución número 3 del CNC, publicada el 10 de julio de 1972: la exclusión de homosexuales de las labores educativas y culturales, por ser desviados y pervertidos y no adaptarse a los parámetros ideológicos de la revolución. El Tribunal Supremo hizo recular a las autoridades administrativas en la puesta en marcha de la parametración y se indemnizó a los afectados; los casos más sonados fueron los de Gloria Andreu y Denis Leonardo Ferrera. La sentencia se publicó el 24 de septiembre de 1973 en el número 48 de la Gaceta Oficial, invalidando por inconstitucional la resolución 3 del CNC.
Pese al carácter anticonstitucional de la exclusión, el tema de la homosexualidad sí generó fuertes tensiones durante el Quinquenio Gris; por ejemplo, cuando la UNESCO pidió a Cintio Vitier que hiciera una edición crítica del texto original de la novela Paradiso de Lezama Lima —pues había una versión palimpséstica debida a Julio Cortázar y Carlos Monsiváis—, Luis Pavón le dijo a Vitier que había hecho la glorificación cubana de la literatura homosexual, a lo cual Vitier respondió que se equivocaba, pues había sido José Martí quien hiciera esa glorificación en su crónica dedicada a Oscar Wilde. Vitier no podía menos que defender a Lezama Lima, pues habían sido colegas en el grupo Orígenes, junto a Eliseo Diego, Fina García Marruz, el clérigo Ángel Gaztelu, Lorenzo García Vega, Octavio Smith, Gastón Baquero, Justo Rodríguez Santos y Virgilio Piñera, entre otros.
A estas alturas podemos tener la errónea idea de que Luis Pavón era prácticamente un troglodita. Para nada. Era un poeta, y Mario Benedetti lo cita a propósito de las polémicas que despertó:
Pienso que un poeta expresa la revolución en la medida en que expresa su propia vida, en que recoge en un poema, aunque no se lo proponga, la circunstancia en que vive. El creador es un revolucionario. Trabaja dentro de la revolución, vive en ella, no está incrustado en ella falsamente, está identificado vitalmente con la realidad revolucionaria. Creo sinceramente que un buen libro de poemas, de cuentos, una buena obra teatral o una novela son aportes a la construcción del socialismo, aunque no traten necesariamente la revolución como un tema en sí, aunque si lo tratan y lo hacen bien, es más amplia la base de nuestra admiración.
Bendetti añadió: “No parece justificado creer que estas opiniones hayan perdido vigencia”.
Se ha querido ver el Quinquenio Gris como una de las secuelas del Primer Congreso de Educación y Cultura, realizado del 23 al 30 de abril de 1971 en el entonces cine Radiocentro. Puede ser. En la historia de las ideas, quizá el “antecedente” de tal evento haya sido el Congreso Cultural de La Habana de enero de 1968, que, no obstante haberse llevado a cabo bajo la penosa sombra del asesinato del Che Guevara, logró reunir a una magnífica hornada de intelectuales que iban de Aimé Césaire a Eric Hobsbawm, con sendos mensajes de apoyo de Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre y Ernst Fischer. El Congreso Cultural de La Habana trabajó en torno a cinco ejes, acrisolando la labor del intelectual comprometido: cultura e independencia nacional; formación integral del hombre; responsabilidad del intelectual ante los problemas del mundo subdesarrollado; mass media y cultura, y, finalmente, problemas de la creación artística, del trabajo científico y de la labor técnica.
Durante aquel lustro, el ámbito musical fue tal vez en donde más se encendió la polémica. Había una discusión en torno a la música contemporánea en inglés, pues era muy mal vista. Esta postura ortodoxa de los intelectuales provenientes del PSP fue atizada incluso por el mismo Fidel cuando, en un discurso, dijo que no se permitiría que anduvieran por las calles jóvenes mariguaneros, con actitudes amaneradas, pantalones ajustados, el cabello largo o poses “elvispreslianas”. La controversia ocupó varias páginas de la revista El Caimán Barbudo, suplemento cultural de Juventud Rebelde, el órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas, que surgió en marzo de 1966 bajo la dirección de Jesús Díaz. En las páginas de El Caimán Barbudo hubo encendidos debates culturales, más allá de la música. Su director polemizó con Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, sobre la existencia en Cuba de una literatura de corte revolucionario. Otras dos polémicas memorables de Díaz fueron con la dramaturga Ana María Simó acerca del carácter generacional y grupal de la cultura cubana, y con el mismo Heberto Padilla, a propósito de los textos de Lisandro Otero, Pasión de Urbino, y de Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres. Fue precisamente en El Caimán Barbudo donde se publicaría el manifiesto “Nos pronunciamos”, que afirmaba que toda palabra cabía en la poesía.5
Sobre música, para acercarnos a Silvio, sépase que en El Caimán Barbudo había una sección llamada “Entre cuerdas”, a cargo del crítico y periodista Guillermo Vilar, en la que, por poner algunos ejemplos, se analizó desde el rock sinfónico hasta la producción del grupo Kansas. Gracias a este tipo de labor, muchos años después, la animadversión —que no prohibición, hay que recalcar— hacia la música en inglés se modificaría, hasta el grado de que, como sabemos, los Rolling Stones tocaron en Cuba y el mismo Fidel inauguraría en un parque de El Vedado una estatua de John Lennon, del escultor José Villa, y con ella se tomaría una foto George Martin, el productor de los Beatles. “¿Quién fuera Lennon y McCartney?” escribió alguna vez Silvio. Por cierto, Guillermo Vilar ha puesto de relieve que mientras se sigue hablando de la tan manida censura a los Beatles en Cuba, nadie polemiza acerca del hecho de que en Estados Unidos se quemaron discos de la banda legendaria.
Si bien los Beatles, al igual que los Rolling Stones, no estaban prohibidos de manera formal en Cuba —al contrario de la creencia popular—, el Che alguna vez le preguntó a Ulises Estrada Lescaille en Praga: “¿Verdad que los Beatles son buenos?”, quizá como una medida exculpatoria al escuchar con placidez los discos que el mismo Estrada le había regalado: uno de Miriam Makeba y otro del cuarteto de Liverpool. Sea como fuere, son pertinentes las palabras de Mirta Aguirre: “Como decía socarronamente Carlos Marx, hay cosas más importantes en el mundo que Ricardo Wagner y su música del porvenir…”
El Quinquenio Gris terminó en 1976, cuando Armando Hart fue nombrado ministro de Cultura y Alfredo Guevara, viceministro. Por cierto, fue a Alfredo Guevara a quien Silvio le dedicó la canción “Blancanieves”. Hacia 2007 hubo en la televisión cubana programas que trataban de revalorar las aportaciones de los hombres al frente del periodo en cuestión. Craso error: se encendieron las alarmas en gran parte de la intelectualidad cubana, lo que dio como resultado una casi generalizada repulsa conocida como la Guerra de los Mails.
Las canciones de Silvio, al ser reflejo de su tiempo y de sus experiencias, nos proporcionan la clave para entender gran parte de ellas, salvo las que son netamente simbólicas. Hoy se tacha a Silvio de contumaz y dogmático. No podía ser de otra forma: es el autor de “El necio”. Pero hubo un tiempo en que Silvio fue casi un hereje y se le declaró poco menos que anatema.
La mayor parte de las personas creen que “Ojalá” es una canción de desamor, y los más perspicaces entreven una referencia a Fidel Castro por aquello de “a tu viejo gobierno de difuntos y flores”. Ni lo uno ni lo otro. Tampoco es una canción contra Pinochet, como especuló en una ocasión el periódico El Financiero. “Ojalá” es el resultado de una desavenencia entre Silvio Rodríguez y el comandante Jorge Orosmán Papito Serguera Riverí, al menos desde la óptica de este último. Ya entrado este milenio, y a toro pasado, en el contexto de una polémica en torno a Serguera, Luis Pavón y Armando Quesada, Silvio dijo que le había dedicado “Ojalá” a su amor platónico juvenil: Emilia Sánchez, para quien ciertamente escribió la canción homónima y “Te doy una canción”. Pero si se analiza la letra de “Ojalá”, salvo dos o tres palabras, tiene más sentido si se la canta a Serguera que a Emilia. No es la única ocasión en que Silvio ha hecho aclaraciones de este tenor, aunque menos polémicas. Una vez declaró que la “Canción del elegido” era para Abel Santamaría, hermano de Haydée y uno de los creadores, junto con Fidel Castro, de lo que sería el Movimiento 26 de Julio, si bien la canción cobra más sentido si uno la entiende como dedicada al Che Guevara.
Pero ¿quién era Jorge Serguera?, quizá se pregunten los lectores. Serguera fue un abogado cubano que combatió la dictadura de Batista. Estuvo bajo las órdenes del legendario Frank País, más tarde intercedió por el cadáver del propio Frank ante su asesino, uno de los hermanos Salas Cañizares, esbirros batistianos. Serguera defendió en los Tribunales de Urgencia, como abogado, a varios revolucionarios apresados durante el alzamiento de Santiago el 30 de noviembre de 1956 y a varios expedicionarios del Granma que habían sido capturados. Debido a que la tiranía le había puesto precio a su cabeza, se exilió en Nueva York. Logró reingresar clandestinamente a Cuba y se unió al II Frente Oriental Frank País, dirigido por Raúl Castro, donde alcanzó el grado de comandante. En plena sierra dirigió el Buró Agrario. Al triunfo de la revolución, fue el fiscal de los Tribunales Revolucionarios en los juicios más famosos a criminales de guerra. O sea que de defensor pasó a acusador. Ahí se fue tejiendo su fama de duro, aunque apenas tenía 27 años, pues solía pedir paredón para los inculpados.
Tiempo después, Serguera fue designado embajador de Cuba en Argelia. Le tocó coordinar la primera misión internacionalista de Cuba: un contingente de tanques blindados para ayudar a Argelia en su conflicto con Marruecos. Por cierto, de su periodo como embajador en Argelia, Juan Goytisolo inventó una anécdota sobre el Che Guevara. Son patrañas, pero ahí inicia el cuento de la supuesta homofobia del Che (tampoco es que los adorara), hoy tan en boga y difundida irresponsablemente en Letras Libres por Guillermo Sheridan. Si hubiera un ápice de verdad en la leyenda del Che “cazaloquitas”, sería incomprensible que autores como Carlos Pellicer y José Lezama Lima le hubieran escrito sendos poemas: “Líneas por el Che Guevara” y “Ernesto Guevara, comandante nuestro”. Pero esa es otra historia.
La relación de Serguera con el entonces presidente de Argelia, Ahmed Ben Bella, era excelente y eso hizo posible que los argelinos brindaran apoyo logístico a focos guerrilleros en Venezuela y Argentina, apoyados por Cuba; en Argentina, la guerrilla era dirigida por Jorge Ricardo Masetti, quien había peleado contra los franceses por la liberación del país magrebí y entregó a los insurgentes armas incautadas a los mercenarios en Bahía de Cochinos. Aparte de Argelia, Serguera recorrió con el Che Guevara varios países africanos, en particular del Grupo Casablanca. Después del golpe de Estado contra Ben Bella, Serguera fue designado por breve tiempo embajador en el Congo-Brazzaville.
Serguera también fue uno de los que coordinaron la primera misión médica de Cuba, misiones hoy tan difamadas. A su regreso a Cuba en 1966, se le designó director del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), y es entonces cuando se dio el encontronazo con Silvio Rodríguez.
Sucedía que por entonces Silvio Rodríguez estaba en el llamado Cordón de La Habana haciendo música. El Cordón de La Habana fue un proyecto ejecutado desde finales de 1967 y su cometido era crear un inmenso campo de producción con naranjales, cafetales y granjas lecheras en una zona que rodeaba la capital. Bajo el lema: “Para tomarlo [el café], hay que sembrarlo”, el Cordón de La Habana era un proyecto para lidiar con la escasez derivada de una posible ruptura con la URSS, situación que se veía muy probable, sobre todo después del discurso de Fidel del 2 de enero de 1968. Moscú no veía con buenos ojos la radicalización revolucionaria de Cuba, pues iba en contra de su doctrina de coexistencia pacífica. Si bien es cierto que la URSS trataba de enmarcar los problemas en el ámbito económico, como resultado del déficit cubano en la balanza comercial, Fidel salió al paso diciendo que las entregas de petróleo de la URSS tenían límites y que los límites no eran derivados de una cuestión de producción, sino de la dignidad de la Revolución cubana. Ciertamente, Leonid Brézhnev no era ni de lejos el execrable Trump, pero, como vemos, los cubanos siempre han tenido problemas por defender su ideología y, por ende, la revolución siempre ha vivido al filo de la navaja.
En este contexto, le hablan de Silvio a Serguera y éste lo invita a participar en la televisión cubana con un programa dominical llamado Mientras tanto, que Silvio condujo del 12 de noviembre de 1967 al 17 de marzo de 1968. En un principio, la relación era muy buena, pero poco a poco fueron surgiendo diferencias entre ellos. En una ocasión llegó Silvio a su programa y en lugar de ponerse a tocar, se puso a hablar de los Beatles y a hacer su apología. Con ello podemos comprender mejor la actitud de Serguera respecto a Silvio. Para ese entonces, la amistad entre ambos ya había desaparecido y hacer la apología de los Beatles fue la gota que derramó el vaso. Tiempo después, Serguera recordaría: “¡Si él estaba allí para tocar su guitarra y cantar sus canciones, ¿por qué tenía que buscarme líos con los Beatles?! ¡Que deje a los Beatles en paz!”.
Serguera no tuvo otro remedio que cancelar el programa de Silvio y echarlo a la calle. Claro, Silvio sabía que, al igual que los otros miembros de la nueva trova, tenía el apoyo de Haydée Santamaría, directora de la Casa de las Américas, y por eso no le fue tan mal. Sea como fuere, cuando Silvio cantó las estrofas de “Cuba va”: “Puede que algún machete se enrede en la maleza. / Puede que algunas noches las estrellas no quieran salir. / Puede que con los brazos haya que abrir la selva, pero a pesar de los pesares, como sea, ¡Cuba va!”, no era simple retórica, máxime por los tiempos que él y su país estaban viviendo, no sólo las dificultades personales del Silvio, sino también el fracaso agrícola de la Zafra de los Diez Millones en 1970.
Muchos años más tarde, Serguera recordaría:
Lo que más se conoce es lo que me pasó con Silvio, que dicen que además me dedicó una canción. No sé si le puso “Nube gris”, “Nube negra”, “Ojalá”… una cosa de esas. Si me dedicó una canción, ¿qué le voy a hacer? Pasaré a la historia como el elemento en el que se inspiró Silvio Rodríguez para hacer una canción. Yo lamento mucho que Goethe no se haya inspirado en mí, porque yo no había nacido todavía. O Dostoievski.
Ya en este milenio, a pesar de que su pleito con Serguera es de dominio público en Cuba, Silvio negó que hubiese habido tal conflicto: “Lo cierto es que mientras trabajé en aquel organismo [ICRT] estuve varias veces en la oficina de Serguera y siempre nos llevamos bien. Él tenía un historial revolucionario que inspiraba respeto: como abogado había defendido a Frank País y después se había tenido que alzar en la Sierra Maestra. Recuerdo que la primera vez que estuve en su oficina me pidió que le mostrara la portada de lo que estaba leyendo y me aseguró que Demian, de Hermann Hesse, había sido el libro que lo convirtió en revolucionario”. En fin… Lo que sí parece un hecho es que Silvio, al escribir la canción “Resumen de noticias”, si no tenía en mente a Serguera, sí que pensaba en Luis Pavón y Armando Quesada.
Silvio es un gran narrador de historias —un buen ejemplo es “El hombre de Maisinicú”, canción dedicada a Alberto Delgado Delgado, un miembro de la Seguridad del Estado cubano, cuya actuación fue crucial para arrestar a Zoila Águila Almeida, la sanguinaria Niña de Placetas, contrarrevolucionaria integrante del grupo del bandido Julio Emilio Carretero—, y sería interesante que Silvio nos contara la historia del exguerrillero chileno Juan Lisímaco el Chele Gutiérrez Fischmann, perteneciente al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el movimiento antipinochetista creado por Raúl Pellegrín y Galvarino Apablaza, bajo la égida de Luis Corvalán.
El Chele y sus hermanas Juana Paz y Paula —hoy famosa ilustradora de cuentos infantiles— fueron hijos de los arquitectos comunistas Javier Lisímaco Maco Gutiérrez —boliviano de nacimiento e hijo de un veterano de la guerra del Chaco— y Beatriz Fischmann. Ellos diseñaron en Chile el Teatro Sindical de Lota, con influencia del Bauhaus y en el marco del Movimiento Moderno de Biobío, posterior al terremoto de 1939. Junto a otros revolucionarios, trataron de reconfigurar la guerrilla boliviana después del asesinato del Che Guevara. Antes, ellos habían desarrollado parte de su vida profesional en la mayor de las Antillas, participando en la planificación y edificación de la Ciudad Sandino y de monumentos conmemorativos de la victoria de Playa Girón. Maco Gutiérrez cayó en combate el 13 de mayo de 1972. Betty Fischmann regresó con sus tres hijos a Chile durante el gobierno de la Unidad Popular. Al producirse el golpe de Estado fascista, consiguió un salvoconducto a Holanda, y finalmente llegó a Cuba, donde se incorporó al Ministerio de la Construcción. En 1981 se radicó en México, donde trabajó como ilustradora para las editoriales Grijalbo y Diana. En esta labor, su hija Paula, ya se dijo, seguiría sus pasos.
La mayor de los hermanos Gutiérrez Fischmann, Juana Paz, también arquitecta de profesión, fue pareja de Silvio Rodríguez. No sabemos —estamos una vez más en el terreno de la especulación— si al componer las estrofas de “Santiago de Chile” y afirmar: “Ahí amé a una mujer terrible”, tenía a Juana Paz en mente… Por cierto, Juana Paz obtuvo una maestría en la UNAM en restauración artística y en 2017 realizó la rehabilitación del monumento funerario de Violeta Parra.
La relación de Silvio con Juana Paz hace a Silvio “exconcuño” de Mariela Castro Espín, quien, a su vez, fue esposa (1983-1989) del Chele y con él tuvo una hija, obviamente nieta de Raúl Castro y prima de Guillermo Raúl Rodríguez Castro, tan mencionado en los últimos meses por la prensa del mundo y tan denostado por los medios asentados en Miami.
En contraposición a sus hermanas, Juana Paz y Paula, el Chele, con formación militar en Cuba, tuvo una vida que nada envidia a James Bond: aparte de combatir a la dictadura pinochetista, peleó en Nicaragua durante la década de 1980, combatiendo a los Contras como parte de los Batallones de Lucha Irregular sandinistas; fue en tales lides que conoció a Mariela Castro, quien cumplía una misión internacionalista en el país centroamericano. El Chele fue buscado por la “justicia” chilena durante mucho tiempo, por estar involucrado en el ajusticiamiento del senador pinochetista Jaime Guzmán, padre de la actual Constitución chilena, como parte de la Comisión Ortúzar, Constitución que Gabriel Boric no pudo despachar.
El Chele también planeó la Operación Vuelo de Justicia, junto con Raúl Julio Escobar Poblete —quien años después secuestró al panista Diego Fernández de Cevallos y que fue extraditado en septiembre de 2021 por Andrés Manuel López Obrador, a solicitud del gobierno derechista de Sebastián Piñera—. Tal operación fue llamada “la fuga del siglo”, pues logró rescatar en un helicóptero a cuatro guerrilleros frentistas de la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago: Mauricio Hernández Norambuena, Pablo Muñoz Hoffman, Patricio Ortiz Montenengro y Ricardo Palma Salamanca, el 30 de diciembre de 1996.
Ahora sí, ya sabemos quién es Silvio Rodríguez y con quiénes se ha relacionado. Con una amplia sonrisa, dejemos que, mientras él pone su fusil en ristre, los ignorantes que se burlaron de él por solicitar su AKM para defender su patria vistan el traje de bufón.
1 Comento lo de Mariela porque resultará relevante hacia el final de este escrito.
2 El viejo Partido Comunista de Cuba, formado en 1925 por Carlos Baliño, Fabio Grobart, José Miguel Pérez, Alfonso Bernal del Riesgo y Julio Antonio Mella.
3 El filósofo y sindicalista Vicente Lombardo Toledano expuso a favor de que la universidad, por su peso social, adoptara una posición ideológica, la del materialismo histórico, para enfrentar los problemas de la época; en contraparte, el filósofo idealista Antonio Caso, fundador del humanista Ateneo de la Juventud junto con José Vasconcelos, defendía la libertad de cátedra y de pensamiento, sin ideas ni métodos preconcebidos.
4 El minero soviético Alekséi Stajánov batió el récord de extracción de carbón e impulsó el movimiento obrero socialista que propugnaba el aumento de la productividad laboral, partiendo de la propia iniciativa de los trabajadores.
5 El manifiesto “Nos pronunciamos” fue suscrito por Orlando Alomá, Sigifredo Álvarez Conesa, Iván Gerardo Campanioni, Víctor Casaus, Félix Contreras, Froilán Escobar, Félix Guerra —hijo de Ángel Guerra—, Rolen Hernández, Luis Rogelio Wichy Nogueras, Helio Orovio, Guillermo Rodríguez Rivera y José Yanes.
•
Licenciado y maestro en Filosofía, JUAN ARMANDO RAMÍREZ GARCÍA también estudió Derecho y es candidato a doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Se especializa en la Revolución cubana, en lógica, filosofía del lenguaje y de la mente.
FB: Juan Armando Ramírez García