Portada del texto 'Bibliotecarios rockstar' por Betty Bitter Bow
Foto: Dustin Tramel
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Bibliotecarios rockstar

INVASIONES, BIBLIOTECAS, FUTBOL

Por Betty Bitter Bow   |    Junio de 2026


No quisiera incurrir en la vulgaridad de hablarles del tema Donald Trump —me queda claro que todos hemos tenido suficiente de aquí a tres vidas—, pero es que, miren, cuando el personaje dijo, respecto de la construcción de la Biblioteca Presidencial, “No me gustan los museos ni las bibliotecas, así que mi biblioteca presidencial será en realidad un hotel en Miami”, mi jueza interior quiso romper en cólera, arrojar la taza de café contra la ventana y tachonar la lista del súper con puras groserías, sin embargo se contuvo y se recogió en el silencio.

Vamos a ver, no todos tenemos por qué amar las bibliotecas, hay quienes prefieren especular en la bolsa, comerciar con armas o llevar y traer los chismes más jugosos del vecindario, y como dicen en mi barrio: “A ver, alégale al réferi”. El réferi, en este caso, pues es la realidad. Tampoco nos vamos a tirar al drama, hay placeres destinados a las minorías y está bien. Piensen en la apicultura o en los orquidearios, ¿a quién le importan?, a muy pocos, sin embargo eso no anula su magia ni mucho menos.

Para mí una biblioteca es el lugar de Todos, así, con mayúscula. Allí, el tiempo deja de avanzar en línea recta para replegarse o superponerse, o para ofrecerse en capas silenciosas. Cada libro es una puerta cuya posibilidad de ser abierta se renueva cada día. Los pasillos huelen a papel, a polvo fino, a sosiego fértil. Las voces no se oyen, pero se sienten en las páginas. Si tomas un libro y lo abres, corres el riesgo de que otra vida, otra época, otro pensamiento se instale por un momento en tu conciencia, pero no te engañes, no eres tú quien recibe al invitado, en realidad el invitado eres tú. Quizá por todo esto las bibliotecas resisten al ruido del mundo. No lo niegan, pero lo filtran y lo transforman en un susurro antiguo y persistente que nos recuerda que el conocimiento no sólo se acumula, sino, sobre todo, se habita.

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Foto: Taras Hrytsak

Tal vez no lo parezca, pero el universo de la libraria está lleno de rockstars y, para muestra, acá les dejo algunos botoncillos. Antes de que ni ellos mismos supieran que algún día la iban a romper en la literatura y el arte, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Goethe y Marcel Duchamp trabajaron como bibliotecarios. Así mismo, amigos, entre fichas, pececitos de plata y estantes, estos señores llevaron alguna vez vidas anónimas y aparentemente anodinas.

Borges, por ejemplo, pasó casi una década trabajando en la Biblioteca Miguel Cané de Buenos Aires, la primera fundada en esa ciudad. Su tarea consistía en catalogar libros y, según él mismo, dado que terminaba su labor con rapidez, pasaba el resto de la jornada escondido en el sótano leyendo pilas de libros. No suena mal si consideramos que esa era su idea del paraíso. Lástima que ni los paraísos sean eternos, y el suyo sufrió un violento revés en 1946, cuando el gobierno lo “ascendió” a inspector de aves de corral, huevos y conejos en los mercados municipales. ¿Se imaginan al autor de “El Aleph” supervisando el estado y la calidad de gallinas, pavos, patos o gansos? Borges declinó la oferta y unos años después fue nombrado director de la Biblioteca Nacional; por desgracia lo ficharon justo cuando casi había perdido la vista.

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Página de la historieta Borges, inspector de aves, de Lucas Nine, aparecida originalmente por entregas en la revista Fierro.

En cuanto a Mario Vargas Llosa, mucho tiempo antes de convertirse en marqués y acaparar las portadas de ¡Hola! junto a la socialite Isabel Preysler, el autor de La ciudad y los perros tuvo un modesto empleo de bibliotecario. Era apenas un chamaco de 19 años cuando empezó a trabajar en el Club Nacional de Lima, de 1955 (año en que contrajo nupcias con su tía Julia Urquidi) a 1958; ahí organizaba materiales bibliográficos y atendía a los usuarios. Con los años, su amor por los libros lo trascendió y terminó coleccionando una biblioteca personal de cerca de 30 000 volúmenes. No creo exagerar si digo que pasó de ordenar libros ajenos a construirse un universo propio.

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Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi.

Ahora que si hablamos de Johann Wolfgang von Goethe, él ya jugaba en otra liga. En 1775, en la corte de Weimar, nuestro Goethe no sólo administró una fastuosa biblioteca, sino que la revolucionó: duplicó su tamaño, organizó sus fondos y le impuso un sistema al caos ilustrado; él sí que sentía pasión por lo que hacía, digamos que era un bibliotecario con espíritu de ministro (que también lo era). Y ya ni les cuento sobre los libros no devueltos, pero Goethe se empleó a fondo para desterrar esa mala yerba. Cabe mencionar que, a diferencia de Borges y Vargas Llosa, Goethe era ya una celebridad cuando se desempeñó en este oficio, porque un año antes, en 1774, había publicado Las desventuras del joven Werther, novela que dio inicio al Romanticismo y le trajo fama y renombre (y no pocas acusaciones por los efectos negativos entre los jóvenes enamorados, deprimidos y con impulsos suicidas).

Marcel Duchamp, a los 26 años de edad, encontró en el empleo de bibliotecario un refugio, digamos que estratégico. Entre 1913 y 1915 trabajó en la Biblioteca Sainte-Geneviève en París, luego del doloroso rechazo de su obra Desnudo bajando una escalera, n.º 2. Buscaba no sólo estabilidad económica, sino tiempo para dar cauce a las ideas. Él mismo describió el trabajo como ideal: pocas horas, buen salario y un entorno propicio para la reflexión. ¿Qué podía salir mal? Nada. Durante ese periodo estudió perspectiva y textos científicos, elementos que influyeron de manera importante en su obra posterior, especialmente en El gran vidrio. Para Duchamp, la biblioteca fue también una forma de distanciarse del competitivo ambiente artístico de París. ¿Se habrá imaginado, mientras caminaba entre los estantes llenos de libros, que con los años revolucionaría el panorama artístico al poner bajo la lupa la noción tradicional de belleza, o que sería pionero del arte conceptual, el dadaísmo, el surrealismo y además creador de los ready-mades?

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Marcel Duchamp detrás de su obra El gran vidrio en el Museo de Arte de Filadelfia, 1965. Foto: Mark Kauffman

Estas historias tienen algo en común: la biblioteca como escondite, laboratorio y punto de partida. En el silencio de los pasillos se incubaron algunas de las ideas más audaces de la historia. ¿Casualidad? No sé. Después de todo, pocas cosas son tan peligrosas —y tan alimenticias— como un lugar lleno de libros y suficiente tiempo libre.

Quiero anotar dos cuestiones finales: la primera, me sabe mal haber mezclado el nombre de Donald Trump con los de mis bibliotecarios rockstar, así que, para paliar el desaguisado, les propongo un brindis en honor de la Biblioteca Vasconcelos, que este 2026 celebra su cumple número 20, ¡Salud!; la segunda, cuando traten con una o con un bibliotecario, tengan presente que pueden estar hablando con una estrella en ascenso de la cultura y procedan en consecuencia.

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Foto: Marek Mucha






Cuentista y periodista cultural, BETTY BITTER BOW es jefa de Redacción en la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.