Portada del texto 'El largo adiós de la verdad' por Enrique Pagella
Imagen: Meri Makes Collages
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El largo adiós de la verdad

CREACIÓN Y POSVERDAD

Por Enrique Pagella   |    Octubre de 2025


A la mayoría de la gente no le importa
si le estás diciendo la verdad o una mentira,
siempre y cuando se entretengan con ella.

Tom Waits

Un recorrido por la historia de la verdad, de ficción en ficción, surcando las corrientes del pensamiento occidental, hasta la actual Argentina, vista como la infortunada capital de la posverdad. Ya lo decía Borges: la filosofía, en especial la metafísica, es literatura fantástica.


No podrás negar que nuestro mundo, hace décadas, viene enloqueciendo exponencialmente. Pandemias, guerras, violencia, vulgaridad, antiintelectualismo, empobrecimiento cultural, xenofobia, consumismo, pobreza, empoderamiento de los megamillonarios, contaminación ambiental, exceso de información que desinforma, estupidización de las masas, apatía generalizada, dictaduras de los algoritmos y las IA, y una gran víctima, entre tantas: la verdad.

Un amigo mío suele decir: “Cualquier cosa menos la verdad”, que bien podría ser uno de los grandes lemas de nuestra época. Podríamos definir la posverdad como la mentira emotiva que busca, mediante la distorsión deliberada de la realidad, azuzar las emociones y creencias personales frente a los hechos objetivos para modelar la opinión pública. Pero la posverdad tiene más de neologismo que de novedad, pues desde tiempos inmemoriales la humanidad ha sido poco afecta a la verdad. Nietzsche lo ha preguntado: “¿Cuánta verdad es capaz de soportar un hombre?”.

La caverna de las falsas apariencias

En La república de Platón nos encontramos con la famosa alegoría de la caverna, referida por Sócrates a Glaucón: hay hombres encadenados dentro de una caverna contemplando una pared rocosa, donde se proyectan las sombras de lo que sucede a sus espaldas. Los cautivos están sujetos y no pueden voltear, así que, para ellos, esas sombras son la verdad, son lo que ocurre de manera objetiva. Pero, se pregunta Sócrates ante un Glaucón expectante, ¿y si uno de estos hombres saliese de la caverna? Advertiría el engaño en el que ha vivido. Aquellas sombras serían un remedo de lo que ahora presencia con ojos nuevos, comprendiendo que el sol es la fuente misma de la verdad. ¿Y qué le sucedería a este hombre si regresase a la caverna para anoticiar a sus compañeros acerca de la farsa en la que están viviendo? Quizá los encadenados se burlarían de él y, si insistiese, tal vez querrían matarlo.

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Imagen: Shauna Allen

Para Sócrates, la caverna es el mundo sensible, el mundo de las apariencias; los encadenados somos nosotros, y quien sale de la caverna es el alma que logra vislumbrar el mundo de las ideas, en especial la idea del bien, representada por el sol, de la que procede todo lo bueno y lo bello de la vida. Es decir, la verdad no está en el mundo cambiante y engañoso que percibimos con los sentidos, sino en el mundo de las ideas, el reino de la verdad, al que se accede mediante el pensamiento.

No olvidemos a los sicofantes y a los sofistas. La mayoría de los sofistas eran maestros de retórica que iban de ciudad en ciudad enseñando a argumentar a favor y en contra de cualquier tema, más allá de la verdad. No creían, obviamente, en verdades absolutas. Este relativismo fue combatido por Sócrates, que sí creía en preceptos universales. Los sicofantes, por su parte, eran denunciantes profesionales y artistas de la calumnia que, a cambio de ventajas o dinero, fungían como testaferros de quienes evitaban ser el rostro de la denuncia.

Nuestra caverna actual no es sombría sino luminosa, tenemos libertad de movimiento físico, pero estamos encadenados a dispositivos que monitorean nuestro acceso al mundo de forma constante e intermedia, muchas veces desvirtuándolo. Son férreas y lábiles cadenas. Las sombras proyectadas en la pared de la caverna platónica son ahora el fárrago de las redes, imágenes y noticias, videos y entretenimiento que nos presenta y construye la realidad. A falta de sofistas y sicofantes, hay periodistas arancelados, medios con intereses económicos y políticos, TV basura, gurúes inescrupulosos, adivinadores, coaches, influencers, trolls, haters, bots, algoritmos, IA, fake news y deepfakes, todo un ecosistema productor de falsas realidades.

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Imagen: K. Afroriko

Ahora bien, ¿qué sucedería si uno de nosotros decide abandonar la luminosa caverna? Entre las Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato —de Jaron Lanier, informático, músico, precursor de la realidad virtual y las redes sociales, conocedor del mundo Silicon Valley—, destaca el Incordio, un algoritmo estadístico y modelo de negocio cuyos clientes pagan por cambios de comportamiento en los usuarios de las redes. Su sistema fue diseñado para amplificar las emociones negativas frente a las positivas. Todas las redes sociales se asientan sobre Incordio. Lanier señala también que las redes están programadas para generar adicción. Pero quienes permanecen en la esplendente caverna no reaccionan como supone Sócrates, no se mofan de Lanier y mucho menos conspiran para matarlo. Algunos pocos leen el libro, una minoría despierta, el resto atiende las razones pero decide ignorarlas y millones ni siquiera se enteran de su existencia.

La más poderosa ficción

Para el historiador y pensador israelí Yuval Noah Harari, autor de Sapiens. De animales a dioses, lo que convirtió al homo sapiens en el animal más exitoso fue la capacidad de evolucionar a través de ficciones. Los mitos, las religiones, las naciones y el dinero, entre tantas cosas, son ficciones humanas que han posibilitado la organización a gran escala.

Qué duda cabe de que la Biblia es un texto determinante en la historia de gran parte de la humanidad. Escrita entre 900 a. C. y 100 d. C., fue sistematizada en el siglo IV por el Concilio de Roma; en 1545, el Concilio de Trento la declaró dogma, es decir, le dio estatus de verdad, aunque de hecho fungió como verdad absoluta durante toda la teocéntrica Edad Media. Pero en cuanto a la verdad, la Biblia viene floja de papeles, como decimos en Argentina. La historia de Adán y Eva tiene mucho más de mito que de relato histórico, y sólo una fe ciega puede dar asidero a las muchas peripecias fantásticas del Antiguo Testamento, como la epopeya de Moisés cruzando el mar Rojo, Noe y su arca en el diluvio universal, o la longevidad de personajes que vivían cientos de años cuando la esperanza de vida no superaba los 40 hace tres milenios. El Nuevo Testamento no nos ahorra portentos: fecundidad por el espíritu y resurrecciones, o el surrealista y lisérgico Apocalipsis de San Juan, con el cual la Biblia alcanza su clímax ficcional. Primero, la verdad irrefutable es la voluntad de Yahvé, transmitida al pueblo hebreo por los profetas; luego Jesús lo afirma taxativamente en el evangelio de Juan (14:6): “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

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Imagen: Yarik

A finales de la Edad Media irrumpió la imprenta de Gutenberg, los libros dejaron de ser monopolio de la Iglesia y sus copistas, circulaban entre la gente y el hombre común podía elaborar su verdad bíblica. Se amplió la difusión de las Sagradas Escrituras, pero también del pensamiento moderno.

La realpolitik y la utopía racionalista

Los siglos XV y XVI fueron un punto de inflexión en Occidente. Tanto el humanismo como el Renacimiento provocaron una revolución en el pensamiento, la ciencia y el arte, anteponiendo al teocentrismo medieval un antropocentrismo que sería la transición a la Edad Moderna y a una idea de la verdad muy distinta.

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“Loading”, Gundega Strauberga, collage.

Por su concepto de verdad efectiva, expuesta en El príncipe, de 1513, podemos considerar al diplomático y filósofo político Nicolás Maquiavelo un precursor de la posverdad. La verdad efectiva hace hincapié en la realidad práctica de la política. No se basa en un ideal, en un “debería ser”, sino en la realidad del poder y en cómo se comportan las personas; su perspectiva pragmática prioriza la eficacia por sobre cualquier ética inmaculada. Si de la observación de la realidad se obtiene la verdad efectiva de cómo se comporta el hombre promedio, y eso nos lleva a la conclusión de que es mejor mentir para gobernar, pues resulta razonable mentir. De alguna manera, Maquiavelo funda un concepto político: la razón de Estado.

Un siglo después, en 1637, El discurso del método se erige como un antes y un después del pensamiento humano, y da pie a la filosofía moderna. Con duda metódica, Descartes pone bajo sospecha todo lo que se le ha enseñado, incluso la existencia del mundo y de su propio cuerpo, con el propósito de alcanzar una evidencia de la que no pudiese dudar, una certeza absoluta. Guiado por la razón, llega a ese principio, a la verdad irrefutable: Cogito ergo sum (Pienso luego existo). Para algunos estudiosos, con este libro comienza la Ilustración, abigarrado y potente movimiento cultural e intelectual que adorará a una nueva deidad: la diosa Razón.

Precedida por la Revolución Científica, la Ilustración tuvo lugar en Inglaterra, Francia y Alemania a mediados del siglo XVIII y hasta principios del XIX. A los pensadores que le dieron sustento conceptual se los distingue como cultores de la filosofía racionalista: el propio Descartes, Hobbes, Spinoza, Leibniz, Kant, Locke, Voltaire, Rousseau y Hegel, heredero y crítico de este movimiento.

En sentido general, la verdad de la Ilustración radicaba en el conocimiento que propicia el uso de la razón, contra la ignorancia y en favor de la libertad, la integridad y la transformación, de un progreso indefinido de la sociedad. Hete aquí la utopía ilustrada y el nacimiento del hombre moderno.

La verdad del capital y la mano mágica del mercado

Bajo el paradigma de la verdad racional, se consolida un sistema económico que se impondrá a la cultura agraria del feudalismo. Los burgos, villorrios en torno a los castillos feudales, se transformaron paulatinamente en centros comerciales y artesanales, fueron adquiriendo cierta autonomía y originaron una nueva clase social: la burguesía. Así surge el capitalismo comercial y aparecen los bancos. Esta transformación coincide con el auge de la ciencia y los chispazos de la Ilustración. En 1769, James Watt patenta la máquina de vapor, parteaguas de la Revolución Industrial y el capitalismo moderno: la economía comercial y agraria se industrializa con fábricas, las ciudades se vuelven populosas por la inmigración rural en busca de trabajo y la burguesía se afianza como clase social gracias a la acumulación de capital. Así, la modernidad tiene sus dos pilares: la fe en la diosa Razón (la verdad racional) y la novedad de un sistema económico, el capitalismo (el afán de beneficio económico, la verdad del capital).

El filósofo y economista escocés Adam Smith teoriza el funcionamiento del capitalismo en La riqueza de las naciones, de 1776, y afirma que el bienestar de la sociedad se sustenta en el crecimiento económico, lo que deviene de la división del trabajo y la libre competencia. Para regular las distorsiones de los mercados (alza de precios, salarios miserables, etc.), Smith crea un concepto notable, una ficción: la “mano invisible” del sistema, que corrige las desigualdades y los excesos capitalistas.

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“Marie Antoinette”, Chad Wys.

Los aguafiestas

Las verdades de la modernidad capitalista se toparán con tres mal llevados: Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. El manifiesto comunista, de Marx y Engels, 1848, y el primer tomo de El capital, de Marx, 1867, presentan conceptos fundamentales como el materialismo dialéctico de la historia, la lucha de clases, la plusvalía y las contradicciones del modo de producción capitalista, y evidencian una nueva verdad, la de los oprimidos por un sistema económico que, prometiendo el desarrollo y la riqueza de las sociedades, es esencial y estructuralmente injusto. La teoría marxista tendría sus consecuencias prácticas en el siglo XX: en 1917, Lenin lidera la Revolución Bolchevique; en 1922 se consolida el primer Estado socialista: la Unión Soviética; en 1949, los comunistas chinos, encabezados por Mao, fundan la República Popular China, y en 1959 acontece la Revolución cubana.

Por otro lado, Nietzsche, el Filósofo del Martillo, considerado por muchos un precursor de la filosofía posmoderna, señala que el hombre no está hecho para la verdad del incesante devenir, por lo que se ve impelido a crear verdades a su medida, verdades científicas, filosóficas, religiosas y políticas. En La gaya ciencia, de 1882, se encarga de demoler una de las ficciones más determinantes de la historia de Occidente, proclamando la muerte de Dios y señalando a su asesino: el hombre. Al año siguiente, Nietzsche propone su propia ficción, su propio evangelio, Así habló Zaratustra, insistiendo en la muerte de Dios, y en un breve ensayo de 1896, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, pone en duda la noción de verdad absoluta, señalando que es una creación de los hombres para vehiculizar la vida social. “No existen los hechos, sólo interpretaciones” es una sentencia del libro Fragmentos póstumos, de 1885-1889, que para los pensadores posmodernos resultará una inspiración crucial.

El tercer aguafiestas es Sigmund Freud, neurólogo y creador del psicoanálisis. La interpretación de los sueños, de 1899, es protagonizada por el inconsciente, una región psíquica hasta ese momento desconocida, donde los deseos, los recuerdos y las experiencias reprimidas influyen en nuestros pensamientos, emociones y comportamientos, aunque no seamos conscientes de ello. Es una zona de la mente que funciona más allá de la conciencia y moldea gran parte de nuestra vida mental y emocional. Es decir, Freud devela que el hombre racional soñado por la modernidad no es enteramente dueño de sus actos, sentimientos ni pensamientos.

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Collage: Ben Ake

Estos tres pensadores ponen en duda las verdades, en apariencia monolíticas, de la filosofía moderna y el capitalismo.

Siglo XX: la modernidad en crisis

En el continente que nos prodigó la verdad racional y la capitalista, estalló la Primera Guerra Mundial apenas habiendo comenzado el siglo XX. La razón sólo había servido para innovar tecnología bélica: artillería pesada, ametralladoras, armas químicas, tanques y aviones. El saldo: 10 millones de muertos.

No mucho tiempo después, la mano invisible del mercado no pudo evitar que el capitalismo cayera en una severa crisis. En 1929 se produjo el crac de la bolsa de Nueva York, que afectó la economía entera de Estados Unidos y se extendió a Europa, Latinoamérica y Asia. Las consecuencias fueron desastrosas: la quiebra de muchas empresas, una epidemia de desempleo, un terremoto bancario y el aumento de la pobreza, todo lo cual se dio en llamar la Gran Depresión. Estados Unidos superó esta crisis haciendo a un lado los preceptos capitalistas de libertad económica, es decir, echando mano a un programa de intervención estatal, el New Deal, y a la obra pública. Vaya paradoja.

Como si no hubiese bastado el horror de la Primera Guerra Mundial, acaeció la segunda, mucho más estremecedora que la anterior, con 70 millones de muertes; el engendro nazi y el exterminio de judíos; la destrucción de ciudades y economías, y las bombas atómicas estadounidenses que aniquilaron Hiroshima y Nagasaki.

Estos patéticos sucesos echaron por tierra la promesa de la modernidad, a saber: por medio de la razón, la humanidad alcanzaría un progreso esplendoroso. Muy por el contrario, esas verdades quedaron sepultadas bajo los escombros que dejó la primera mitad del siglo XX.

Una nueva verdad filosófica

En las trincheras de la Primera Guerra Mundial se fraguó la sustancia de uno de los libros más influyentes de la filosofía del siglo XX, el Tractatus logico-philosophicus, 1922, de Ludwig Wittgenstein, miembro de una acaudalada familia austriaca, a cuya fortuna renunciaría más tarde. Como soldado voluntario, concibió el libro al calor de las balas y bombas que sembraban cadáveres a su alrededor. Quizá de ese espanto provenga, en parte, su más famosa sentencia: “De lo que no se puede hablar, lo mejor es callar”, en absoluta relación con el corpus conceptual y lógico del libro, que afirma: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, y detrás habita lo inexpresable, aquello que no puede ponerse en palabras, lo místico.

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Collage: Fearofrevolt

Para Wittgenstein, el mundo es la totalidad de los hechos, lo que en efecto sucede o, en sus palabras: lo que es el caso. Los hechos son estados de cosas, relación entre objetos de estructura lógica que permite, mediante el lenguaje, la construcción de proposiciones lógicas que representen los estados de cosas. Este esquema conceptual le permite formular su teoría de significación y verdad. Una proposición tendrá sentido si figura un estado de cosas lógicamente posible. Para que dicha proposición sea verdadera, el estado de cosas que describe debe acaecer, debe ser el caso. Si el hecho no acontece, la proposición es falsa.

Un segundo Wittgenstein, el que reformula el Tractatus, aparece de manera póstuma en las Investigaciones filosóficas de 1956, rechazando la idea de verdad como una adecuación lógica entre las proposiciones (el lenguaje) y la realidad (los estados de cosas). A cambio formula una perspectiva pragmática donde la verdad depende del uso del lenguaje en contextos que denomina juegos de lenguaje. Para la posteridad filosófica, quien perdurará es el primer Wittgenstein, el del Tractatus.

Otro precursor de la posverdad

Al célebre y macabro Joseph Goebbels, ministro de Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich entre 1933 y 1945, se le atribuye una famosa frase: “Miente, miente, que algo quedará”, perfecta síntesis de la esencia de su gestión, a cargo de controlar los medios de comunicación, las industrias cinematográfica y editorial, la música, el teatro y hasta la puesta en escena de los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. La diseminación de discursos de odio contra los judíos, otras etnias y, más tarde, contra el comunismo jugó un papel central en las políticas impulsadas por Goebbels, apelando a las últimas tecnologías para conservar el apoyo de millones de alemanes y disimular el horror de los campos de exterminio.

Es evidente que el espíritu de las fake news no es nuevo, pero sí la masividad de su difusión. El régimen nazi fue una de las estructuras estatales pioneras en impulsar, multitudinariamente, groseras campañas de odio y desinformación. La primera del siglo XX fue la diseñada por los bolcheviques para atacar el capitalismo, crear conciencia política en la población y sostener el poder tras la revolución de 1917.

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Imagen: Planche6, Ma Thilde

La modernidad en terapia intensiva

La razón, la tecnología y la ciencia habían servido para la destrucción. Tras la Segunda Guerra Mundial, gran parte de Europa estaba arrasada, Alemania fue repartida entre las potencias de Occidente y la Unión Soviética, la Guerra Fría hacía precalentamiento y las economías sufrían una anemia estrepitosa. En este contexto surgió otra corriente filosófica y literaria, el existencialismo y, con ella, una nueva concepción de la verdad. Heidegger, Sartre, Camus, Karl Jaspers y Simone de Beauvoir configuraron esta corriente, cuya principal afirmación es que la existencia precede a la esencia, es decir, no nacemos con un propósito definido, sino que lo construimos a través de la experiencia. Eso mismo funciona para la verdad: el existencialismo considera que no existe una verdad absoluta, universal, sino que cada individuo construye su propia verdad a partir de sus elecciones y acciones.

Posmodernidad, plataforma filosófica de la posverdad

Si bien la posmodernidad como movimiento filosófico, literario y artístico se remonta a la década de los 60, el término se populariza a fines de los 70, cuando Jean-François Lyotard usa por vez primera la etiqueta en La condición posmoderna. La noción de verdad posmoderna se ve relativizada, pues se aleja de la idea de una verdad universal y objetiva. Impera la subjetividad, la perspectiva individual y la influencia del contexto en la construcción del conocimiento; se cuestiona los metarrelatos, el capitalista y el marxista, que pretenden explicar la realidad de manera objetiva; se pone el acento en la experiencia subjetiva como productora de conocimiento válido, es decir, como constructora de verdad.

Lyotard y otros filósofos como Foucault, Derrida, Deleuze, Guattari, Baudrillard, Jean-Luc Nancy o el semiólogo Roland Barthes integraron esta corriente de pensamiento de ruptura con los postulados de la modernidad. Foucault sostiene que la verdad no es una categoría trascendente, sino más bien un constructo de las relaciones de poder y los discursos que circulan en una sociedad. En su libro Las palabras y las cosas, de 1968, proclama el fin de una idea central de la modernidad, la muerte del hombre moderno —en línea con Nietzsche, que en el siglo XIX había anunciado la muerte de Dios.

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Imagen: IA, Rakugaru

El fin de la historia

A fines de los 80 y principios de la década siguiente se producen la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. En 1992, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama publica El fin de la historia y el último hombre, donde sostiene que la historia humana como lucha entre ideologías ha concluido, dando inicio a un mundo signado por la economía de libre mercado y la democracia liberal.

Los cambios ocasionados por los avances tecnológicos, especialmente en informática, comunicación, medios, publicidad y mercadotecnia, posibilitan la era del consumo. Las innovaciones serán coronadas en la década de 1990 con la aparición de internet, una invención tan o más revolucionaria que la imprenta de Gutenberg, punta de lanza de la globalización. Estos eventos y transformaciones consolidaron al hombre posmoderno (individualista, consumista, apegado al entretenimiento y al culto de la imagen) y su idea de verdad (subjetiva, efímera, lábil).

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Imagen: Veidas

Siglo XXI: la modernidad líquida y el velorio de la verdad

En el año 2000, el sociólogo y filósofo polaco-británico Zygmunt Bauman presenta La modernidad líquida como una instancia posterior a la que llama modernidad sólida; la transición entre ambas bien podría ser considerada la posmodernidad. La modernidad líquida se caracteriza por la inestabilidad, la transitoriedad y la incertidumbre de las dinámicas sociales, pues carece de relaciones y estructuras fijas. El concepto de verdad conserva su carácter subjetivo, como lo consideraban los posmodernos, pero ahora se ha tornado provisorio y desechable.

Este estado de cosas se ve precipitado por grandes transformaciones, como la explosión de la telefonía móvil, la polución mediática, la consecuente sobreinformación y la irrupción de las redes sociales en internet. En 2004 se populariza Facebook, en 2006 aparece Twitter y luego surgirían YouTube, Instagram y WhatsApp, un combo que franquea el paso al imperio de la posverdad.

En el libro Posverdad y otros enigmas, 2017, el filósofo Maurizio Ferraris sostiene que la posverdad es un objeto social en asuntos de interés público y se manifiesta primordialmente en la web; la posmodernidad ha sentado las bases de la posverdad y le da sustento ideológico, por el debilitamiento de los grandes relatos y el postulado posmoderno de que lo existente no es la realidad, sino el lenguaje con el que la describimos. Para Ferraris hay una conexión entre la posverdad, la posmodernidad (su justificación filosófica) y los populismos (su difusión política); aduce que los posmodernos quedaron seducidos por la célebre afirmación de Nietzsche: “No existen hechos, sólo interpretaciones”, y concluye: la razón del más fuerte es la mejor razón. Así, la verdad ya no será el resultado de una investigación o de una argumentación, sino de una imposición, y si el otro no está de acuerdo, miente o es un ignorante. Además señala que las nuevas tecnologías favorecen lo falso, son el campo propicio para que los cultores de la posverdad multipliquen “la verdad” en muchas “verdades” diferentes y paralelas. Por último, Ferraris distingue dos posturas teóricas sobre la verdad y ambas la conciben como la relación entre la epistemología (lo que sabemos) y la ontología (lo que hay). A una la llama hipoverdad, sostenida por los herederos de Nietzsche y Heidegger, como Foucault y Deleuze: postula que lo que sabemos equivale a lo que hay, es decir, existe porque lo pienso, uno de los ejes del pensamiento posmoderno y de la posverdad. La otra postura es la hiperverdad, referenciada por filósofos analíticos como Wittgenstein y Bertrand Russell, quienes consideran que lo que hay es lo que sabemos.

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Imagen: Emms_xo

Nuestra época está en manos de la hipoverdad. La verdad es lo que creo que es verdad y esa es la realidad.

Argentina, capital mundial de la posverdad

En este punto me atrevo a afirmar que la posverdad es mucho más que la proliferación de fake news y deepfakes, la eficacia de dichas artimañas radica en otros fenómenos de época que favorecen semejante estado de cosas. Argentina es una clara ejemplificación de la era de la posverdad.

Javier Milei es un economista que trabajó 20 años para la Corporación América, de Eduardo Eurnekián, uno de los hombres más ricos de Argentina. Precisamente en su canal América TV aparece Milei por primera vez y de inmediato capta el interés de los televidentes, y no por sus opiniones económicas, sino por su estilo: ataques de furia, incapacidad para mantener una discusión en buenos términos, insultos vociferantes y su cabello revuelto levantaban el rating; los productores toman nota. Así comenzó su carrera mediática. La retahíla de comportamientos violentos escaló con el tiempo, baste mencionar su ira contra Ian Moche, un niño autista y activista por los derechos de los autistas, a quien Milei descalificó tras desmontar los programas de asistencia estatal a los discapacitados, achacando a las familias problemas que debería atender el Estado. He aquí algo que caracteriza el fenómeno de la posverdad: la incapacidad de dialogar con el que piensa distinto, sin incurrir en la violencia verbal o la burla obscena, en la descalificación del otro y en la crueldad.

Otra característica de la posverdad es la desvalorización del sistema democrático. A la pregunta de si creía en la democracia, Milei respondió en televisión preguntando a su vez si la periodista conocía el teorema de la imposibilidad de Arrow: respondía sin responder, ya que ni su interlocutora ni los televidentes, en su mayoría, conocían el teorema sobre lo imposible de un sistema de votación justo, democrático y a la vez racional, a menos que se permita a un dictador imponer sus preferencias.

Milei es un caso extremo de una tercera característica de la posverdad: la tendencia al “pensamiento” mágico y mesiánico, y a teorías irracionales, como el terraplanismo. De acuerdo con el periodista Juan Luis González —autor de El loco y Las fuerzas del cielo—, un Milei en duelo ha intentado clonar a sus mascotas finadas, tiene debilidad por el “arte médium” para hacer contacto con los espíritus y, según testimonios de examigos, su perro ha conectado a Milei con el Uno, entidad suprema que le reveló la misión divina de ser presidente de Argentina para salvarla del Maligno.

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Imagen: Unxsual

La cuarta peculiaridad de la posverdad es lo que Milei y sus adeptos denominan la batalla cultural: un profundo antiintelectualismo, el desprecio por toda manifestación artística que contravenga el paradigma de ultraderecha, el ataque sistemático a la educación, la ciencia y la salud públicas, la xenofobia recalcitrante, la estigmatización del colectivo LGBTIQ+ y una oposición acérrima a los derechos conquistados por las mujeres en los últimos tiempos. Pues bien, Milei tiene aprobación en todos estos ítems. Para el presidente de mi país, todo aquel que disienta de sus políticas o defienda el Estado como garante de la educación y la salud gratuitas, tanto para argentinos como para extranjeros (una tradición nacional), es un “zurdo de mierda” (comunista), y zurdo, para Milei, puede ser un dirigente de derecha (como Horacio Rodríguez Larreta), un kirchnerista (que a lo sumo es de centro izquierda), la comunidad artística, los militantes sociales o los jubilados.

Estas diatribas contra los zurdos, que el primer mandatario suele vehiculizar por la red social X o con periodistas amigables, son apenas la superficie, porque la batalla cultural discursiva ha ido en tándem con el desmantelamiento y desfinanciamiento de todas las políticas de Estado que, según su nariz, oliesen a comunismo o kirchnerismo. En lo que va de su gobierno, Milei ha cerrado el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo; ha disuelto el Ministerio de la Mujer; ha desarticulado el Ministerio de Cultura y el Instituto Nacional de Teatro; ha desfinanciado el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, la Universidad de Buenos Aires y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas; se niega a mejorar la jubilación mínima y los sueldos de los médicos del Hospital Pediátrico Garrahan, una vergüenza. Mientras tanto, baja impuestos a los sectores de mayores ingresos, empresarios y agroexportadores. Así da Milei la batalla cultural, con su verba inflamada, su ajuste feroz y su ejército de trolls e influencers desperdigando insultos, fake news y deepfakes contra sus críticos, en especial los periodistas, a quienes, según declaraciones presidenciales, la gente aún no odia lo suficiente.

A las peculiaridades anteriores de la posverdad se suma la difusión de salvajes disparates como nuevas verdades disruptivas. Aquí, un sumario de las convicciones más inusitadas que ha declarado Milei en este rubro: 1) Los que evaden impuestos son unos héroes; 2) Los empresarios también son héroes; 3) Los monopolios son buenos para la sociedad; 4) Las personas tienen el derecho de vender sus órganos; 5) Y no sólo sus órganos sino también a sus hijos; 5) Si los ríos fuesen privados, no estarían contaminados; 6) Entre la mafia y el Estado, prefiero la mafia; 7) El papa Francisco es el representante del maligno en la tierra.

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Imagen: MAFF TV

El libertario es pródigo vociferando desatinos, pero de la posverdad falta mencionar una particularidad: la masa de gente insensible, estupidizada, meramente reactiva y considerablemente receptiva a los discursos de odio; por ejemplo, ante el debate previo al balotaje 2023 entre Milei y Sergio Massa, entonces ministro de Economía del gobierno de Alberto Fernández. Con tono calmo, argumentos y un as en la manga, Massa neutralizó el show de Milei: reveló que, siendo un economista recién recibido, Milei hizo una pasantía en el Banco Central que no se le renovó por inconductas; una de las propuestas electorales de Milei era cerrar el Banco Central. Es decir, Massa demostró la calidad visceral de esa propuesta, sin embargo mucha gente votó por Milei, y ganó con un abrumador 56 %; como ministro, Massa no había domado la inflación y eso fue determinante. La ciudadanía argentina, moldeada por internet, las redes, los medios y la cultura del entretenimiento (un culto a lo breve, lo efímero y la satisfacción inmediata), y aún golpeada en lo emocional y económico por la pandemia, no se detuvo a evaluar propuestas, sólo escogió “algo nuevo”, distinto de los políticos tradicionales, que en las últimas presidencias —de la derecha, digamos, moderada y el peronismo desorientado— no les mejoraron las condiciones de vida.

Esta impronta de la posverdad explica por qué, tras casi dos años de políticas insensibles y crueles, Milei conserva un considerable apoyo popular, dicen las encuestas. Por otra parte, hay un fenómeno nuevo en el sistema electoral argentino, en el que votar es obligatorio: la apatía generalizada. En las últimas elecciones legislativas en varias provincias y Buenos Aires, el ausentismo rondó 50 % y, según los estudios, la ausencia notable fue de los pobres, lo que muchos analistas interpretan como hartazgo, desencanto de la democracia y convicción de que el voto no sirve para nada, de lo cual no sólo es responsable Milei sino todo el arco político.

Recientemente, los periodistas Mauro Federico y Jorge Rial dieron a conocer grabaciones de Diego Spagnuolo, titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, develando el entramado de sobornos de las empresas farmacéuticas para vender medicamentos a la agencia; la destinataria de 3 % de tales sobornos era Karina Milei, hermana del presidente. También salieron a la luz audios de ella y, aun sin ser comprometedores, provocaron pánico en la Presidencia por haber vulnerado la “intimidad” de una poderosa dirigente; los periodistas cuentan con 50 minutos más de grabaciones. La respuesta libertaria fue una denuncia del Ministerio de Seguridad pidiendo que se prohíba difundir más audios y señalando una conspiración del régimen chavista de Maduro, exespías rusos, un dirigente de la Asociación de Fútbol Argentino y los periodistas en cuestión. El juez a cargo (con nueve causas judiciales, cinco por acoso sexual) ha dictado una cautelar que prohíbe a los periodistas seguir difundiendo. Semejante escándalo, a días de las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires, reúne características propias de la posverdad.

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“Liquidación total por cierre”. Imagen tomada de Pinterest

Pareciera que la era de la posverdad está lejos de concluir, aunque ya se barajen etiquetas de sucesión, como tecnofeudalismo (todopoderosos megamillonarios y esclavos en la nube digital alrededor de sus imperios), o metamodernidad y posposmodernidad, reacciones de los enterrados valores y verdades de la modernidad al estado de cosas del mundo actual. La posverdad aún tiene camino por recorrer, toda vez que nos resulta difícil distinguir qué es verdad y qué no en la web, en las redes y en los medios.







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Foto: cortesía del autor

El actor y dramaturgo ENRIQUE PAGELLA escribe también poesía, narrativa y guion de cine. Nació en Buenos Aires (1965), formó parte del colectivo artístico del Teatro Galpón de Diablomundo, que dirigió de 2012 a 2020 y con el que hizo giras por Latinoamérica. Ha publicado el ensayo-ficción Soy de cualquier manera: Gombrowicz, la novela San sucio perro conchudo, la novela por entregas Hijos de Maro en el portal Milinviernos, así como en Lamás Médula, El ciudadano del sur y Los Cucullú.