Portada del texto 'Ese instante mínimo en que el mundo recupera su gravedad' por Zoe Mejía Farfán
Fotografía tomada de Pinterest
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Ese instante fugaz en que el mundo recupera su gravedad

CREACIÓN Y POSVERDAD

Por Zoe Mejía Farfán   |    Octubre de 2025


La guerra es la paz.
La libertad es la esclavitud.
La ignorancia es la fuerza.
George Orwell, 1984

La posverdad no necesita mentir: le basta con distraer, es la anestesia moral que permite que la verdad duela sin repercusiones. Ya no necesitamos ocultar la violencia: la desplazamos, la convertimos en imagen, en torrente, en consumo.


Soy la eterna cabeza inclinada hacia la pantalla, esa pantalla es una irremediable extensión de mi mano derecha y, por lo tanto, inquilina predilecta del bolsillo de mis pantalones. Hoy, la obstinada reverencia ha interrumpido, una vez más, el silencio del que brota un diálogo interno, ese momento que me habría permitido descifrar las formas de las sombras en el techo, generadas por el viento que azota las persianas; también me ha impedido admirar la risa de mi hermana aquí a mi lado, y ha lanzado al abismo la pregunta de mi profesor Jacobo Dayán para esbozar de una buena vez los hilos conductores de mi tema de investigación. Cada día, lo que observa la cabeza reverente me arrebata el silencio, el único lugar en el que puede germinar la verdad.

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Cómo hacer una reverencia, Aoki Tetsuo, xilografía japanesa (sōsaku-hanga), 2010.

En su lugar, me deleito con el ruido incesante. Contemplo mi celular y el mundo se me presenta en secuencias que se confunden entre sí: una chica con la que he platicado una sola vez posa frente a la Torre Eiffel; la receta de un jugo desinflamatorio; una mujer palestina es sacada de los escombros que produce el asedio; una fotografía de Sebastião Salgado; un perro con un gorrito de cumpleaños; un meme de AMLO; un mapa de las fosas clandestinas que parchan México; tralalero tralala; un video de una modelo que se aplica un sérum de ácido hialurónico; una madre llora diciendo que su hijo no regresó del trabajo, que nadie contesta el teléfono; la cifra de la inversión extranjera directa del último trimestre en México; un bebé riendo a carcajadas; un video de una boda en la playa, todos bailan al son de Rosalía; el nuevo perfume de Prada; los llantos de una familia migrante en Estados Unidos separada por el ICE; una voz diciéndome en dónde debo poner mi cama según el feng shui; la ficha de búsqueda de una joven desaparecida en el Estado de México; un video de Trump bailando producido con IA; el anuncio de un estudio de pilates; productos de Temu con luces LED para decorar tu cuarto; en Palestina, niños alineados en el suelo, cubiertos con mantas, mientras una cámara recorre sus cuerpos y alguien murmura los nombres; una influencer española presume su extravagante outfit de hoy. Repito el video dos veces. Me encanta su vestido.

Todo eso sucede en menos de tres minutos, contenido en el mismo gesto mecánico del dedo que se desliza. Todo cabe en la misma columna vertical. El genocidio, el meme, el cuerpo mutilado y el cuerpo tonificado, el dolor y la prisa. El mundo entero reducido al mismo tamaño, a la misma velocidad, a la misma falta de permanencia. No sé si lo que me perturba más es la violencia que veo o la serenidad con la que puedo seguir mirando. Sólo a veces logro caer en cuenta de que lo más monstruoso de lo humano puede convivir con lo más banal en la pantalla que sostiene mi mano.

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Imagen: Marion Draws

Gracias a Ana Galán Lagunilla, filósofa admirable, he leído al pensador surcoreano Byung-Chul Han, una brújula constante al reflexionar en clase de Humanidad Digital sobre las implicaciones que la inteligencia artificial tiene para la condición humana. Han afirma que “la información corre más que la verdad, y no puede ser alcanzada por esta”.1 La información no genera verdad, porque la verdad necesita un tiempo que la información no tiene, y el tiempo, en este flujo incesante, ha muerto. El pensamiento no tiene espacio entre imágenes, y la emoción no tiene oportunidad de madurar. La transparencia —esa promesa de libertad que el siglo XXI nos vendió como virtud— se convirtió en el rostro amable del control.2 El régimen de la información no se impone: se ofrece. El poder ya no necesita censura porque la sobreexposición es más eficaz. El exceso de luz ciega, la abundancia de voz ensordece. El sujeto contemporáneo vive rodeado de espejos y cree que eso es el mundo. Todo lo que no cabe en el reflejo desaparece.

El cuerpo es un resto material en una era de abstracciones. La identidad se mide en algoritmos; la presencia, en conexión; la existencia, en actualización constante.

Han llama a este orden psicopolítica: una dominación que ya no se ejerce sobre el cuerpo, sino sobre la mente. El concepto continúa la noción de biopolítica desarrollada por Michel Foucault, que describe cómo el poder moderno pasó de castigar cuerpos a administrar la vida.3 Han actualiza esa lógica: el poder, dice, ha aprendido a infiltrarse en el deseo. Nos hace sentir que elegimos cuando obedecemos. Nos convence de que exponer es existir. Nos promete identidad a cambio de vigilancia. Y en esa transacción, entregamos lo más íntimo: la atención, el tiempo, la duda. La dominación se realiza bajo el signo de la libertad.4 ¿Podría existir una forma de opresión más perfecta?

La socióloga estadounidense Shoshana Zuboff denomina este sistema capitalismo de la vigilancia, ya que el nuevo oro no son los bienes ni las materias primas, sino los datos del comportamiento humano. El capital extrae información del alma: “reclama la experiencia humana como materia prima gratuita para su traducción en datos de comportamiento”.5 Y no para conocernos, sino para predecirnos. No observa lo que hacemos: moldea lo que deseamos. Cada gesto, cada clic, cada silencio se convierte en materia de lucro. Mientras la máquina perfecciona su conocimiento de nosotros, nosotros olvidamos quiénes somos.

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“Vulneración y comercializacion de datos personales en internet”, Acceso a la Información en la Cultura Digital, afiche de Cát. Gabriele, 2012. Imagen: ONG Derechos Digitales

En este escenario, el cuerpo parece haber desaparecido. Ya no es necesario golpearlo ni disciplinarlo: basta con ignorarlo. El cuerpo se volvió obsoleto, un resto material en una era de abstracciones. La identidad se mide en algoritmos; la presencia, en conexión; la existencia, en actualización constante. El cuerpo ya no pesa, y por eso la verdad ya no duele. Pero afuera, lejos de las pantallas, la sangre sigue corriendo. El mismo sistema que aquí se vuelve intangible, allá se vuelve brutal. El mismo orden que aquí administra emociones, allá administra la muerte.

Recuerdo la contundencia de la antropóloga feminista argentina Rita Segato —a quien tuve la oportunidad de escuchar de viva voz en Barcelona durante el verano de 2024— cuando denunciaba: “Todo lo que no entre en el objetivo histórico del capital será gasificado”, tras enfatizar “la insospechada literalidad de la consigna ‘Palestina somos todos’”.6 Lo que está ocurriendo en Palestina no es sólo una tragedia local: es un espejo global. La literalidad de esa consigna revela la estructura profunda del mundo contemporáneo. Palestina no es un punto en el mapa, sino la condición del planeta entero: una humanidad administrada por el capital, que decide quién merece respirar y quién no. Los cuerpos palestinos, los migrantes ahogados, los trabajadores invisibles, las mujeres desaparecidas: todos forman parte de un mismo destino de desecho.

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Imagen: Yuoosef Ali

El capitalismo de la vigilancia y el proyecto del capital no se contradicen: se necesitan. Uno explota las emociones; el otro, los cuerpos. Uno domestica la mente; el otro limpia el terreno. Mientras el norte produce datos, el sur produce muerte. Algunos somos vigilados, otros son aniquilados. Mientras el algoritmo perfecciona su precisión, un dron apunta con la misma lógica estadística. Un clic activa la indignación, y entre tanto, la precariedad y la muerte se acumulan en los márgenes del mapa. La posverdad no es una mentira: es la anestesia moral que permite que la verdad duela sin repercusiones.

La pregunta se abre como una herida: ¿cómo puede una era que presume haber superado la barbarie seguir sosteniéndose sobre cuerpos que sangran? Quizá lo que ha cambiado no es la violencia, sino la manera en que la miramos. Ya no necesitamos ocultarla: la desplazamos, la convertimos en imagen, en torrente, en consumo. La posverdad no necesita mentir: le basta con distraer. El genocidio se vuelve un tema más del algoritmo, un flujo de indignación reciclable. La empatía se agota en el comentario. El horror, convertido en espectáculo, no busca estremecer sino entretener. El dolor del otro se convierte en fondo de pantalla. Y nosotros, convencidos de “estar informados”, participamos en la maquinaria del olvido.

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“Conexión y decadencia”, Jacek Doszyń, Polonia, BICeBé 2017.

La indiferencia es la forma contemporánea de la complicidad. No porque ignoremos lo que pasa, sino porque no sabemos qué hacer con lo que sabemos. Miramos sin actuar, sentimos sin sostener, denunciamos sin riesgo. El sistema ha logrado algo prodigioso: transformar la empatía en un gesto sin consecuencias.7 Hemos aprendido a sentir a distancia, sin ensuciarnos las manos. Pero la distancia no protege: desgasta. Nos vuelve testigos que ya no creen en su propia capacidad de interrumpir el curso de las cosas.

El filósofo Rob Riemen recuerda que la verdad no es una opinión; es la fuerza que mantiene viva la dignidad humana.8 Pienso que esa fuerza, hoy, consiste en detener el scroll. En mirar una imagen y dejar que duela. No para quedarnos en el dolor, sino para recuperar la capacidad de sentir. En un mundo que todo lo convierte en flujo, detenerse es un acto de resistencia. Pareciera que ahora la verdad no libera: interrumpe.

Mi universidad proclama en su lema: "La verdad nos hará libres". Pero ¿libres de qué?, ¿libres para qué? La verdad ya no libera: resiste. Resiste en los cuerpos que todavía sangran, en las manos que siguen buscando, en las conciencias que aún tiemblan. La libertad, si algo significa, consiste en volver a sentir lo insoportable, en recordar que la empatía no es un lujo emocional, sino la última forma de dignidad que nos queda.

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Collage en cartón. Imagen tomada de Pinterest

¿Será posible ver y sentir al mismo tiempo? ¿Podremos pronunciar la palabra genocidio sin que su peso se disuelva en el timeline? Quizá la verdad —si todavía existe— habite en ese instante fugaz en que el cuerpo tiembla antes de deslizar más, cuando la mirada se detiene y el silencio se instala entre dos imágenes. Ahí, por un segundo, el mundo recupera su gravedad. Y el dolor, finalmente, vuelve a doler.


1 Byung-Chul Han, Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia, Taurus, México, 2022, p. 42. [flecha]

2 Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, Herder, Barcelona, 2012. [flecha]

3 Michel Foucault, Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión, Siglo XXI, México, 1975; Foucault, Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber, Siglo XXI, México, 1976. [flecha]

4 Byung-Chul Han, Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, Herder, Barcelona, 2014. [flecha]

5 Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power, PublicAffairs, Nueva York, 2019, p. 8. [flecha]

6 Rita Segato, “Aportaciones del feminismo a los retos globales para la paz” [conferencia], Instituto Catalán Internacional para la Paz, Barcelona, 29 de mayo de 2024, https://youtu.be/pkqyz72reak?si=XGi4EZFiB_pE1GNI. [flecha]

7 Han, Psicopolítica. [flecha]

8 Rob Riemen, Nobleza de espíritu: Una idea olvidada, Taurus, México, 2008. [flecha]







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Foto: cortesía de la autora

Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana, ZOE MEJÍA FARFÁN (CDMX, 2003) forma parte de la red de becarios del programa Study of the U. S. Institutes, tras participar en el curso para Estudiantes Líderes en Compromiso Cívico y Democracia 2025. Es voluntaria en la organización internacional ATD Cuarto Mundo, donde acompaña proyectos comunitarios por la erradicación de la pobreza extrema. Tiene formación en mediación intercultural desde la construcción de paz por el Instituto Catalán Internacional para la Paz, en colaboración con Mujer Diáspora, y en género y feminismos por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se interesa en el diálogo entre política y sensibilidad; en la justicia, la igualdad y la necesidad de repensar la empatía como fuerza política frente a la violencia y la indiferencia, desde una mirada internacional comprometida con el servicio público y los derechos humanos.