El narcisismo de las masas en la era digital
Posverdad y posmentira en sentido ultramoral
CREACIÓN Y POSVERDAD
Por Félix Vergara   |    Octubre de 2025
Lo perturbador es asumir que la realidad se duplica en lo virtual a grados insospechados, donde la ficción es el arma más fértil precisamente porque siempre ha estado allí, inserta en lo real como el sistema nervioso de una criatura que respiraba de manera silenciosa y a la cual no habíamos conseguido dar forma.
La retórica del huerto: del zumo de las metáforas
a la jugosa otredad de lo virtual
En 1873, Nietzsche arrancó la redacción de un párrafo iluminador que derivó en el texto canónico Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, correspondiente al periodo de sus obras de juventud. Confrontando lógica e imaginación, se propuso desmontar la noción de verdad como concepto infalible mediante la retórica para demostrar que el lenguaje tiene un carácter esencialmente metafórico.
En el estudio que acompaña la edición de Tecnos,1 “La voluntad de ilusión en Nietzsche”, Hans Vaihinger cita un número profuso de obras que tratan el problema de la ficción. Tanto en las ciencias como en la vida práctica, continuamente se ha cedido a la tentación de construir nociones falsas o imaginarias, inventadas —y, en consecuencia, susceptibles de resultar erróneas—, con plena conciencia de su invención. El intelecto humano desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, dice Nietzsche. La escenificación para sí y para los otros agita el revoloteo incesante de la vanidad, y ejercer la razón exalta los antropomorfismos que el impulso a la verdad acredita mediante este intelecto, que deja de fingir cuando se somete a la vida en sociedad.
En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser ‘verdad’, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.2
Estos razonamientos conducen a plantear si el lenguaje es la expresión adecuada de todas las realidades cuando la presunción de una verdad absoluta acrecienta el delirio de grandeza y la causa se funda fuera de nosotros (lo que hoy nos convierte en tiranos de una moral hiperbolizada y ergonómica cuyo juicio es moldeable). El lenguaje es una convención y la verdad, aparte de su propiedad retórica, es “una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente”.3 Estas relaciones han derivado en un complejo en el que la insistencia moral de la corrección viste la retórica de un narcisismo masivo que manipula el comportamiento a través de las redes sociales.
En este sentido, la posverdad es otra invención conceptual de un intelecto humano que en las últimas décadas le rinde culto al paradigma. Hasta un personaje de la política mexicana como Ernesto Zedillo presume de una cabal y célebre creación: la globalifobia, en boga incluso con la new economy que implican las redes sociales y el trabajo cognitivo virtual, aunque esta economía haya evolucionado y, con ella, los medios de información, sujetos a una masificación cuyas perspectivas se abrieron desafiando los cercos que ya los antiguos griegos delimitaban entre la mera opinión y la verdad fundada en sistemas.
Sin embargo, el término posverdad —que los legisladores lingüísticos de Oxford precisaron en 2016 siguiendo la ocurrencia de un dramaturgo y periodista que con seguridad nunca se propuso revolucionar el lenguaje—, concebido para definir una estrategia retórica de desinformación o distorsión de los hechos a partir de los bulos que genera la información en la red, se autolimita al quedar sujeto a estos parámetros. Por el novísimo concepto de posverdad deberíamos entender otros usos, prácticas y posicionamientos no con el fin de acreditarlo o restarle validez, ni exclusivamente para ampliar las tesis de Nietzsche respecto al potencial metafórico del lenguaje y sus alcances, sino para poner de relieve que la propia noción es consecuencia de la apertura informativa del espectro virtual.
En 2003, el teórico y activista italiano Franco Berardi, pasmado como sus contemporáneos ante la creciente apertura informativa de internet y sus implicaciones económicas, proponía otro término menos exitoso para las fuerzas intelectuales que se incorporaban al trabajo virtual: el cognitariado. Más estimulante es su figura de animación para describir al nuevo aparato. Dicha entidad estaría regida por un sistema nervioso digital como centro de un nuevo campo disciplinario, cuyo proceso de producción adquiere una dimensión biológica y una patología difusa que multiplica el síndrome del pánico en los trastornos de atención,4 para hacerse eco de las tesis del capitalismo y su esquizofrenia, planteadas por Deleuze y Guattari.
La manipulación del comportamiento nos conduce al moderno patíbulo de los retos en las plataformas públicas, o al juego de la inmortalidad que influencers y coaches blasonan como cosmética vital de la máscara, cuyo carisma en virtud de la falsificación, la ficción y la invención de códigos se somete a un fugaz desvase de otra creación sublime: la realidad. La muerte tiene el sabor efímero de un vértigo seductor pese a la voluntad; no mata en cuanto esta misma idea de inmortalidad que genera su otro virtual nos cura del peligro de morir. En las nupcias impostergables de Eros y Tánatos nos sentimos intocables frente a la muerte violenta, impactante y escandalosa de los otros (a quienes sólo podemos compadecer, admirar o intentar superar, pero nunca borrar de esa otra dimensión): se han perpetuado en carne de presidio del espectáculo que a todas horas puede presenciarse, siempre que se esté conectado.
Esta entidad —como propone el filósofo francés Clément Rosset en sus tesis sobre la realidad y su doble—, sin importar ni el contenido ni la forma nos mostrará “dos acontecimientos, testigos de dos realidades concurrentes de las que a una no adviene volverse ‘real’ más que en tanto que caza a la otra, la ‘desvía’ de su curso y le hace así fallar su propio advenimiento”.5 Este efecto que Rosset denomina la invisibilidad de lo real vale para analizar esa “mente global” (Kevin Kelly dixit) del espectro virtual, que parece actuar como los impredecibles dioses griegos cuando intervienen en las guerras humanas, y desvía y distorsiona el curso de la verdad para plantear su otro posible: un hecho potenciado de manera infalible por la hipérbole.
El huerto de la retórica: ultramoral, narcisismo
de masas y devenir virtual
La posición de Nietzsche respecto a que todo es una ficción puede resultar no sólo totalitaria, sino desoladora. Si todo es un conjunto de metáforas y antropomorfismos en acción, ¿debemos darle rienda suelta al relativismo conceptual en activo? ¿O, por el contrario, censurarlo conforme a cercos que nuestra época ya no tolera bajo ninguna circunstancia? En un momento histórico en el que no sólo el lenguaje se vuelve incluyente, sino que sus efectos se cuentan entre los progresos materiales de una sociedad autocrítica, la apertura de las redes ha generado, y estimulado, una participación masiva e ilimitada; la idea de un público al margen se ha modificado, y ser un espectador pasivo es cuestión de gustos, aunque esto dista bastante del espectador emancipado que soñó alguna vez Jacques Rancière.
Para resolver este dilema, Nietzsche habla de ficciones reguladoras: “Por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme”. En otras palabras, la mentira es, igual que su contraparte, otro ladrillo en el edificio de conceptos que la razón apila para valorar la insalvable diferencia entre los actos racionales de la verdad y aquellos que pertenecen a las intuiciones o impresiones repentinas de quien, por tanto, se rinde ante la ilusión de la mentira. Sin embargo, estos términos morales brindan la pauta para moldear el concepto según ciertos intereses. La imagen que el filósofo emplea y que usaremos como símil para el tratamiento y desplazamiento de la posverdad en las redes sociales es el dado.
Primero compara el concepto en general con esta figura. Como ésta, el concepto tiene un aspecto definido y cuenta con más de una careta. Además, tiene que ser versátil. No obstante, el concepto no es más que el residuo de una metáfora: “Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina ‘verdad’ al uso de cada dado según su designación”.6 Esto es absolutamente válido para los aspectos generales de la vida social, aunque para los aspectos particulares de las sociedades virtuales adquiere una fisonomía proclive a la histeria y el narcisismo masivo, ese otro contingente espectral al que siempre podremos acusar, pero del que nunca podremos desprendernos.
Pongamos en este plano (la designación de la verdad de acuerdo con su uso) los eventos distorsionados en una noticia proliferante y rotativa, o el protagonismo que es nirvana de toda clase de figura pública que las redes sociales construyen y potencian en virtud de la misma sofisticación semántica: si todo es relativo y también la verdad se inscribe en ese rubro, entonces la mentira ya no es un estorbo para frenar el impulso que el principio del placer, en términos freudianos, mantiene como restricción frente al principio de realidad que ahora —y esa es la paradoja que nos enamora— creemos manipular a nuestro antojo.
Para Nietzsche, el uso del dado no alude al fenómeno entendido como suma de percepciones, sino como la fuerza mediadora entre objeto y sujeto, que facilitará la acción de poetizar e inventar. Esta conducta estética, como la define de manera provisoria, implica otra paradoja: en el terreno evanescente de la virtualidad, competencia y competición parecen manejarse con dos propósitos centrales: uno motivado por la manipulación de la realidad y el otro por la trascendencia o inmortalidad. La conducta estética de Nietzsche se adapta así a la invisibilidad de lo real en Rosset cuando éste reconoce que el fantasma de la duplicación, del doble, “no es una invisibilidad accidental debida a la intervención ocasional de una duplicación imaginaria”,7 sino que es constitutiva de lo real. Lo perturbador es asumir que la realidad se duplica en lo virtual a grados insospechados, donde la ficción es el arma más fértil precisamente porque siempre ha estado allí, inserta en lo real como el sistema nervioso de una criatura que respiraba de manera silenciosa y a la cual no habíamos conseguido dar forma.
Visto así, el ejercicio ultrapasteurizado de las morales parlantes de la red no sólo corresponde a los usuarios (un Leviatán que nos congrega), sino a los críticos de la posverdad limitada al fenómeno informativo. Ejemplo parcial es el número especial de la revista Uno. La era de la posverdad. Realidad vs. percepción, publicado en 2017 por Llorente y Cuenca, consultoría de gestión de la reputación, la comunicación y los asuntos públicos en España, Portugal y América Latina. El carácter monotemático anuncia una oposición insoslayable: la realidad corresponde a la veracidad de los hechos ante una audiencia, mientras la percepción, a ese escabroso pantano donde se hunden sentimientos y emociones.
No obstante, una legislación como el fact checking ante la ola irracional de las fake news no será suficiente para cercar a esa criatura cuya evolución resulta incomprensible si se adoptan posturas conservadoras que califican de manera totalitaria la verdad para enfrentarla con la posverdad: “La verdad es o no es. No existe la media verdad, ni tampoco la verdad subjetiva. Hablar de ‘mi verdad’ es un atentado a la razón”.8 O bien cuando se declara abiertamente una batalla desesperada para conjurar al enemigo invisible de la distorsión: “Esta guerra se libra en sus espacios. Hay que atacar a la mentira allí dónde se produce [sic].”9
Carolina Pina es más incisiva respecto al aparato jurídico de la información. En derecho no caben ni la posverdad ni los hechos alternativos; así, el dilema moral de las fake news sólo alcanza dicho ámbito si provoca un conflicto de derechos. En su opinión, proteger la libertad de expresión e información ya cuenta con mecanismos legítimos, y regular las redes sociales sólo causaría más incertidumbre. Aunque tampoco se trata de exaltar intenciones propagandísticas, fomentar la difamación o mantener indiferencia ante la cosmética e inmortalidad como nociones implícitas de esta corriente narcisista que ocupa la palestra del estrellato. Este devaneo nos devuelve a la teoría de Nietzsche, cuando, al referirse a la percepción, apunta: “Si cada uno de nosotros tuviese una percepción social diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas”.10 ¿Y no es esta la oferta que nos garantiza la duplicación de la realidad?
A manera de conclusión: acaso nuestra época, como en el concepto deleuziano del devenir, se desplaza en pos de un devenir virtual en el que nuestro afán de duplicación altera las conciencias conservadoras y revolucionarias. En esta cosmética de la máscara, la proyección de nuestra otredad dentro de la otredad mayor de la realidad que supone lo virtual abarca todos los rubros. La identidad se metamorfosea en virtud de la hipérbole, modificando nuestros conceptos de cultura: quien no produce una ficción viral no sobrevive a esta potencialidad del yo, rendido a los fastos de la fantasía, que le facilita una reconstrucción en la que el deseo sigue manteniendo su imperio.
La conducta estética que propone Nietzsche explota con un hedonismo a cuestas, cuyo placer depende por completo de la representación visual. Así, la colisión con la idea de inmortalidad equivale al choque con el principio de realidad, y el instinto de muerte mantiene un componente erótico que sublima las capacidades físicas de quienes superan el desafío, pues perder es sumarse a las víctimas del patíbulo moderno, que no llegan a chivo expiatorio porque no hemos conseguido hacer del absurdo un rito de purificación.
¿Estamos en el umbral de esa epifanía o simplemente la invisibilidad de lo real encarna el rostro de un progreso en avanzada cuya nueva moral hace del juicio emotivo su estatuto? La comunicación de esa criatura titubeante y la celeridad de su crecimiento conducen a buscar más de una perspectiva para una histeria que normaliza la violencia y un narcisismo masivo que legitima la represión. Tal vez lo perturbador sea aceptar que este nuevo aparato excluye la autocrítica, pues ¿qué vanidad se resiste al chiqueo? Si hasta la causa y el efecto son una ficción, dice Nietzsche, ¿por qué nos sorprende que esa criatura egocéntrica, que guarda cierta gracia al desdoblar su realidad, haya entendido que la condición del juego es, precisamente, que no haya causa para ningún efecto y todo esté al descubierto?
1 Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Tecnos, Barcelona, 1996. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
2 Ibidem, p. 20. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
3 Ibidem, p. 25. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
4 Franco Berardi, La fábrica de la felicidad, Traficante de Sueños, Madrid, 2003, pp. 18-20. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
5 Clement Rosset, El objeto singular, Sexto Piso, México, 2007, p. 15. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
6 Ibidem, p. 27. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
7 Ibidem, p. 19. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
8 Ibidem, p. 49. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
9 Ibidem, p. 35. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
10 Ibidem, p. 31. ![[flecha]](../_IMGS/_PNG/arrow_up.png)
•
![[felix_8_autor]](../_IMGS/_JPG/felix_8_autor.jpg)
El narrador y poeta FÉLIX VERGARA (Cuernavaca, 1977) es licenciado en Letras Hispánicas y maestro en Producción Editorial por la UAEM, así como maestro en Filosofía por la UNAM. Ha publicado los volúmenes de cuento El reino de un día, Carne para los leones y Tristes tópicos, además de los poemarios A orillas del Leteo están bebiendo el agua… y Simulacro de ciegos. Perteneció a la Asociación Mexicana de Retórica y al seminario de investigación Figuras del Discurso de la UAEM, donde ha sido docente de literatura y de talleres de retórica. Actualmente colabora con La Casona Spencer en la edición de los diarios del pintor inglés John Spencer. Es investigador independiente y sus temas giran en torno al uso de la retórica como metodología de investigación. FB: Félix Salahuddin