De la política a la literatura: un salto no tan cuántico
CREACIÓN Y POSVERDAD
Encuentro con Vanessa Romero   |    Octubre de 2025
El algoritmo nos conoce a la perfección en términos de información y en términos literarios; no tenemos posibilidad alguna de sorpresa, de acceder a nada nuevo, ni de pensar distinto, así que, para acercarnos un poco más a lo que podría ser la verdad objetiva, sería importante alejarnos de lo inmediato, y eso te lo da el libro.
Me encontré con la abogada y analista política Vanessa Romero en el Café Dondé para hablar de libros y posverdad. Tenía un interés particular en su punto de vista porque ella es una figura muy vinculada con estos dos temas: una voz fresca, de convicciones firmes y gran capacidad de análisis del escenario político nacional. Llegó acompañada de Tiro al Blanco, su perro, y habló con gran entusiasmo de cómo pasó de trabajar frente a las cámaras y los micrófonos a abrir una librería, la Sándor Márai, en el corazón de la ciudad. Frente a un panorama poco alentador, donde los dispositivos electrónicos y las inteligencias artificiales han capturado la atención de la gente —en particular de los más jóvenes—, Vanessa nos da su punto de vista respecto de la literatura como un antídoto contra la posverdad.
¿El libro sigue siendo un objeto vigente?, ¿qué peso tiene en la defensa de la verdad?
Yo creo que el libro es un acto revolucionario, sobre todo en estos tiempos de dinamismo digital. El contenido digital puede hacer daño en dos sentidos: primero, la captación inmediata de información afecta directamente la memoria, ya estamos conscientes de ello en términos científicos y médicos; segundo, la información que obtenemos a partir de las pantallas suele ser coyuntural y, en el ejercicio de intentar entender un poco mejor la realidad, de acercarnos un poco más a lo que podría ser la verdad objetiva, creo importante alejarnos de lo inmediato. Eso te lo da el libro. Te permite —y hablo también de las bibliotecas y las librerías— la posibilidad de una revolución en cuanto a la libertad. El algoritmo, en términos de información y en términos literarios, nos conoce a la perfección. No tenemos posibilidad alguna de sorpresa, de acceder a nada nuevo, ni de pensar distinto. Aquí en la librería tenemos un club de lectura y yo no recuerdo —en años— haber aprendido tanto. Hace algunas semanas, leímos Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, y es un perfecto ejemplo, porque este autor está muy estigmatizado por su visión de derecha, por su traición a la izquierda; pero quedé deslumbrada con su libro y me dije: “¿Quién es este tipo? Vayamos un poco más allá de su pensamiento y sus opiniones políticas”. Se me rompió el estigma y eso no habría pasado en colectivo, sólo con un libro en frente. El libro no sólo es un objeto vigente, sino además es un salvavidas ante la vorágine informativa, francamente desastrosa, que creo que estamos viviendo. Con la buena literatura, bien podemos hacer un antídoto contra la posverdad, porque nos permite discernir mejor, sentir mejor, conectarnos mejor en un sentido colectivo. La literatura es una herramienta valiosísima, sobre todo si uno aprende a encontrar el pasado en el presente. Creo que hemos dejado de leer literatura del nivel de Conversación en La Catedral, porque leer es difícil. Leer obras importantes es difícil. Se requiere de meses para una buena lectura, para apreciar la calidad narrativa, para entender qué quiso decir el autor en términos políticos, sociales. Ahí reivindico aún más el valor de la literatura, en una sociedad en la que el pensamiento crítico está tan demeritado.
Nos preguntábamos cómo inició el plan de la librería Sándor Márai, así que le pedimos a Vanessa que nos hablara de sus motivaciones personales para embarcarse en ese proyecto.
Yo no soy una lectora de toda la vida, soy una lectora más bien tardía. Los conversos somos los peores, ¿no?, porque luego empecé a devorar las joyas literarias que encontraba, por un montón de razones. La literatura llegó a mí en un momento muy complicado en mi vida —el confinamiento por covid—, y fue mi salvavidas. Además, fue el motor de dos cosas: una, el pensamiento crítico; y dos, emociones que nunca había experimentado en mi vida. La literatura es conexión humana y para mí fue la llave no sólo de un mundo maravilloso, sino de mi matrimonio. Conocí a mi esposo en un club de lectura durante la pandemia. Él no vivía en México, sino en Oxford. Nos invitaron a un club de lectura virtual. Esos clubes eran tremendamente populares en pandemia, porque no teníamos mucho que hacer y así podíamos hablar con otras personas, aunque fuera por medio de una camarita. Yo vi a mi esposo por primera vez en una cámara, en un club de lectura; imagínate eso. Leíamos mucho y, de pronto, nos dimos cuenta él y yo de que leíamos un poquito más de la media, así que empezamos a intercambiar libros para leer a distancia, y ahí nos enamoramos. No hay consecuencia más linda, más romántica, más evidente. Primero abrimos una editorial, que se llama igual que mi perro, la editorial Tiro al Blanco, porque Carlos [el periodista e investigador Carlos A. Pérez Ricart] y yo nos enamoramos leyendo libros sobre apaches. Nos enamoramos de la cultura apache. En ese momento, Valeria Luiselli y Álvaro Enrigue estaban casados aún; Valeria Luiselli escribe Lost Children Archive y Álvaro Enrigue escribe el mejor libro sobre apaches que yo haya leído, Ahora me rindo y eso es todo, del apache Jerónimo; de ahí el nombre de la editorial, y este año esperamos sacar nuestro primer libro en Tiro al Blanco. Después, cuando nos mudamos por acá —hace cuatro años—, el local [que hoy alberga la librería Sándor Márai] estaba ocupado por una señora que vendía artesanías carísimas que nunca nadie compró y se tuvo que ir. Así que dijimos: “Ah, nos encantaría abrir una librería”. Entonces conocimos —bendita providencia— a Javier Corral [senador de la República], quien tiene su librería en la ciudad de Chihuahua: hicimos un clic inmediato, así que le propusimos abrir una librería en Ciudad de México. Nos pusimos manos a la obra y abrimos el 24 de octubre del año pasado. Nos ha ido fantástico. No sabía que implicara tanto trabajo, es una cosa extenuante, pero apasionante.
¿Y una librería es rentable?, le preguntamos con la duda de mucha gente que sueña con tener una.
Digamos que no le metemos ya dinero, pero no le sacamos un peso; paga su renta, eso sí. Aunque, la verdad, se disfruta muchísimo. Las virtudes que tiene son incuantificables. Puedes conocer al autor del libro que te encantó. Es un privilegio inconmensurable, pero reconozco que es un privilegio de quienes tenemos otro trabajo y, además, podemos dedicarle tiempo a esto, a una librería. El club de lectura es con Adán Serret, un crítico literario fantástico. Lo mejor que tiene la librería es su gente: Santiago, nuestro librero; Adán Serret, nuestro crítico literario; y la comunidad lectora. Con ellos hemos leído, por ejemplo, Rayuela, Los detectives salvajes, todo Rulfo, y próximamente a Mircea Cărtărescu, Bioy Casares y Borges. Se ha creado una comunidad lectora que, si te lo cuento, no me lo crees. Es una comunidad preciosa. También tenemos un club para niños que nos ha costado un poco de trabajo: hay días que vienen 15 niños, hay días que viene uno, pero me rehúso a dejarlo.
Sobre su quehacer como librera y promotora de la lectura, quisimos saber si lo consideraba una especie de premio personal alterno a su profesión.
Digamos que es complementario. Yo soy abogada, soy analista política, y estas son profesiones muy demandantes en términos de tiempo, pero creo que todo lo que hoy hago está relacionado con las letras, con el pensamiento crítico. Entonces, yo sí veo la librería como un proyecto transversal permanente. No es un hobby. Esto es fundacional para mí.
Vanessa Romero habló también de los medios de comunicación hegemónicos y su responsabilidad en la distorsión de la realidad política de nuestro país; de la honestidad intelectual como una cualidad indispensable para lograr una información de calidad aceptable para las audiencias:
Seguimos viviendo en un mundo lleno de verdades a medias, en donde, además, la tecnología está hecha a nuestra medida precisamente con el fin de replicar la cámara de eco. El gran reto es asumir que no existe tal cosa como la verdad —la verdad está repartida, fragmentada—; es fomentar ejercicios periodísticos rigurosos, protección de las audiencias. Creo que la ley de telecomunicación y televisión aprobada tiene buenos lineamientos en el sentido de garantizar a la gente información de calidad, que sepa a quién está leyendo. Por eso es tan importante que los medios públicos de comunicación sean responsables, que den cabida a todas las voces.
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Entrevista realizada por Claudia Sánchez Rod.
Abogada, analista política y periodista, VANESSA ROMERO ROCHA es egresada de la Escuela Libre de Derecho y tiene dos maestrías en derecho, una de ellas por la University College London (Reino Unido). Su experiencia profesional se centra en temas de cultura de paz, inclusión, género, derechos de la niñez y protocolos facultativos. Es columnista y colaboradora en medios de comunicación nacionales e internacionales como El País, Aristegui Noticias, Reforma y Es la hora de opinar. Ha sido reconocida como abogada destacada por Chambers and Partners Latin America, tras desempeñarse como integrante del Grupo de Dirección del Comité Women’s Interest Network (WIN), Section of International Law (2015-2016).
IG: @vanessaromerorocha
X: @vannessarr