Portada del texto 'La verdad en los nuevos tiempos góticos' por Sasi Alejandre
Las Parcas, Francisco de Goya y Lucientes, de la serie Pinturas de la Quinta del Sordo (Pinturas Negras), Planta alta, ca. 1820-1823, óleo sobre yeso trasladado a lienzo. Imagen: Museo Nacional del Prado
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La verdad en los nuevos tiempos góticos

CREACIÓN Y POSVERDAD

Por Sasi Alejandre   |    Octubre de 2025


Los monstruosos habitantes de cualquier época en la que duerma la razón serían los mismos engendros salidos de ese basurero de la historia que no sólo no ha terminado, sino que retoma su reinado, más absoluto que nunca.


Solemos añorar tiempos “más sencillos” debido a la arcaica contraposición entre los “hechos” y el pensamiento mágico. El sueño de la razón no podía producir más que monstruos, o algo así decía Goya. El Renacimiento inauguró la era de la razón, de la verdad absoluta, que salvara al mal llamado mundo occidental del medievalismo de las brujas, las sirenas malvadas en ultramar y el mismísimo diablo acechando a la voluntad divina. Pero, bien adentrados en este nuevo mundo donde Dios ha muerto porque lo hemos asesinado a sangre fría, ¿verdaderamente… reina la verdad?

Se dice que la historia la escriben los vencedores, pero lo mismo se podría decir, quizás, sobre el presente y el futuro. Si el ayer, cuando sólo podían leer y escribir los grandes oligarcas, los curas y los reyes, dejaba la batuta de la interpretación y promulgación de “la verdad” a unos pocos, entonces se podría haber pensado que la política de masificar el alfabetismo hasta altos índices, forzando la transición del consumo y la participación en la difusión de la información —de una actividad elitista y excluyente hacia una cualidad fundamental de la ciudadanía moderna—, permitiría que el relatar la historia, el presente y el futuro se tornara en un ejercicio más certero, de carácter popular y, por tanto, más cercano a la cruda experiencia de la gente. Sin embargo, ocurre algo distinto.

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“La fantasía abandonada por la razón produce monstruos imposibles; unida a ella, en cambio, es la madre de las artes y fuente de sus maravillas.” El sueño de la razón produce monstruos, Francisco de Goya y Lucientes, grabado 43 de la serie de 80 estampas Los Caprichos, 1797-1799, aguafuerte, aguatinta bruñida y punta seca. Imagen: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

El orden mundial actual, digno de la era de la inmediatez, sufre de mutaciones ya no constantes, sino desenfrenadas. El mero concepto de verdad padece tantas mutaciones por segundo que, como el barco del que hablaba Heráclito, llega a toda velocidad, y con todas sus partes originales sustituidas por otras, al punto de no ser el mismo barco, sino uno completamente nuevo o, quizás, convertido en un objeto que ya ni siquiera podría llamarse barco en absoluto: la paradoja de Teseo. Ya no hablamos, por tanto, de “verdad” y “mentira” como los grandes ejes a disputar, sino de la noción misma de verdad puesta en jaque, al grado de anular su vigencia o, incluso, su existencia.

El politólogo Francis Fukuyama —menos vigente que nunca— alegaba que, tras la caída de la Unión Soviética, emergería una etapa de culminación de la historia, y ya desde entonces el filósofo Jean Baudrillard respondió diciendo que ese fin de la historia no era apoteósico, sino que correspondía a un final como basurero. Pero diríamos que esos monstruos de los que hablaba Goya —como los habitantes de cualquier época en la que duerma la razón— serían los mismos engendros salidos de ese basurero que es la historia, que no sólo no ha terminado sino que retoma su reinado, más absoluto que nunca. Quizás podríamos interpretar, como metáfora, que el propio Goya se haya quedado lenta y literalmente ciego. Un sueño impuesto que hoy podríamos aplicar al letargo de esta nueva era ante la razón, que, parafraseando a Goya, ha producido o, más bien, resucitado a los monstruos de antaño.

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Al igual que las brujas siguen activas cuando empieza a clarear el día, los antiguos elementos oscurantistas siguen en el poder, aunque los nuevos ya estén en movimiento, comenta la hispanista Edith Helman sobre esta obra de Goya, a la que atribuye una velada alusión a la realidad política y social de la época. ¡Y aun no se van!, Francisco de Goya y Lucientes, grabado 59 de la serie de 80 estampas Los Caprichos, 1797-1799, aguafuerte, aguatinta bruñida y buril. Imagen: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

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“No se ven en el mundo más que monstruosidades”: fieras, ladrones; fanáticos, salvajes. “Tales son los Reyes y Principales magistrados de los pueblos; y con todo esto los llaman de lejos; les aclaman y les confían el gobierno”, anota la Biblioteca Nacional de España acerca de esta obra: despotismo, abuso de poder, fomento de la ignorancia e incapacidad de la gente para liberarse del yugo. ¡Miren qué graves!, Francisco de Goya y Lucientes, grabado 63 de la serie de 80 estampas Los Caprichos, 1797-1799, aguafuerte, aguatinta y punta seca. Imagen: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Monstruos revividos, como puede ser el propio fascismo, el apartheid, el reinado bélico y los genocidios, fenómenos que acecharon y marcaron los últimos siglos, que hoy están en su nueva fase y cuya sola “realidad” se pone en duda. Aunque, si bien regresan, estos fenómenos habitan en una era con reglas y particularidades distintas. Si el Holocausto nazi es el único genocidio comparable al del pueblo palestino, hay sólo una diferencia fundamental entre ambos: el Holocausto del Tercer Reich contra judíos, homosexuales, comunistas y otros “desviados” era, en su momento, no más que un secreto a voces, conocido por las víctimas, los perpetradores directos y el gobierno nazi. Nos encontramos con que, incluso, ese ejército rojo liberando Auschwitz narraba haber entrado en estado de shock al ver de primera mano las atrocidades cometidas en ese Holocausto. Por el contrario, el genocidio del pueblo palestino no sólo está siendo narrado, sino transmitido en tiempo real por las víctimas y perpetradores para ojos del mundo entero: gobiernos, civiles, individuos y colectivos a lo largo y ancho del globo terráqueo. Sin embargo, mientras el genocidio palestino es el más televisado hasta la fecha, también es el más negado. Tal negación no es, entonces, un fenómeno derivado de la falta de pruebas, de visibilidad o poca exposición, sino de lo extremo opuesto: un exceso de “pruebas”, aunque contradictorias, y una visibilidad y exposición desenfrenada, y, quizás precisamente por eso, asumidas como parte de la cotidianidad, lo cual elimina el factor sorpresa.

El mundo no arde porque, en esta era, una mayor exposición sólo significa mayor negación.

Si nos remontamos, por ejemplo, a la irrupción de WikiLeaks como un hito de la democratización de la verdad y de la denuncia de los crímenes de guerra que solían mantenerse en secreto, tuvo que haber sido un parteaguas para el orden mundial y, sin embargo, ¿lo fue? Hasta ese momento se pensó que el mundo no ardía porque los pueblos no teníamos pruebas latentes de los crímenes de guerra cometidos por nuestros gobiernos y élites. Pero WikiLeaks llegó a sacudir esa concepción de base con la publicación del video “Asesinato colateral”. Ahí se mostraba un ataque aéreo del ejército estadounidense sobre Bagdad, en 2007, en plena invasión a Irak. Se veía y escuchaba con claridad a los soldados norteamericanos abriendo fuego contra civiles iraquíes, en ofensivas narradas como tales por los propios asaltantes. Desde entonces, los crímenes de guerra son públicos, con redes sociales que permiten, cada vez más, a las víctimas y perpetradores publicar lo que sufren o lo que ejecutan, tal como sucede con el pueblo palestino y el ejército genocida de Israel. El mundo no arde porque, en esta era, una mayor exposición sólo significa mayor negación. Hoy, la discusión sobre el genocidio contra el pueblo palestino no es acerca de si éste es justificable, comprensible, aceptable o inaceptable, sino, fundamentalmente, acerca de si es real o no.

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Esta pieza refiere el apego a los privilegios mediante la exhibición [en el pecho] de los títulos de superioridad, así como la desidia y la ignorancia que alimenta groseramente a los necios y tiene su entendimiento cerrado a candado. Los Chinchillas, Francisco de Goya y Lucientes, grabado 50 de la serie de 80 estampas Los Caprichos, 1797-1799, aguafuerte, aguatinta bruñida y buril. Imagen: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

A todo esto se le llama posverdad, como un fenómeno propio de la Edad Contemporánea. Pero, ¿en realidad es un fenómeno nuevo? Barajando diferentes definiciones, este término se refiere, por un lado, al reinado de la omisión deliberada de la verdad, pero, por otro, también a la oscuridad absoluta sobre qué es la verdad o, peor aún, si ésta siquiera existe hoy en día. En la actualidad se exacerban estas tendencias por la condición de nuestro presente como interregno de un viejo mundo que se aferra a la vida y un nuevo mundo que se resiste a nacer, como dijera Antonio Gramsci.

Si el medievo de la cacería de brujas, las maldiciones diabólicas y los castigos de Dios fue el interregno de esa etapa gótica y el llamado Renacimiento, al igual que el fin de la historia fue el interregno de la Guerra Fría entre capitalismo y comunismo como órdenes mundiales contrapuestos, hoy deberíamos ver la época en la que vivimos como un nuevo interregno de la tercera vía —que surgió como ganadora de la Guerra Fría y fue ungida como orden mundial— hacia el orden, aún desconocido, que viene a pasos agigantados como contraparte.

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Un sátiro sentado en el globo terráqueo eleva por los aires a un personaje vestido de militar, con una espada al cinto y de cuya cabeza sale humo; de sus manos brotan rayos de fuego, que arroja sobre los rivales alrededor, quienes caen al vacío: son aquellos que una vez fueron exaltados y ahora son derrocados por el nuevo personaje en alza. Subir y bajar, Francisco de Goya y Lucientes, grabado 50 de la serie de 80 estampas Los Caprichos, 1797-1799, aguafuerte, aguatinta bruñida y buril. Imagen: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

La lectura de la posverdad como un signo de decadencia del mundo contemporáneo es acertada. Sin embargo, no hablamos de una muerte definitiva de nuestro mundo para un descanso infinito, sino de la muerte necesaria para el renacimiento en ciernes de uno nuevo. De modo que la pregunta no sería si se construirá o no, sino quién y qué será ungido esta vez. Mientras que los monstruos de siempre recobran fuerzas para su combate cíclico por las nuevas eras, no se vislumbra una alternativa clara de lo que será el orden disputante. Por ahora, como en cada interregno, la verdad está en el centro de esa pugna, en el horizonte, como el premio a ganar por la fuerza que salga victoriosa de la contienda. La cuestión es si seremos capaces de generar una alternativa al viejo orden que exige su reiterada coronación y, sólo entonces, volver a esbozar la verdad como parte del imaginario colectivo. Hoy, como en los tiempos góticos, esa es la disputa.







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Foto: cortesía de la autora

La periodista mexicana SASI ALEJANDRE escribe artículos de fondo para el diario Naiz, del País Vasco, y ejerce de analista política en medios públicos en México y Venezuela.