Portada del texto 'Oigan, ¿y el placer de la lectura por placer?' por Claudia Sánchez Rod
Hurra por el ding-dong, Paula Rego, 1960, óleo sobre papel.
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Oigan, ¿y el placer de la lectura por placer?

¿Ya fue?

CREACIÓN Y POSVERDAD

Por Claudia Sánchez Rod   |    Octubre de 2025


La literatura existe porque el mundo no basta.
Fernando Pessoa

La empatía es un complemento indispensable del pensamiento crítico, porque una mirada crítica sin sensibilidad puede caer con facilidad en la indiferencia, mientras que la empatía sin análisis puede llevarnos a juicios superfluos. Leer implica ambas ventajas y te pone a salvo de ser un consumidor pasivo.


Un mundo sin Netflix ni redes sociales fue posible alguna vez —aunque haya quien no lo crea—, y al parecer tuvo emociones igual de intensas que las experimentadas en la actualidad. Pensemos por un momento en la novela por entregas, un fenómeno archipopular en el siglo XIX, que hizo que la clase trabajadora —que antes no tenía acceso a la literatura— discutiera en sus ratos de ocio los pormenores del último capítulo de Oliver Twist, Los miserables, Los tres mosqueteros o El periquillo sarniento. Algo relativamente comparable a un grupo godín hablando de Breaking Bad, Black Mirror, The Last Of Us o Narcos, camino del Starbucks para comprar su capuchino venti de la quincena. Todo bien con ello, cada época tiene un espíritu propio.

El clima intelectual y cultural que nos ha tocado vivir es el que es y punto; eso no nos quita, sin embargo, el derecho al disenso o a la incomodidad. Y lo traigo a colación porque recién leí un artículo publicado por la revista iScience sobre el declive de la lectura por placer y el uso del tiempo de la gente en Estados Unidos,1 y me pareció digno de atención puesto que expone los resultados de un estudio realizado a lo largo de 20 años que refiere un marcado descenso en la proporción de individuos que leen por gusto de forma cotidiana en ese país, con disminuciones sostenidas de 3 % anual, del 2003 al 2023, según una nutrida muestra representativa a nivel nacional. El estudio define lectura por placer como “lectura de ocio que comprende cualquier tipo de lectura realizada para el disfrute o con fines distintos del trabajo o la escuela”, lo que incluye la lectura de ficción, desde luego. En México no estamos mejor, ni de lejos: el INEGI, en el Módulo sobre Lectura (Molec)2 de 2024, arrojó resultados similares. Para sorpresa de nadie, tenemos entonces que la lectura de ficción (novela, cuento) está perdiendo la batalla frente a la inagotable oferta de contenidos del streaming, cuyo blanco ideal es el consumidor pasivo, que no requiere de más destreza que la velocidad en el scroll y en el zapping.

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Pintura del natural, Paula Rego, 1954, óleo sobre tela.

Pero, ¿qué perdemos si perdemos el hábito de leer por placer? La respuesta casi es innecesaria de tan obvia: imaginación, razonamiento lógico, inteligencia emocional, vocabulario y un largo etcétera; permítanme, sin embargo, colocar el pensamiento crítico en el foco de esta posible bancarrota, por todo lo que significa en plena era de la posverdad y porque, quizá, no teníamos presupuestada esta involución: ¿hay algo más en las antípodas del pensamiento crítico que un consumidor pasivo?

La lectura de literatura de ficción nos posibilita la inmersión en una experiencia humana más universal y menos individual.

Si bien definiciones de pensamiento crítico hay muchas, por ahora nos conformaremos con la más sencilla para mayor practicidad: es la capacidad de analizar, cuestionar y evaluar la información o las ideas antes de darlas como verdaderas. Implica ir más allá de lo aparente, identificar supuestos, detectar falacias y fundamentar juicios con argumentos sólidos. En un contexto desbordado de datos y opiniones, pensar críticamente deviene una herramienta imprescindible para distinguir entre lo cierto y lo falso, lo informativo y lo propagandístico, por ejemplo.

El pensamiento crítico no se da por generación espontánea, se adquiere mediante la práctica continua de la reflexión, el diálogo y el contraste de ideas. La educación formal tiene un papel decisivo, pero además están la curiosidad personal y la apertura a distintas perspectivas. En este proceso, la lectura ocupa un lugar fundamental, dado que expone a las y los lectores a múltiples voces, contextos y visiones del mundo. Leer con atención y profundidad fomenta la capacidad de cuestionar y hacer conexiones a partir de nuestros conocimientos previos, fortaleciendo así el juicio crítico.

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Baño turco, Paula Rego, 1960, óleo y collage sobre tela.

En cuanto a la función social, el pensamiento crítico promueve una ciudadanía más informada, capaz de participar activamente en la vida pública y de resistir la manipulación de discursos mediáticos, políticos, religiosos o comerciales. Mientras más profundo sea el pensamiento crítico en una sociedad, mayores serán sus posibilidades de democracia, justicia y resistencia frente a la desinformación (¿les suena?).

Son muchas las virtudes emanadas del pensamiento crítico, pero hay una en particular que en estos tiempos me parece urgente y harto necesaria: la empatía. Esta capacidad es natural en el ser humano, sin embargo, hay que educarse en ella y fortalecerla mediante distintos ejercicios y prácticas como el diálogo, la escucha activa, el contacto con la diversidad y, sobre todo, la lectura de literatura, en particular, la de ficción, por ser el medio más directo a la mente y el corazón de los otros.

Dice el escritor Alberto Manguel:

La literatura no parece tener una obvia utilidad, pero la ciencia ha demostrado que la tiene. Leer literatura, una actividad que muchos consideran ociosa o inútil, posee un valor social invaluable: nos hace más empáticos, más dispuestos a escuchar y entender a los otros. Las ficciones nos enseñan a nombrar nuestras angustias y también cómo enfrentar y compartir nuestros problemas cotidianos.3

La empatía es un complemento indispensable del pensamiento crítico, porque una mirada crítica sin sensibilidad puede caer con facilidad en la indiferencia, mientras que la empatía sin análisis puede llevarnos a juicios superfluos.

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Mirando fuera, Paula Rego, 1997, pastel sobre papel sobre aluminio.

La lectura de literatura de ficción nos posibilita la inmersión en una experiencia humana más universal y menos individual. Todos hemos sido Gregorio Samsa una mañana de nuestras vidas (o muchas), al escuchar la alarma del reloj y despertar de nuevo a la encrucijada de la existencia. Todos hemos sido Juan Preciado, revolviendo entre los fantasmas del pasado en busca de respuestas. Todos hemos sido Emma Bovary, arrojando nuestras últimas monedas a un mendigo con el convencimiento de que ya todo está perdido. Situaciones, todas, germen de la empatía más honestamente aleccionadora.

En días recientes, una influencer española con millones de seguidores generó enorme polémica al afirmar en su cuenta de TikTok que “leer no te hace mejor persona”. A dicha polémica se sumaron intelectuales, medios de comunicación y gente de todo tipo, posicionándose en contra. Más allá de opinar si la influencer tiene razón o no, lo que sí podemos afirmar es que leer te da herramientas de incuestionable valor para entender mejor el mundo en el que vives, entenderte mejor a ti mismo, a tu vecino de enfrente, al migrante deportado o a la madre buscadora que ves en la pantalla de televisión. Si leer no te hace mejor persona —al menos en un sentido moral—, sí te ofrece argumentos sólidos para exigir un mundo menos desigual, menos violento y menos injusto. Te pone a salvo de ser un consumidor pasivo y, en cambio, te permite ser un ciudadano consciente de su realidad. Eso no es poco decir.

Más allá de cifras, porcentajes, controversias y opiniones, el declive en la lectura por placer nos trae consecuencias silenciosas pero tangibles para la sociedad. Perder los beneficios que nos regala la literatura de ficción es perder, entre otras cosas, la oportunidad de formar individuos con pensamiento crítico y quedar un poco más a merced de la seducción de “realidades alternativas”, basadas en emociones, percepciones individuales y discursos falaces: los frutos más nocivos de la posverdad. Y es perder, además, la capacidad de empatía; sólo en un mundo carente de empatía es posible el desplazamiento forzado que sufre Haití, el asedio abusivo a Venezuela o el genocidio de Gaza.

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Guiando el bote, Paula Rego, 2009; grabado y aguatinta.


1 Jessica K. Bone et al., “The decline in reading for pleasure over 20 years of the American Time Use Survey”, iScience vol. 28 núm. 9, agosto de 2025, https://doi.org/10.1016/j.isci.2025.113288 [cuya traducción al español es “El declive de la lectura por placer a lo largo de 20 años según la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en Estados Unidos”]. [flecha]

2 Molec 2015 a 2024, INEGI. [flecha]

3 Alberto Manguel, “Leer literatura puede hacernos mejores”, Fuera de serie, The New York Times, 3 de marzo de 2019, https://www.nytimes.com/es/2019/03/03/espanol/opinion/literatura-empatia.html. [flecha]







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Foto: David Quintero

Narradora y traductora, CLAUDIA SÁNCHEZ ROD ha publicado Ratones knockout, La marta negra, Me dejaste puro animal inexistente y antologías de poesía y cuento; ha obtenido el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano y el Premio Iberoamericano de Cuento Ventosa-Arrufat / Fundación Elena Poniatowska Amor. Colaboró en la revista argentina Lamás Médula, el Periódico de Poesía de la UNAM y otras publicaciones en España y EU. Coedita la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.