Neverness
CREACIÓN Y POSVERDAD
Por Alberto Chimal   |    Octubre de 2025
(Homenaje a Edward Gorey)
Wilkins acuñó la palabra neverness, es decir, aquello
que nunca ha ocurrido, que nunca puede ocurrir.
Jorge Luis Borges
A maribell chato la desconocieron sus propios padres. ocurrió una tarde, después de la escuela (ella era adolescente, de baja estatura y cabello pardo y muy grueso, recién enterada de que había personas asexuales). Su llave de la casa en la que vivía no quiso abrir la puerta, de modo que tocó el timbre, y su padre, su padre de toda la vida (de su misma complexión y tipo de cabello, nunca un episodio de abuso, aficionado al Scrabble), abrió la puerta, la miró con frialdad y le preguntó qué quería. No era una broma ni un intento de…, ¿de qué? La cara del hombre era la misma pero se veía diferente: no había en ella ni un rastro de cercanía, del afecto o la costumbre que relajan las facciones de quien reconoce a otro. Ni el padre ni la madre de Maribell, que pronto se unió a la discusión y el gritadero, recordaban tener una hija. Por el contrario, se creían una pareja sola, resignada, envejeciendo muy junta. Maribell no podía creerlo y les exigía que terminaran con la broma. También los llamaba crueles, los acusaba de jamás estar satisfechos con lo que ella era. Tal vez un sentimiento extraño le ganó a la señora Chato (de grandes ojos, abnegada, asexual aunque ni ella misma llegó a saberlo) y la hizo decir a Maribell que siempre había querido una hija, que ella y el marido lo habían intentado muchas veces, que tal vez de haber tenido una hija hubiera sido como Maribell pero no, no, no, vete por favor, no nos molestes, etcétera. Confundida, más que un poco aterrada, Maribell volteó hacia algunas personas que los miraban desde la calle o las casas contiguas. Eran vecinos, pero tampoco tenían idea (dijeron) de quién era ella. Maribell se alejó despacio y sin un rumbo preciso. Antes de llegar a la esquina comenzó a llorar.
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Holbac Latimer tenía 69 años y era el cantante de la banda punk Unknown Offenders. Era un inglés alto y pálido, flaco, ventrudo (él mismo se caricaturizaba dibujándose como una rata gigante con chamarra de cuero). El grupo estaba a la mitad de su gira del adiós. Iban a tener cuatro conciertos por esta región del mundo. Cuando el vuelo transcontinental aterrizó luego de 12 horas, Latimer estaba muerto de sueño. Nunca podía dormir en los aviones, y a su edad incluso los somníferos legales lo descompensaban de manera espantosa. Sus compañeros y personal ya le conocían ese problema y, aunque no pudieron abreviar el paso por la aduana, lo pusieron en la primera de las camionetas enviadas por la promotora hacia el hotel. La suite era bastante acogedora, para estar en un país subdesarrollado y –con toda franqueza– destinada al frontman de una banda que fue contemporánea de The Clash y Sex Pistols pero jamás llegó tan alto como ellas. Latimer se desnudó y se tiró de bruces en la cama king size. Despertó, aún desnudo, en las cercanías de una planta tratadora de aguas negras. Era la misma ciudad, pero Latimer no lo sabía y, de cualquier manera, tuvo un ataque de pánico. Un miembro del personal de la planta lo vio y (pensando que lo habían secuestrado y abandonado allí) le ofreció ayuda. Le prestó un uniforme usado y unos zapatos. Latimer no sabía español y, en realidad, apenas podía hablar, sacudido por una experiencia tan inesperada y a su modo tan violenta. Por suerte el empleado sí sabía inglés. Por desgracia, cuando por fin lograron comunicarse, el empleado le dijo que no había ninguna banda británica llamada Unknown Offenders. ¿Está seguro?, decía. No la conozco. (Lo decía en inglés, claro. I’m sorry, are you sure? I have never heard about it, and I like punk music! I know all the classic bands. Sex Pistols, The Clash, Ramones.) Era un hombre apenas más joven que Latimer, y llegó incluso a sacar su teléfono para mostrarle que Wikipedia no tenía ninguna entrada sobre la banda que Latimer decía recordar. Tampoco había ninguna entrada sobre él.
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E Coliam Hbralt, escribía el hombre en la hoja de papel. Terminaba y volvía a comenzar. Algo no estaba bien. El nombre le sonaba raro. Poco creíble. Pero ese era su nombre. Él era E Coliam Hbralt. ¿No era ese su nombre? Hola, quiso decir, yo soy E Coliam Hbralt, mucho gusto. No alcanzó a abrir la boca. Los sonidos en la última de las tres palabras se le atoraban en la garganta con tan sólo pensar en ellos. Por otra parte, siempre había tenido aquel nombre. ¿O no? No es tan fácil que la gente cambie de nombre. El nombre nos identifica para toda la vida. A menos que no lo haga. Aquello parecía nombre científico, no de persona. De un virus. Una gripe. Una pandemia en la boca. ¿Cómo no se había dado cuenta? Peor, ¿cómo no se habían dado cuenta sus padres, el señor Coliam y la señora Hbralt? ¿No podían al menos haberle puesto un nombre propio de más de una letra, como Enrique o Ernesto? Toda la vida con ese peligro latente, esperándolo: el peligro de que no le creyeran. De quedar en ridículo. Con razón nunca había tenido éxito con las mujeres. Siguió sentado en la banca del parque, bajo el sol de las tres de la tarde. La gente pasaba a su lado sin mirarlo y los coches murmuraban desde la avenida. El hombre volvió a inclinarse ante la hoja. Desde allí se veía el local de la óptica y no quería mirarlo. Además estaba lo del nombre. Vestía jeans y una sudadera verde pistache que le quedaba grande. Sudaba por la concentración o tal vez por el miedo. O por el calor. Estaba haciendo mucho calor. Además, no lo habían dejado entrar a su trabajo en la óptica. Lo habían echado. Y eso que llevaba años trabajando allí, haciendo exámenes y vendiendo lentes y armazones. No, a usted no lo conocemos, le habían dicho, como si fuera cierto. ¿Y qué clase de nombre es ese? Ya siéntese, señor. O más bien ya lárguese, señor. E Coliam Hbralt tenía muchísimo calor. Quizá hubiera tenido que volver a su casa, pensar en qué hacer, pero no podía pensar con claridad. Algo le estorbaba adentro. No paraba de darle vueltas a lo espantoso que sonaba su nombre. Pasaron horas. Su primera señal de progreso, de mayor claridad mental, fue la intuición de que se encontraba en peligro.
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Beth Camarillo iba en el segundo piso del autobús, sentada en un asiento de ventanilla, aburrida de intentar ver videos en su teléfono. La recepción era pésima, intermitente, y el supuesto wi-fi gratuito del autobús tampoco servía. No se dio cuenta cuando el vehículo llegó a un cruce de vías. Un tren de carga se acercaba a gran velocidad, pero el conductor intentó pasar de todas formas. Calculó muy mal: el tren golpeó la parte media del autobús y sus dos extremos se torcieron violenta, rápidamente uno hacia el otro mientras el camión se partía. En menos de un segundo el cuerpo de Beth quedó prensado entre la ventanilla a su izquierda y los cuerpos de dos pasajeros que habían estado a su derecha. Su mente apenas tuvo conciencia de los tres golpes, casi simultáneos, y del viraje repentino, espantoso, que desplazó al universo entero y lo hizo girar. Tronaron vidrio, metal, el plástico de las maletas, los tanques de gasolina y de desechos, la carne de los pasajeros y de pronto Beth estaba volando, expulsada del autobús o más bien confundida entre sus fragmentos. Golpeó en el suelo y derrapó algunos metros. Se levantó después de algún tiempo. Una pierna no le respondía del todo, pero la otra sí. Un brazo estaba desollado porque la piel se había embarrado en el asfalto. Cerca de ella, los dos pasajeros que la habían golpeado estaban muertos. Beth estaba cubierta de sangre pero podía moverse. Cojeó un poco para alejarse del sitio, evitando a los otros cadáveres. Tres personas más se arrastraban cerca, mudas, ensangrentadas y rotas igual que ella, pero no le prestaron atención. El tren no se había detenido. ¿Habría huido el conductor del autobús, como era lo usual en situaciones así? Beth se dio cuenta de que estaba dejando de existir. Esta idea no la sacudió. Pensó que podía deberse al estado de choque, o tal vez a que también sabía el modo exacto de su desaparición. No era que su cuerpo fuese a morir: que su conciencia fuera a dejarlo o a extinguirse. Vaya que no. Simplemente, los reportes del accidente no iban a mencionar su nombre. No habría constancia de que hubiera comprado boleto para el viaje. Más aún, a todos los registros de su existencia les pasaría lo mismo. Alguien los estaba borrando en ese mismo momento. ¿Cómo lo sabía? De milagro encontró su teléfono, que tenía la pantalla rota pero aún funcionaba. Lo desbloqueó y abrió la primera aplicación en la que pudo pensar, que era su favorita para ver videos. Por primera vez en toda la tarde, la recepción era aceptable, pero su sesión se había cerrado y no pudo volver a iniciarla con su nombre de usuario y contraseña. Lo sabía, dijo, lo sabía, y escupió un globo de saliva roja.
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Chlea LaTrimblo ignoraba que las redes globalistas, comunistas y feministas que amenazaban a su país existían también en aquel otro. Lo supo en el aeropuerto cuando presentó su pasaporte y su boleto en el mostrador de la aerolínea y los empleados no quisieron recibir su equipaje. La mujer que manejaba la computadora le dijo que no estaba registrada para su vuelo y agregó algo sobre su pasaporte. Chlea se puso a gritarle a la empleada, quien pasó a gritarle también, pero en español. Chlea exigió que se le respondiera en inglés y que le enviaran a un supervisor. Pasó a detallar los muchos daños que esa gente le hacía a su país. Seguía haciéndolo cuando dos hombres con uniforme de policía, gordos y morenos, en realidad no muy amenazantes, llegaron hasta donde estaba. Chlea se burló de ellos. Alguien, otro hombre moreno, la estaba grabando con un teléfono, pero ella no le dio mucha importancia. Ya la habían exhibido en redes sociales en más de una ocasión. La tenían en la mira. Hay una conjura, dijo hacia la cámara que le apuntaba. La persecución sistemática de los cristianos, y por lo visto no sólo en casa sino en todas partes. Pero yo saldré adelante. Siempre gano al final. Chlea usó dos insultos en español, aquel idioma horrible (los había aprendido durante su viaje), para subrayar la intención de lo que estaba diciendo. Y ustedes, ustedes, globalistas, feministas, transgénero que me están viendo desde sus casas secretas, ustedes saben lo que están haciendo en contra de nosotros. Esto también lo dijo. Yo sé que ustedes eligen gente, por no sé qué razones, para destruirla. La atacan sistemáticamente hasta que logran borrarla de la existencia. No sé cómo nos eligen. No sé qué tecnología extraterrestre o diabólica utilizan, pero todos saben ya que ustedes tienen la culpa. A lo mejor yo no lo logro, remató, mientras los hombres uniformados la tomaban por los brazos y la obligaban a caminar. Pero mía es la venganza, dice el Señor, y los cristianos vamos a vencer.
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Ritel Ohb Amcal bajó de la Pirámide del Sol. Lo hizo con dificultad, trastabillando. Poco antes, al completar el ritual de energía allá en lo alto, le había sacudido una revelación. Se sentía mareade. Al pisar el suelo cayó de rodillas y vomitó una pequeña cantidad de materia casi transparente. Se levantó. Las piernas le temblaban, empezaba a sudar y ahora su atuendo ceremonial, todo blanco, estaba sucio. No quiso tocar su cabello, pero también, seguramente, se habría despeinado en el descenso. Ritel entendió –con más claridad todavía que antes– que ahora estaba tocade, abierte a fuerzas inconcebibles, tal vez maldite. Sí. Maldición era la palabra más apropiada. Tras elle, otros fieles estaban bajando de la ceremonia en la punta de la pirámide, paso a paso por las escaleras de piedra. Se quitó de en medio para no estorbar. Nadie se le acercó ni intentó ayudarle. Ritel conocía a algunas de esas personas (todas vestidas de blanco, igual que elle, tal como debía hacerse en el día del equinoccio) porque eran parte de su grupo. Ninguna se daba cuenta de lo que le estaba pasando a su compañere. Tal vez era parte de la maldición: sabía que su rostro se veía tranquilo porque algo lo retenía, porque ya no era capaz de mostrar ningún signo de angustia. De igual manera, sabía que no podría contar a nadie lo que estaba experimentando. Algo le había atenazado la voluntad y ya no iba a soltarla. Peor aún: ahora que se había alejado un poco de los escalones le estaba llegando otro fragmento de verdad, otra certidumbre inexplicable. El mundo entero iba a olvidar por completo a Ritel Ohb Amcal. Incluso quienes habían orado, estudiado, recibido sus nombres espirituales con elle. Una fuerza terrible (sin duda de origen sobrenatural, una deidad cruel o indiferente) le había seleccionado. ¿Por qué? Imposible saberlo. ¿Qué podía saber un simple ser humano de los caprichos de los dioses? Quizá la clave estuviera en algo que le conectara con el cosmos, como las posiciones de su carta astral. O en algo nimio, incognoscible, como el número de cabellos en su cabeza o de células en su cuerpo. O tal vez no había clave. Tal vez no había razón ni criterio. Descubrió que, aunque no pudiera mostrarla, aún podía sentir amargura, indignación por el modo en el que su vida entera le estaba siendo arrebatada. Se alejó todavía más de su grupo de fieles y de los otros celebrantes de la fiesta del Sol, en aquel, el día más lleno de potencia espiritual del año, el punto bendecido de la nación y uno de los más puros del planeta. Ya no tenía cabida. La luz caía sobre la Pirámide del Sol, y la de la Luna, y el resto de las construcciones de la zona arqueológica, y el estacionamiento y todos los seres humanos en el sitio. Únicamente Ritel Ohb Amcal no proyectaba sombra.
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Todo pasó en el mismo día del equinoccio. ¿Por qué en el día del equinoccio? Maribell siguió caminando. Latimer no pudo soportar más y salió corriendo del edificio de la planta. E Coliam Hbralt se puso de pie, tiró la hoja y el lápiz y se marchó del parque. Beth anduvo diecisiete kilómetros por el borde de la carretera, sucia y ensangrentada, sin que nadie se detuviera ni la mirara, a pesar del dolor y la debilidad. Chlea quiso registrarse en un hotel, no la admitieron, y luego se puso a vagar por las cercanías del aeropuerto, tirando de su maleta con ruedas, cada vez más atemorizada y menos capaz de mantener la justa ira en su mente y su cuerpo. Ritel se dejó llevar: cerró los ojos, incluso, y la voluntad horrible que le había asido, como a todos los demás, le condujo sin yerro ni tropiezo hasta donde debía ir. Era el borde de un plantío recién roturado, a veinte o treinta metros de un camino vecinal. Era noche cerrada: las tres y pocos minutos de la madrugada del 22 de marzo, un tiempo preciso cuyo significado especial, de existir, no ha sido descubierto. No se veían coches, construcciones ni gente en las cercanías. La ciudad sí se veía, enorme, luminosa, pero muy lejos. La Luna daba más luz. Un hombre de espalda encorvada, tirando a viejo, estaba ahí, de pie, esperando al resto. Tenía las manos atadas a la espalda con un cierre de plástico y un desgarrón de su camisa dejaba ver su vientre hinchado. Temblaba de frío. Se llamaba Alberto Chimal y había sido abandonado, justo en aquel sitio, unas horas antes. Los secuestradores no habían conseguido usar sus tarjetas para sacar dinero y se habían hartado de sus ruegos y su voz chirriante. Tú me llamaste, lo acusó Ritel, que llegó primero. Who are you?, le preguntó Latimer. Ayuda, le pidió Maribell, que había seguido llorando hasta quedarse sin lágrimas. Chlea (que seguía arrastrando su equipaje) no dijo nada, E tampoco, y Beth los alcanzó tan sólo para caer delante de ellos, desmayada o muerta. Todos la miraron con horror por un momento. Yo no te llamé, dijo Alberto a Ritel. ¿Nos estaba esperando?, preguntó E. No, respondió Alberto. No sé quiénes son ustedes. No sé qué está pasando. No he podido moverme de aquí, literalmente no puedo. ¿Alguien tiene un teléfono con el que pueda llamar a mi esposa? Me quitaron todo. Me quitaron todo, dijo Chlea también, pero no lo dijo en español. De quienes entendieron sus palabras, nadie estaba de humor para intentar traducir. Nadie se dio cuenta, tampoco, de que ninguno de los siete proyectaba sombra. Maribell preguntó si los demás habían experimentado… algo extraño. Así dijo. Intentó explicarse pero se enredó. Alberto pensó que sí, claro, aquello era extrañísimo. ¿Por qué estaban ahí? ¿Por qué eran ellos, precisamente ellos, quienes estaba ahí? ¿Qué los unía? Quiso decir algo a los demás pero la noche era fría y estaba tiritando. Apretó los dientes. Tenía que hablar. Tal vez había una respuesta. Se oyó un crujido. Uno solo. Luego los siete se convirtieron en polvo de manera súbita, total. No quedaron fragmentos mayores, como los que sí llega a haber tras una cremación o incluso una disolución con ácidos.
Nadie los vio desaparecer. Unos días después empezó a llover muy fuerte, y lo que quedaba del polvo se disolvió en el agua que corría, y se confundió con la tierra.
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El narrador y divulgador ALBERTO CHIMAL (Toluca, 1970) es uno de los grandes maestros de lo fantástico en lengua española. También es profesor de escritura creativa. Ha cultivado la novela y tiene una veintena de libros de cuento. Textos suyos han sido traducidos a una docena de idiomas y han aparecido en antologías internacionales, como Why Didn’t You Just Leave. Además escribe libros para niños y jóvenes, ensayo, manuales de escritura, guion de cine y novela gráfica: Batman: El Mundo, publicada por DC Comics. Fue finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos con La torre y el jardín; fue uno de los ganadores del Shirley Jackson Award; obtuvo el Premio Nacional de Cuento y el de Narrativa Colima, del INBAL; el Premio de la Fundación Cuatrogatos por La Distante; el Premio del Banco del Libro por La noche en la zona M y el Premio Internacional FILEM por su trayectoria literaria.