Portada del texto 'Un lugar para cuidar el alma La biblioteca desaparecida, de Luciano Canfora'
Ilustración: Jenny Kleinknecht
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Ensayo histórico · Fragmentos

Un lugar para cuidar el alma

La biblioteca desaparecida
De Luciano Canfora

LIBREROS Y HALLAZGOS:

Invasiones, bibliotecas, futbol


El sueño helenístico de reunir el inmenso legado del mundo en un solo lugar se materializó en la gran Biblioteca de Alejandría. Toda la literatura, la filosofía y la ciencia al alcance del reino fueron resguardadas en sus estantes durante algunos siglos de esplendor, en la dinastía de los Ptolomeos. Pero los rollos de papiro de los copistas, cientos de miles, fueron reducidos intempestivamente por el fuego. A caballo entre la erudición y el relato detectivesco, el historiador y filólogo Luciano Canfora rastrea en las huellas del pasado —diversas fuentes que la abordaron a lo largo de su existencia— la solución a un enigma sepultado bajo las ruinas del tiempo, y reflexiona sobre una biblioteca perdida en el romanticismo de su propio mito.

«Debes saber —le decía— que cuando Ptolomeo Filadelfo subió al trono, se hizo partidario del conocimiento y hombre bastante docto. Buscaba libros y ordenaba que le fuesen procurados a cualquier precio; ofrecía a los mercaderes las condiciones más favorables para inducirlos a que trajeran aquí sus libros. Se hizo todo cuanto quería y, en breve tiempo, fueron adquiridos cincuenta y cuatro mi [rollos]». (P. 83)

«[El rey] dijo a Demetrio […]: ¿Crees que haya más libros sobre la tierra que aún no tenemos? Y Demetrio respondió: Sí, hay una gran cantidad en la India, en Persia, en Georgia, en Armenia, en Babilonia y en otros lugares. El rey se maravilló al oírlo y respondió: Entonces sigue buscándolos. Y de esta manera continuó la tarea hasta su muerte». (P. 83)


SOBRE LA DISPOSICIÓN DE LA BIBLIOTECA

No hay cosa en el mundo que no figure entre los tesoros de aquel país [Egipto]: gimnasios, espectáculos, filósofos, dinero, muchachos, el recinto sagrado de los dioses hermanos, el rey, hombre generosísimo; además, el Museo, vino y cualquier bien de dios que se pueda desear…, y mujeres, más numerosas que las estrellas que hay en el cielo. (P. 17)

Lo que había en los palacios del distrito real debía conocerse vagamente en el exterior. Por ejemplo, se sabía que allí debía de estar el Museo que la alcahueta de Cos incluía entre las maravillas de Alejandría, ignorando, quizá, qué cosa podría ser. Había también preciosas colecciones de libros de propiedad real, los «libros regios», como los llamaba Aristeas, un escritor hebreo que tenía cierta familiaridad con el palacio real y con la biblioteca. (P. 19)

Biblioteca (bibliotheke) quiere decir, ante todo, «estantería», estantería en cuyas baldas se depositan los rollos y, por consiguiente, también el conjunto de rollos (P. 73)

La denominada biblioteca —según el primer y prevalente significado del término— había sido en realidad el conjunto de las estanterías situadas en los locales del Museo. (P. 129)

[La biblioteca no era un edificio independiente.] Las estanterías (bibliothekai) estaban, evidentemente, dispuestas —como la «biblioteca sagrada» de Ramsés— a lo largo del peripato, en las cavidades que lo rodeaban.

Es cuanto se deduce de la comparación con un edificio cuyo modelo no podía ser otro que el Museo de Alejandría: la biblioteca de Pérgamo. Ni siquiera en este caso la biblioteca consistía en una sala aislada.

[…]

Con el tiempo también se colocarían rollos en otros locales, en torno a los dos edificios principales del Museo. (P. 77)

[Estrabón y Tzetzes] sitúan con claridad la biblioteca del Museo «dentro del palacio real» […], en oposición a la del Serapeum, que estaba «fuera». (P. 126)

Sobre la biblioteca hay una inscripción: «Lugar de cuidado del alma». (P. 73)


SOBRE EL ACERVO

Demetrio, que había gobernado Atenas durante diez años […], llevó [a Egipto] el modelo aristotélico, y esta fue la clave de su éxito. Aquel modelo, que había puesto al Peripato en la vanguardia de la ciencia occidental, era adoptado ahora en Alejandría con gran estilo y bajo la protección real. De tal manera, que después se dijo, en un anacronismo sólo aparente, que «Aristóteles había enseñado al rey de Egipto cómo se organizaba una biblioteca». (Pp. 20-22)

Demetrio había sido el plenipotenciario de la biblioteca. Cada poco tiempo, el rey pasaba revista a los rollos, como a manípulos de soldados. «¿Cuántos rollos tenemos?», preguntaba. Y Demetrio lo ponía al día sobre la cifra. Se habían propuesto un objetivo y habían hecho los cálculos. Habían establecido que, para recopilar en Alejandría «los libros de todos los pueblos de la tierra», serían necesarios quinientos mil rollos. (P. 24)

Ordenó que fuesen copiados todos los libros que se encontrasen en las naves que hacían escala en Alejandría, que los originales fuesen retenidos y a sus posesores se les entregaran las copias. A este fondo se le llamó después «el fondo de las naves». (P. 24)

En una de estas rendiciones de cuentas, Demetrio ilustraba la oportunidad de adquirir también «los libros de la ley judaica». Es necesario —proseguía— que estos libros, en su forma correcta, encuentren lugar en su biblioteca. (P. 25)

Calímaco intentó una clasificación general con sus Catálogos subdivididos por géneros, en correspondencia con otros tantos sectores de la biblioteca: Catálogo de autores que brillaron en cada disciplina singular era el título del catálogo, que ocupaba ciento veinte rollos. Este catálogo daba una idea de la ordenación de los rollos, pero no era ni un plano ni una guía […]. Autores épicos, trágicos, cómicos, historiadores, médicos, rétores, leyes, misceláneas son algunas de las categorías: seis secciones para la poesía y cinco para la prosa. (P. 41)

Los libros habían ido cambiando, obviamente, no sólo en su contenido. No se trataba ya de los delicados rollos de otro tiempo, cuyos restos habían acabado entre los despojos o habían sido sepultados bajo las arenas, sino de elegantes y sólidos pergaminos encuadernados en gruesos códices, repletos de errores debido al creciente olvido del griego. También predominaban ya los escritos de los padres de la Iglesia, las actas de los concilios y, en general, las «escrituras sagradas». (Pp. 82-83)

La solución se le había presentado de improviso un día, mientras leía el trabajo de Séneca Sobre la tranquilidad del espíritu […], con estas palabras […]: «de qué sirven innumerables libros y colecciones completas, si en el arco de la vida el patrón alcanza, a duras penas, a leer sus títulos?». (P. 88)


SOBRE LAS FALSIFICACIONES

Neleo tomó el pelo a los mensajeros del rey de Egipto. Les vendió algunas copias de tratados de menor importancia, tanto de tratados de Teofrasto […] como, sobre todo, libros que habían sido propiedad de Aristóteles. Jugó con las palabras, sosteniendo haber tenido, cerca de sí, «la biblioteca de Aristóteles» —como sostenían los mensajeros del rey—, pero, justamente, su biblioteca personal, los libros que el maestro había poseído.

[…]

En Alejandría no quedó inmediatamente claro el engaño, y en los catálogos de la biblioteca real se registró: «Reinando Ptolomeo Filadelfo, se adquirieron a Neleo de Escepsis los libros de Aristóteles y de Teofrasto». (P. 32).

Los herederos de Neleo debían defenderse de un peligro más serio y más próximo: la biblioteca de Pérgamo. Desde que había subido al trono Eume, el hijo de Atalo, había comenzado la caza de los libros, con métodos nada distintos a los practicados ya un siglo antes por los Ptolomeos. La rivalidad entre los dos centros tuvo consecuencias nocivas. Entraron en escena turbas de falsarios. Ofrecían rollos de falsos textos antiguos, remendados o incluso bien falsificados, en cuya refutación se vacilaba (si su falsedad no había sido evidente de manera inmediata) por el temor de que fuera útil a la biblioteca rival. (P. 46)

Otras veces sucedía que los propios eruditos se divertían fabricando textos falsos. (P. 48)


SOBRE LOS SABIOS DEL MUSEO: LOS BIBLIOTECARIOS

Dice llamarse Aristeas y tener un hermano llamado Filócrates […]; dice tener amistad con los dos jefes de la guardia de Ptolomeo, Sosiego de Taranto y Andrea; dice haber estado presente, en los locales de la biblioteca, en el coloquio entre Demetrio y el soberano […]; en fin, dice haber tomado parte en la misión enviada por Ptolomeo a Jerusalén para conseguir buenos traductores. (P. 26)

Al decir que «también» los libros de la ley judía merecían ser traducidos al griego, Demetrio daba a entender que no era aquella la primera tarea de ese género que se hubiese previsto en la biblioteca. «De cada pueblo —informa un tratadista bizantino—, se reclutaron sabios, los cuales, además de dominar la propia lengua, conocían a la maravilla el griego; a cada grupo le fueron confiados sus textos respectivos y así se preparó de todos ellos una traducción al griego. (P. 27)

Estos sabios fueron los únicos que disfrutaron, en un cierto periodo de la historia de la biblioteca, de la visión deslumbrante de los libros del mundo, con la cual soñarían después los escritores fantásticos. (P. 27)

El diseño perseguido por los Ptolomeos y puesto en práctica por sus bibliotecarios no era, pues, sólo la colección de los libros de todo el mundo, sino también su traducción al griego. (P. 28)

[Ptolomeo mandó decir a Eleazar], sumo sacerdote de Jerusalén: «Hemos restituido la libertad a más de cien mil hebreos» —le anuncia en el mensaje con el que pide el envío de expertos traductores. (P. 34)

En setenta y dos días, los setenta y dos intérpretes terminaron la traducción [de los textos sagrados hebreos al griego]. (P. 38)

Pocos conocían el fondo de la biblioteca en cada una de sus partes, en cada una de sus arterias. Durante uno de los certámenes poéticos que periódicamente promovían los Ptolomeos —quizá en el tiempo del Evergetes—, fue necesario completar el jurado de seis jueces con un séptimo. El soberano se dirigió a los máximos exponentes del Museo y éstos le revelaron la existencia de un sabio llamado Aristófanes, originario de Bizancio, quien —le dijeron— «todos los días, durante todo el día, no hacía otra cosa que leer y releer atentamente todos los libros de la biblioteca siguiendo su orden». Ordenación que, por lo tanto, Aristófanes conocía a la perfección. Lo cual se demostró poco después, cuando, para desenmascarar a los poetas plagiarios que estaban seleccionados para los mejores premios, abandonó la silla del jurado y, «confiando en su propia memoria […], señaló directamente hacia algunas estanterías «bien conocidas por él» y, después de un rato, volvió a aparecer blandiendo los textos originales que aquellos plagiarios habían intentado pasar como propios. (P. 40)

Aristóteles aleteaba entre aquellas estanterías, entre aquellos rollos bien ordenados, ya desde cuando Demetrio había trasplantado allí la idea del maestro: una comunidad de sabios aislada del exterior, dotada con una biblioteca completa y un lugar de culto a las Musas. (P. 41)

El Museo, incluidos los sabios que allí vivían y los libros que se acumulaban, era suyo, era uno de los instrumentos de su prestigio. El cambio del soberano podía, por ello, comportar también un cambio profundo en la jaula. (P. 44)

Rigurosamente seleccionados por el soberano, protegidos por él, libres de preocupaciones materiales, esa fue la condición de los sabios del Museo. Cuando salían de él, estaban siempre dentro del palacio real. (P. 45)


LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA Y EL PODER POLÍTICO

Los griegos no aprendieron las lenguas de sus nuevos súbditos, pero comprendieron que para dominarles era necesario entenderlos, y que para entenderlos era necesario traducirlos y recoger sus libros. Así nacieron las bibliotecas reales en todas las capitales helénicas, no sólo como factores de prestigio, sino como un instrumento de dominio. (P. 28)

[Ptolomeo preguntó:] «¿Y cómo emplear el tiempo libre?» «Debe leer —le respondió uno de los viejos, ignorante quizá de que estaba hablando con el dueño de los libros de todo el mundo—, sobre todo, relatos de viajes relacionados con los distintos reinos de la tierra. Así sabrá tutelar mejor la seguridad de sus súbditos. Haciendo esto conseguirá gloria y Dios satisfará sus deseos». (P. 36)

Con el nuevo orden estatal, la biblioteca no era ya, como en otro tiempo, la posesión privada de la casa reinante, sino una institución pública de la provincia romana (ahora Augusto designaba directamente al «sacerdote del Museo»). (P. 71)


BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA VS. BIBLIOTECA DE PÉRGAMO

El conflicto se exacerbó cuando Egipto interrumpió la exportación de papiro. Se pretendía que fuera un modo expeditivo, aunque nada elegante, para postrar a la biblioteca rival, quitándole el material de escritura más habitual y cómodo. En Pérgamo se reaccionó perfeccionando la técnica, de origen oriental, del tratamiento de las pieles (por ello llamado pergamino): un material destinado a predominar cuando, siglos después, cambió la forma del libro. (P. 49)

La avaricia de sus soberanos [de Pérgamo] y de sus bibliotecarios en la comparación de las joyas históricas que, se decía, estaban en Escepsis, en las manos de los descendientes de Neleo, nacía a menudo por una razón de prestigio: el hecho de tener este tesoro a su disposición en cualquier momento y, sobre todo, por el deseo de echar el guante al botín que se les había escapado a los Ptolomeos.

Pero los herederos de Neleo […] pensaron que sólo escondiendo su tesoro lo podrían salvar, evitando así verlo acabar en la biblioteca real. Por ello, excavaron un hoyo profundísimo bajo su casa, depositaron allí los preciados rollos y no pensaron más en ellos. Los consideraban bienes que atesorar, no libros que estudiar. No previeron tampoco los efectos de la humedad ni los de la polilla. (P. 50)


SOBRE EL INCENDIO Y LA DECADENCIA DE LA BIBLIOTECA

[Después de la guerra de Julio César] todo había sido hecho pedazos. Y el pergamino de los libros había revelado ser un combustible incomparable. (P. 86)

«Estas estanterías —dijo [Filaretes] citando un párrafo de Pablo Orosio— han sido vaciadas por hombres de nuestro tiempo, exinanita ea a nostris hominibus nostris temporubis». (P. 86)

[‘Arm] había descubierto que, en la guerra de Alejandría, César había causado la ruina de cuarenta mil rollos.

«También nosotros —respondió con dulzura Juan— nos hemos preguntado a menudo de qué libros se trataba. Y hemos tenido que lamentar el silencio de los historiadores. Considera que hasta Apiano, que nació y vivió aquí, en Alejandría, no dice ni siquiera una palabra sobre el incendio del Museo cuando, en las guerras civiles, se refiere a la guerra alejandrina». (P. 89)

‘Arm leyó el mensaje: «Por lo que se refiere a los libros a los que has hecho referencia —escribía ‘Umar—, he aquí la respuesta: si su contenido está de acuerdo con el libro de Alá, podemos despreciarlos, puesto que, en tal caso, el libro de Alá es más que suficiente. Si, en cambio, contienen cualquier cosa deforme con respecto al libro de Alá, no hay ninguna necesidad de conservarlos. Procede y destrúyelos» […]. ¿Y qué otra cosa se podía esperar de un devoto mojigato como ‘Umar —rumiaba ‘Arm—, de alguien que había sido capaz de impedir al profeta, ya moribundo, que dictara un segundo libro, siempre como homenaje al concepto de que en el Corán ya estaba todo? (P. 91)

[‘Arm], sumiso a la respuesta del califa, comenzó la obra de destrucción. Distribuyó los libros entre todos los baños de Alejandría, para que fueran usados como combustible en las estufas que los hacían confortables. «El número de estos baños —escribió Ibn al-Qifti— era bien conocido, pero yo lo he olvidado» (como sabemos por Eutiquio, eran cuatro mil). «Se cuenta —prosigue— que fueron necesarios seis meses para quemar todo aquel material».

Únicamente fueron perdonados los libros de Aristóteles. (P. 92)

El ilustrado Gibbon tenía un propósito apologético; disculpaba a los árabes de un delito nunca cometido y atribuía la ruina de la biblioteca a la destrucción provocada por César en la guerra de Alejandría, pero, sobre todo, al terrible obispo Teófilo, el destructor del Serapeum y «eterno enemigo de la paz y de la virtud, hombre audaz y malo, cuyas manos se mancharon alternativamente con la sangre y el oro». (P. 105)

«Añoro sinceramente —continúa [Gibbon con optimismo]— otras bibliotecas más preciosas, que se vieron envueltas en la ruina del imperio romano; pero cuando me pongo a calcular seriamente los daños causados por la ignorancia y las calamidades de la guerra en el transcurso de los siglos, me maravillo más de los tesoros que han perdurado que de las pérdidas sufridas». (P. 106)

[Tito] Livio, cuando hablaba de los libros quemados durante el incendio, no los presentaba como tesoros de la biblioteca, desaparecidos en la pira del Museo (la cual no existió), sino como rollos-mercancía, que se vieron envueltos, por casualidad y debido a su relativa cercanía, en el incendio del puerto. (P. 125)

[Carl Wendel] ofrece esta reconstrucción: «Cuando César, en la guerra alejandrina (48/47) mandó incendiar las naves enemigas, el fuego atacó también parte de la ciudad y destruyó el astillero, los almacenes del grano y la gran biblioteca. Si este dato lo refieren de común acuerdo Séneca (quien se remonta a Livio), Dión Casio, Gelio y Plutarco, no se puede poner en duda por el hecho de que el propio César, en su Bellum Civile, y su colaborador, que escribió el Bellum Alexandrinum, callan el triste accidente». (P. 128)

La hoguera de los libros forma parte de la cristianización. Incluso bajo Justiniano no eran infrecuentes en la capital del Imperio escenas como aquella descrita por Malalas: «en el mes de junio de la misma fecha —escribe el cronista antioqueno— algunos griegos [esto es, paganos] fueron arrestados y enviados a pasear y sus libros quemados en el cinegio; y con ellos también las imágenes y las estatuas de sus miserables dioses» […]. El cinegio era el lugar donde se arrojaban los cadáveres de los condenados a muerte. (P. 171)

Destrucciones, ruinas, saqueos, incendios arruinaron, sobre todo, las grandes concentraciones de libros, ubicadas habitualmente en el centro del poder. Tampoco las bibliotecas de Bizancio fueron una excepción. Por eso, aquello que finalmente ha perdurado no procede de los grandes centros, sino de lugares «marginales» (los conventos) o de esporádicas copias privadas. (P. 174)


Puedes encontrar ejemplares de La biblioteca desaparecida de Luciano Canfora (Trea Ediciones, Gijón, 1998) en la sala de consulta de la Biblioteca de México, en la Ciudadela de Balderas. [flecha]





· Compilación de Manlio Márquez Domínguez.



Historiador y filólogo, LUCIANO CANFORA (Bari, 1942) es reconocido como uno de los investigadores más importantes de la cultura clásica; también es una figura prominente en la opinión pública italiana y europea por su presencia en debates de actualidad. Colabora en los diarios Il Calendario del Popolo y La Stampa. Es profesor emérito de la Universidad de Bari, donde imparte cursos de filología clásica, literatura e historia de la Antigüedad. Su amplísima obra ensayística ha contribuido a renovar la visión de aspectos esenciales de la cultura de la antigua Grecia; destacan Una profesión peligrosa: la vida cotidiana de los filósofos griegos, El viaje de Artemidoro, La biblioteca desaparecida, Julio César: un dictador democrático, La democracia: historia de una ideología y El mundo de Atenas. Ha recibido el Premio Feronia-Cittá de Fiano 2011, por la sección “Crítica militante”, y una medalla de oro otorgada por la Asociación Italiana de Cultura Clásica.