Portada del texto 'Después del ruido, el impulso de tomar partido' por Tzutzumatzin Soto
La actriz Mia Farrow en un fotograma de la película El bebé de Rosemary, de Roman Polanski, 1968.
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Después del ruido,
el impulso de tomar partido

LA FUNA LITERARIA

Por Tzutzumatzin Soto   |    Marzo de 2026


¿Podemos llegar lejos preguntándonos si hay manera de separar la obra respecto del autor en casos como los de Roman Polanski o Woody Allen? Como reacción a la sorpresa, quisiéramos que no fuera real, sino un malentendido. Pero afectarse por una historia de abuso no impacta la forma en que se cuenta el relato. Por eso la pregunta deja de ser qué sentimos ante un señalamiento, y se desplaza hacia cómo se interrumpe la continuidad de un comportamiento públicamente rechazado, pero fortalecido por ciertas narrativas.


Hace unos meses me entusiasmó encontrarme con una exposición en el Centro de Formación de la Cooperación Española en la Antigua, Guatemala, producida en colaboración con el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica y centrada en la obra del fotógrafo Eadweard Muybridge (1830-1904), el pionero y precursor del cine, conocido por sus estudios sobre el movimiento de los animales, incluidos los humanos, mediante el uso de la fotografía.

Sus imágenes de caballos suspendidos en el aire forman parte de los cursos introductorios de cine y fotografía alrededor del mundo, como referencia obligada para entender la construcción de la imagen.

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Adaptación del trabajo de animación de Eadweard Muybridge, en Locomoción animal: una investigación electrofotográfica de las fases consecutivas de los movimientos animales, vol. 9, Universidad de Pensilvania, Filadelfia, 1887, impreso por J. B. Lippincott Company; Departamento de Libros Raros de la Biblioteca Pública de Boston. Gif: Beesboertjie, commons.wikimedia.org

La línea del tiempo, habitual en exposiciones de la obra de un autor, tenía en este caso una particularidad: mezclaba datos sobre el recorrido creativo del fotógrafo, sus viajes y comisiones junto al desarrollo de otra trama, la forma en la que había sido absuelto por el asesinato de Harry Larkyns, periodista y amante de su esposa.

No sobraban los detalles respecto a su casamiento con Flora Shallcross Stone, veinte años menor que él (41 y 21 años respectivamente), las motivaciones del asesinato y el contexto social que hizo posible que, después de pasar un tiempo en la cárcel, lograra su libertad al justificarse como un crimen de honor, es decir, que su crimen fue visto por el jurado, a pesar de las recomendaciones del juez en turno, como resultado legítimo al haber descubierto la infidelidad de su esposa con el hombre asesinado.

Me detuve un tiempo observando las bellísimas tomas de los paisajes y habitantes de Guatemala, el contraste de luces y sombras, y la cuidada selección de impresiones, pero en mi mente había un contrapunto del disfrute, algo había cambiado mi percepción de la obra de Muybridge. Sería algo como si antes de los créditos iniciales de las películas: El bebé de Rosemary (1968), Chinatown (1974) o El pianista (2002), se nos hiciera saber que su director, Roman Polanski, fue acusado de violación y abuso de una joven de 13 años en 1977 y que su juicio seguía abierto hasta hace unos años sin haber sido condenado.

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De la exposición Muybridge: 150 años, Centro de Formación de la Cooperación Española en Antigua, Guatemala/Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica. Foto: Freddie Murphy, escuelaefe.com

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Roman Polanski, cineasta. Imagen: elhype.com

No vamos a llegar muy lejos preguntándonos si hay manera de separar la obra del autor, ¿por qué querríamos separarla? Preguntarnos sobre esta dicotomía es, pienso, de las primeras reacciones de la sorpresa, como si quisiéramos que no fuera real, que fuera un malentendido. En principio, no para defender a una persona acusada o señalada específicamente, sino como un deseo más grande, respecto a que lo malo no sea tan malo en este mundo.

No me sorprendió tanto el desconocer la vida personal de Muybridge y sus actos, sino el que formara parte del guion museográfico, que ello fuera relevante para conocer el contexto de producción de su obra. No pienso que fuera una advertencia sobre disfrutar la obra de un asesino, sino la decisión de hacernos pensar lo impensable: que no podemos simplemente exiliar, cancelar, borrar las contradicciones entre lo que crean las personas y cómo llevan su vida. Los archivos están llenos de obras realizadas por personas que han cometido actos deleznables y aun así se gastan recursos económicos y humanos en preservar su legado.

Esta conclusión llega ahora muy pronto, es una cura en salud porque he comenzado con el caso de alguien que ya no vive, las acciones de un personaje histórico que al parecer suceden en un mundo ficticio y al que podemos satisfactoriamente reubicar en el panteón de los artistas admirables, ahora un poco menos.

Me intriga lo que despertó en mí conocer este aspecto de la vida de Muybridge: el deseo de saber más, de entender el conflicto, luego el suceso, después el desenvolvimiento de la opinión pública, las discusiones en el juicio, el conflicto entre el juez y el jurado, y finalmente, cómo fue contratado por grandes compañías para llevar a cabo sus registros fotográficos colonialistas.

Implicarse

Conocí la obra del cineasta Woody Allen en la videoteca pública del Centro Nacional de las Artes a principios de la década de los 2000, no como el resultado de un descubrimiento de culto, sino como aquello que estaba disponible. Luego, vi cada una de sus películas en la Cineteca Nacional, de hecho es el director que más títulos ha presentado en la Muestra Internacional de Cine desde 1974 (más de veinte).

Lo que no tengo grabado es la forma en la que impactó mi gusto por su trabajo después de que se hicieran conocidas las denuncias de abuso sexual de su hija adoptiva Dylan Farrow, originalmente en 1992 y reconocidas de nuevo en 2014, a raíz de una carta pública que dio a conocer la propia Dylan, meses después del estreno de la película Blue Jasmine (2013).

Ya me había cansado el personaje de sus películas, el intelectual de diálogos rebuscados, el conquistador mediocre que con un humor sofisticado veía lo que nadie, pero nunca me he dedicado a relacionar cómo conduce su vida con la elección de los guiones que lleva a la pantalla.

Conozco poco de las versiones de ese caso de abuso, de sus respuestas negando de distintas maneras los hechos de los que le juzgan o su opinión sobre casos de colegas cancelados por el movimiento #MeToo. Me parece que no tiene nada interesante que decir al respecto, suele minimizar cada acusación de una víctima y no he leído un atisbo de autocrítica acerca de su conducta o la de sus colegas en situaciones similares. He investigado un poco en internet, saltando de una referencia a otra y no tengo muchos datos nuevos que aportar a esta historia, sin embargo, ahora pienso: ¿por qué he investigado? No es la duda de si veré de nuevo una película suya, es otra cosa.

El crítico de cine A. O. Scott escribió a propósito de cómo hacer las paces con la obra de Woody Allen después de conocidos sus escándalos: “Se ha proclamado –de una manera algo desesperada, a mi parecer– la separación del arte y el artista como si fuera un principio filosófico y no un hábito cultural apuntalado por un dogma académico ya desgastado”.1 Scott se refiere a que es posible declarar que no se verá más la obra de un artista, pero ¿cómo borrar de la memoria el lugar que ha tomado en uno como parte de una cultura compartida?

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Coup de Chance o Golpe de suerte (2023), quincuagésima película del cineasta Woody Allen, celebrada por la crítica en Europa.

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Roman Polanski: Wanted and Desired (2008), documental de Marina Zenovich, que examina el escándalo público y la tragedia privada que llevaron al legendario cineasta Roman Polanski a tomar súbitamente un vuelo fuera de los Estados Unidos.

Nuevamente se trata de un territorio lejano, noticia a la cual podemos dar un “me enoja” o compartirlo en una historia de Instagram. ¿Debería haberme implicado a la distancia en la exigencia de quitar los reflectores sobre Allen en el Festival de Venecia, por la presentación de su película número cincuenta? ¿Contribuir a hacer visible que el star system de la industria cinematográfica premia, enaltece, reconoce a los creadores, a pesar de sus conductas de abuso, daño o conflicto?

A diferencia de Muybridge, Woody Allen no pertenece aún al archivo. Su obra no está clausurada ni anclada en el pasado, sigue circulando, programándose y, si bien no premiándose, sí reconociéndose.

Afectarse

En el año 2003, Roman Polanski ganó un Óscar a mejor dirección por la cinta El pianista, la historia de un músico judío que sobrevive al Holocausto. Aun siendo el mismo Polanski un sobreviviente del Gueto de Cracovia, otro tema fue relevante para los medios de comunicación: su imposibilidad de estar en la premiación en Los Ángeles, debido al proceso abierto por las acusaciones de abuso que enfrenta y que lo mantienen desde entonces, según los mismos medios, en un exilio en Europa.

Leí la autobiografía de Polanski, reeditada en el 2015, Memorias (1985). Busqué inmediatamente los capítulos relacionados con el asesinato de su esposa Sharon Tate; los medios se encargaron de difundir historias sobre su vínculo con cultos satánicos y la posible participación del director en el asesinato de Tate. También busqué los episodios dedicados a las acusaciones de abuso a Samantha Gailey: relación sexual ilícita con una menor, violación con drogas, perversión, sodomía, un acto lascivo y obsceno con una menor de catorce años y suministro de una sustancia controlada a una menor.

Leyendo las palabras de Polanski acerca de ese capítulo en su vida, me encontré en medio de una versión de Lolita (1955) de Nabokov, decisión narrativa que me puso incómoda, pero seguí. Entendí entonces que Polanski, como muchos otros hombres, no quiere ver el problema de usar su autoridad para relacionarse con niñas de 13 años. No sólo había decidido presentarse como presa de sus deseos, sino que había utilizado sus habilidades dramáticas para hacer partícipe al lector de esas líneas. Paré mi investigación. No fue la indignación, fue la certeza de que seguir leyendo ya no era un gesto neutral.

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Sé que no investigaba para conocer la verdad, sino para entender cómo opera la curiosidad, el deseo detrás de saber: ¿cómo nos implica y afecta tomar partido para sumarnos o rechazar una funa (acto puntual de enjuiciamiento por parte de la opinión pública) o una cancelación (cuando se mantiene en el tiempo el exilio social de una persona)?

Quentin Tarantino incluyó en su película Había una vez en Hollywood (2019) dos referencias a la vida de Polanski. Se nos muestra una visión sobre cómo era Hollywood en los años en que fue asesinada Sharon Tate junto a Jay Sebring, Wojciech Frykowski y Abigail Folder a manos de la familia Manson. Si bien esa es la referencia directa, explicitada por el director, también se muestra la relación tensa entre Brad Pitt, en el papel de Cliff Booth, y una hippie menor de edad, como contexto de la época, a decir, lo habitual que era y es en ese ambiente que hombres adultos justifiquen tener relaciones sexuales con adolescentes.

En su momento, me gustó entender las pistas, saber de qué se estaba hablando. Ser partícipe y conocedora del contexto. Sin embargo, Tarantino muestra en Había una vez en Hollywood un relato que no exige una toma de postura: forma parte del paisaje. Entender las referencias no significa que se abra una conversación al respecto.

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Margaret Qualley y Brad Pitt en un fotograma de la película Había una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino, 2019.

Aquí entendí un límite. Afectarse por una historia de abuso no necesariamente interrumpe la circulación de dicho relato. Leer, incomodarse, no impacta en que las historias sigan contándose del mismo modo. Por eso la pregunta deja de ser qué sabemos o qué sentimos ante una acusación o un señalamiento, y se desplaza hacia cómo se interrumpe la continuidad de un comportamiento públicamente rechazado, pero fortalecido por la narrativa de que eran otros tiempos.

Interrumpirse

El artista veracruzano Ulises Carrión desarrolló en 1981 un proyecto de investigación en Ámsterdam sobre el chisme como dispositivo de comunicación. Su interés no era determinar la veracidad de lo que circula, sino entender cómo el lenguaje produce vínculo, cercanía y afectación. El chisme, en su formulación, se sostiene en lo individual, por el placer de compartirse. No busca la verdad, sino la relación.

El rumor, en cambio, opera a otra escala. Deja de pertenecer a quien lo enuncia y se vuelve colectivo. Circula, se transforma, convoca. Produce posiciones. En ese sentido, lo que hoy llamamos funa y cancelación pueden pensarse como formas contemporáneas del rumor: una práctica comunicativa que no se activa para esclarecer los hechos, sino para interrumpir una continuidad: interrumpir trayectorias, prestigios, silencios normalizados. Detener, al menos momentáneamente, la impunidad de quienes han causado daño, salvados por su aportación al arte y la cultura.

Esa interrupción es legítima, sobre todo para las víctimas, quienes ante la falta de justicia o de medios para hacer oír su voz, buscan detener comportamientos abusivos, visibilizar violencias o romper silencios sostenidos durante años. Pero no puede ser un punto de llegada para quienes nos implicamos en una funa o una cancelación.

Interrumpir no equivale a decidir colectivamente qué hacer después, no resuelve cómo sostener la conversación en el tiempo, cómo nombrar los daños con precisión, cómo diferenciar entre abuso, conflicto o malentendido, ni cómo abrirse a la transformación sin borrar la responsabilidad.

Investigar, profundizar en el rumor y sus ramificaciones, no responde a una voluntad de verdad, sino a una necesidad de involucrarse que podemos convertir en participar en conversaciones incómodas.

Escuchar un rumor, formar una opinión, asumir una postura. No como acto de justicia definitiva, sino como forma de ocupar un lugar en una conversación colectiva que aún no sabemos cómo conducir.

Tomar partido

Adrienne Maree Brown, en Contra la cancelación. Y otros sueños de justicia transformativa (2025), aporta un pensamiento importante al debate sobre las consecuencias “nefastas e imprecisas” de ser denunciado en la era de la hiperconectividad. Ella escribe desde la experiencia de los movimientos sociales para señalar un límite de la cancelación, ya que no reemplaza procesos colectivos. Y coincido, sin espacios para la conversación profunda, el error se vuelve insumo para las revistas de sociales y los muros de Facebook, no como aprendizaje de transformación, sino como ámbito comercial del chisme.

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Traigo su reflexión para insistir en una pregunta que ha atravesado este texto: ¿dónde y cómo estamos teniendo conversaciones incómodas sobre el comportamiento tanto de personajes públicos como de personas cercanas? Para obtener reacciones inmediatas o gestos públicos de toma de partido, y también conversaciones largas, las que permiten hablar no sólo del daño causado, sino de los cambios posibles y del lenguaje que hemos ido construyendo para nombrar esa complejidad.

Porque es en lo cercano donde importa reconsiderar cómo nos relacionamos con las personas que han causado daños, o han abusado de sus colegas o amigos. No puedo tomar una postura respecto a qué tenemos que hacer todos acerca de Muybridge, Allen y Polanski, puedo tener una opinión sobre su abuso de autoridad y decidir ocupar su espacio en mi universo personal de referencias con otros creadores más interesantes, pero es en los círculos en los que trabajamos y nos relacionamos donde toca tomar partido.

Maree Brown apela a que tratar de la misma manera el abuso que el error, las fallas y los malentendidos, a través del castigo emocional, psicológico, económico y físico, contribuye a una cultura del miedo, el secretismo y el aislamiento. Cuando toda falta se gestiona desde la expulsión, se debilita la vida colectiva y no siempre se devuelve agencia a las víctimas para dejar de serlo.

A esta advertencia sumaría que la forma en que investigamos, opinamos y tomamos una posición frente a casos mediáticos no puede simplemente trasladarse a los espacios que habitamos. Es cierto que ensayamos un pensamiento cuando nos pronunciamos sobre figuras públicas sujetas al juicio anónimo y distante, pero esa lógica es insuficiente, y a veces destructiva, cuando opera en relaciones cercanas, comunidades de trabajo y procesos colectivos que requieren continuidad.

Hay algo muy duro en este pensamiento, y es que nos obliga a conciliar, a aceptar que en ciertos contextos tendremos que volver a convivir con quien ha causado daño, cuando nuestro deseo inmediato es que desaparezca, sólo que la cancelación no hace desaparecer a las personas.

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En el arte cinematográfico esta pregunta es también urgente, porque hablamos de obras colectivas que podríamos tratar más allá de la lógica de autoría individual del director de una película. Un creador joven señalado por comportamientos abusivos verá interrumpida su carrera y las películas en las que participe serán rechazadas en muestras y festivales; una profesora quedará bajo sospecha permanente por un comentario misógino; un equipo de producción que se ha expresado de forma clasista de los entrevistados en su documental se verá aislado por la comunidad creativa. ¿Este es el horizonte final? ¿La cancelación total como única forma de cuidado?


1 “¿Cómo hacer las paces con la obra de Woody Allen?”, The New York Times, 9 de febrero de 2018, https://www.nytimes.com/es/2018/02/09/espanol/cultura/woody-allen-ao-scott.html [flecha]








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Foto: cortesía de la autora

La archivista y programadora de cine TZUTZUMATZIN SOTO (Ciudad de México, 1985) es licenciada en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y maestra en Comunicación y Política por la UAM. Trabaja con archivos audiovisuales, cine encontrado y exhibición comunitaria. Ha publicado artículos sobre el archivo como espacio para lo político: “Archival Impulse: The Desire of the Narrator” y “Del registro al archivo”, entre otros. Es coeditora de la compilación Cine-Espacios (2023).