Portada del texto 'Alice frente al espejo' por Betty Bitter Bow
Imagen: Alkarin11, Pixabay
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Alice frente al espejo

¿Qué hacemos con la Munro?

LA FUNA LITERARIA

Por Betty Bitter Bow   |    Marzo de 2026


Confieso que antes de que ganara el Nobel, yo no había escuchado hablar de Alice Munro, y como la lectora diletante que era (sigo siendo, a qué mentir), tan pronto supe de su premio, me di una vuelta por la librería para ver con qué me encontraba. Recuerdo que compré El amor de una mujer generosa y su lectura me dejó un sabor incierto, ya sabes, el primer acercamiento a un autor (o autora, claro) del que no te decides a dar por definitivo el torbellino que dejó rondando por ahí, como no queriendo la cosa. Tiempo después leí Mi vida querida y ese libro me permitió entender con claridad indiscutible el poderoso alcance de su pluma. Terminé, desde luego, rindiéndome a su influjo y seguí leyendo sus cuentos a lo largo de los años. Una equilibrista superdotada en el arte de narrar con delicadeza y letalidad en dosis casi iguales. Su perspectiva del mundo femenino al nivel de la filigrana más lesiva me mantuvo atenta a su obra. Todas esas historias discretamente portentosas, narradas en un tiempo de pronto lento, de pronto tumultuoso, que cedían el paso con naturalidad ora a la maldad, ora a la plenitud, ora a la tragedia hicieron de Munro una voz indispensable en mis lecturas.

A querer y no, la Munro se convirtió para mí en una especie de faro alterno, me explico: sin pretender entender el mundo a través de su creación literaria, me resultaba inevitable espejear la actualidad de mi entorno en su cuentística, por ejemplo. Fue una devoción que se forjó de forma inadvertida, por derecho propio, pongámoslo así.

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Imagen: Getty Images

El 13 de mayo del año 2024 me desperté y vi las redes sociales inundadas con el anuncio de su muerte. No exagero si digo que lo viví como la partida de un ser querido, “un ser querido” en su más profundo significado. Luego, con el primer café de la mañana pensé que era lo mejor, al final de cuentas ella llevaba muchos años (doce, para ser precisa) con demencia senil, encerrada en los confines de una residencia geriátrica. Luto. Duelo. Lo normal. Ya sabes. Por eso, lo que vino después abrió una fisura en mis afectos.

AM, una de las escritoras más admiradas de Occidente, tuvo sobre sí los últimos reflectores de la fama, no a manera de despedida honesta sino de escándalo bochornoso: Andrea Robin Skinner, su hija, denunció públicamente haber sufrido abuso sexual en la infancia por parte de Gerald Fremlin, su padrastro y segundo esposo de AM.

Por más dislocado que esté el mundo, el impacto emocional, literario y moral que generaron ciertos detalles de la vida de AM fue por lo menos grave. Hay una premisa indefectiblemente arraigada en nuestra cultura: una madre debe proteger a su progenie por encima incluso de sí misma. El caso Munro, por lo tanto, golpea no sólo la imagen de la escritora sino también nuestra concepción moral e histórica de la maternidad. ¡Oh, cataclismo!, porque esta disonancia se magnifica frente a la esencia creativa de Munro, empeñada en retratar con lucidez y hondura la intimidad femenina, sus temores, deseos, frustraciones, debilidades y contradicciones. Su mirada, para muchos de nosotros, fue la de una curandera sabia, que tenía la inusitada habilidad de llevar a la superficie los sedimentos más rancios de un mundo hecho a la medida de lo masculino. Las revelaciones de Andrea nos obligan a reinterpretar los textos de su madre desde otra lente: la de una mujer que acaso escribía desde la experiencia propia del temor y el sometimiento.

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Imagen: Getty Images

Cuando Andrea reveló los abusos, muchos años después de ocurridos, la respuesta de AM fue proteger a su esposo. Reaccionó con furia y culpó, no a Gerald Fremlin, sino a la misoginia social. Esta respuesta, si bien inexplicable, no es atípica: los entendidos afirman que muchas madres que se encuentran atrapadas en relaciones de dependencia emocional con hombres violentos prefieren negar la realidad con tal de preservar una estructura que juzgan indispensable para la supervivencia.

Si pasamos de la reflexión anterior a los personajes masculinos de la obra de AM, que por lo general son manipuladores, distantes, crueles y, con frecuencia, depredadores sexuales que dominan a un determinado tipo de mujeres: aquellas que carecen de herramientas emocionales para escapar de su control, entonces, estas figuras que antes se percibían como una claridosa denuncia de relaciones abusivas, hoy parecen más bien una velada confesión de sumisión magistralmente diseccionada con profundo conocimiento de causa. Y aquí, cada quien deberá sacar sus propias conclusiones sobre AM, ¿era una víctima lanzando al océano un improbable mensaje en una botella o era una acomodaticia y nada más, pero nada menos?

No es difícil deducir que para AM aceptar la verdad habría significado la destrucción de una vida construida a lo largo de tantos años, por ello, sólo quedaba el camino de la negación, pero, pequeño detalle, negar los hechos implicaba también negar la credibilidad y la dignidad de su propia hija. Se abre ante nosotros, entonces, una posible nueva dimensión de la figura de AM: una escritora genial y una mujer abyecta a un mismo tiempo, ¿qué hacemos con este buscapié? El desafío es complejo; el cerebro humano nunca ha sido bueno para lidiar con las contradicciones.

Antes de confesar mi postura personal, creo justo establecer que, desde mi punto de vista, la potencia literaria de la obra de AM y su excepcional carácter testimonial sobre el universo femenino han salido incólumes de estos hechos tan infortunados. Las historias que AM confeccionó para nosotros sus lectores seguirán brillando con luz propia. Es la imagen de la autora la que cambia radicalmente: ya no es más el tótem de la tribu, se ha transformado de súbito en una mujer vulnerable, atrapada en la cárcel de una relación abusiva cuyos barrotes no son más que el espejismo del miedo. Ahora es uno más de sus personajes, debatiéndose entre las pasiones y la autodestrucción, incapaz de entender el juego de la vida y, por lo tanto, incapaz de salvarse a sí misma.

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Imagen: tama66, Pixabay

En estos tiempos de funa y cancelación, figuras como la de AM son el combustible ansiado para la discusión visceral de cuán superiores somos frente al otro, ni hablar. Lo cierto es que yo ya no puedo leerla con los mismos ojos por más que intente autopersuadirme de nuestra demasiada humanidad. A mí no me es posible aceptar esos extremos de debilidad (mea culpa) en quien alguna vez formó parte de mi olimpo de diosas literarias. Mi mente se negaba a funar a la Munro, pero mi corazón lo hizo sin preguntarle a nadie.






Cuentista y periodista cultural, BETTY BITTER BOW es jefa de Redacción en la revista Biblioteca de México: De Ciudadela a Vasconcelos.