Portada del texto 'Arenas, Sarduy y la maquinaria del olvido' por Judith Navarro
Foto: Gustavo Pérez / Archivo familiar de Mercedes Sarduy / Fundación Cultural Severo Sarduy; elcineescortar.com
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Arenas, Sarduy
y la maquinaria del olvido

LA FUNA LITERARIA

Por Judith Navarro   |    Marzo de 2026


Seguimos necesitados de castigos ejemplares, exigiendo purezas imposibles y deshumanizando al otro cuando su existencia contraviene nuestras expectativas imprecisas. La historia literaria no es un archivo neutro, sino una arquitectura ideológica, una selección deliberada. Las naciones se construyen también desde lo que deciden no recordar. Borrar es una forma de escribir la historia.


Leer y editar siempre han sido para mí ejercicios de escucha: escuchar la voz del autor, la respiración de un texto, incluso los silencios en los que la historia deja cicatrices. Pero también son ejercicios que me obligan a enfrentar los ecos de lo no dicho, de lo que no se conserva, de lo que ha sido deliberadamente borrado.

Hoy vuelvo a escuchar a dos escritores cubanos elididos de la historia de su país: Reinaldo Arenas y Severo Sarduy, víctimas de un borramiento profundo, sistemático, encubierto bajo capas de historia, ideología y silencios institucionales. Estos dos autores me hacen preguntarme qué significa en el presente editar en un mundo donde la censura estatal, el olvido institucional y la funa digital coexisten como formas de violencia simbólica.

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Severo Sarduy. Foto: babelio.com

Nunca he editado a un autor perseguido abiertamente por el poder político, pero sí trabajo con voces que incomodan: publico a pensadores críticos, me vinculo con periodistas que desafían discursos establecidos, con autores que inquietan a sectores conservadores o progresistas por igual. No puedo negar que me pone nerviosa: temo que simpatizar o colaborar pueda interpretarse como una adhesión a su postura personal, temo que se me adjudique un pensamiento que no es mío (aunque a veces lo sea y yo no tenga el valor de expresarlo); pero trato de recordarme que los autores no son mis hijos ni mis espejos morales: mi obligación es cuidar su texto, no su vida. Mi oficio requiere distinguir entre el pensamiento ajeno y el propio, incluso cuando eso resulte incómodo para quienes proyectan sobre una editorial la tarea de tomar partido.

Ese aprendizaje, sin embargo, se vuelve más complejo cuando un autor ya publicado es acusado de conductas graves. Entonces, la separación entre obra y persona deja de ser un debate teórico y me obliga a tomar decisiones, lo que hago desde un lugar profundamente humano: he rechazado apoyar carreras de personas que (con evidencia directa, cercana) creo lógico que hayan cometido abusos. También he decidido no sumarme a funas que sé que muy probablemente son infundadas cuando conozco la otra parte de la historia.

Mi brújula no es la conveniencia, sino la responsabilidad de no contribuir al daño, y en ocasiones, eso implica perder un libro que podría haber sido rentable; otras, arriesgar la reputación de la editorial al sostener a quienes considero víctimas de acusaciones injustas. Pero así como no puedo convertir a la editorial en un tribunal, tampoco puedo convertirla en un refugio de la impunidad.

En ese vaivén ético, releo hoy la carta de despedida de Reinaldo Arenas. Cuando escribe “Cuba será libre. Yo ya lo soy”, siento un nudo en el estómago; pienso en un hombre que encontró la libertad en la muerte porque su país le negó cualquier otra manera de vivirla. El exilio lo salvó de la cárcel, pero lo condenó a otra forma de asfixia: la imposibilidad de regresar, la pérdida de los suyos, la ausencia del reconocimiento que sólo el país propio puede conceder al enorgullecerse de sus ciudadanos. Me duele que un escritor haya tenido que despedirse desde una libertad que sólo pudo existir cuando su cuerpo estaba a punto de dejar de ser perseguido.

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Reinaldo Arenas. Foto: Aids Memorial

Esa frase me lleva a recapitular sobre la libertad de un autor, que puede fracturarse desde varios frentes: desde el Estado, desde la sociedad, desde la intimidad; también me hace pensar que mi oficio, aunque modesto, tiene la tarea de procurar la libertad que otros espacios no garantizan.

Pienso también en algo que conversé hace poco con quien fue mi asesor de tesis, Alejandro González Acosta, investigador de origen cubano al que debo muchas tardes de café, cocina y discusiones sobre la cultura de su país. Él apuntaba que la historia oficial pudo haber borrado a Arenas, pero nunca logró silenciarlo del todo. “La censura —me dijo— siempre genera los mecanismos para evadirla. Basta prohibir algo para hacerlo más apetecible”. Me contó que los libros de Arenas circulaban clandestinamente de mano en mano, con el compromiso tácito de leerlos en unas horas y pasarlos al siguiente lector, “siempre con la espada de Damocles sobre la cabeza”; que algunos los forraban con portadas de discursos de Fidel o de obras de Marx y Lenin para despistar la vigilancia. Saber eso de su voz (de alguien que vivió la censura en carne propia) me muestra que el borramiento casi nunca es total: la literatura, tarde o temprano, encuentra los resquicios.

Leer a Arenas y a Sarduy desde México en 2026 también me hace consciente de mis privilegios: a pesar del machismo, la homofobia y la violencia estructural que aún nos rodea, vivimos en un país donde la represión estatal hacia la disidencia sexual ya no opera (al menos oficialmente) al modo brutal de los años sesenta y setenta en Cuba. La violencia simbólica, social o discursiva sigue presente, pero el Estado ya no puede encarcelar abiertamente a un escritor por su orientación sexual. Ese contraste no minimiza nuestras fallas, pero sí subraya que ese entorno no puede compararse con el nuestro: ellos vivieron bajo un sistema que sancionaba su cuerpo y su voz como peligros políticos.

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Celestino antes del alba es la novela debut de Reinaldo Arenas y la única obra que pudo publicar dentro de Cuba, en 1967, pero la burocracia del régimen la marginó por considerarla contrarrevolucionaria, de ahí que se convirtiera en un texto buscado secretamente por lectores jóvenes.

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El mundo alucinante, escrita en 1966 y obra cumbre de Arenas, fue censurada por su sátira subversiva y circuló en la clandestinidad. El manuscrito logró salir de Cuba en 1968, fue publicado originalmente en francés por Éditions du Seuil y luego en español por la editorial mexicana Diógenes en 1969. Nunca ha visto la luz pública en la isla.

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Tras la muerte del autor en el exilio, se publicó Antes que anochezca, pero estando aún en Cuba, ya se intercambiaban sus memorias en manuscritos o ediciones extranjeras contrabandeadas entre sus allegados, debido a la fuerte crítica al sistema.

Frente a eso, la funa contemporánea parece un fenómeno más difuso, más horizontal, pero no por ello menos devastador, pues es una acción colectiva que destruye emocionalmente, produce vergüenza, inhibe la vida pública, distorsiona la percepción de quienes la sufren. En la funa, si bien no hay cárceles, hay multitudes anónimas que infligen castigos en nombre de una moral no siempre clara. No sé qué forma de violencia es peor, pero sé que ambas revelan algo que me alarma: seguimos necesitados de castigos ejemplares, exigiendo purezas imposibles y deshumanizando al otro cuando su existencia contraviene nuestras expectativas imprecisas.

Al colocar a Arenas y a Sarduy uno junto al otro, comprendo mejor la profundidad de ese borramiento: ambos fueron perseguidos bajo el pretexto de su homosexualidad, pero lo que realmente se castigaba era su pensamiento libre. El Estado los convirtió en figuras en las cuales proyectar una amenaza moral; pero el problema de fondo era su disidencia, su lucidez, su capacidad de pensar fuera del relato oficial. La homosexualidad fue el argumento; la libertad de pensamiento, la verdadera amenaza: lo intolerable era su modo de ver el mundo desde un exceso que no acataba los límites del realismo socialista, ni el orden de la revolución, ni la sobriedad ideológica.

En ese contraste suceden dos modos de desaparición que, aunque distintos, comparten la raíz: la voluntad de un poder estatal, institucional o ideológico de controlar qué voces merecen memoria. En el caso de Sarduy, ese borramiento fue más silencioso, más insidioso: el del archivo cultural. No hubo contra él un caso público de escarnio ni acusaciones específicas desde un tribunal; su borramiento fue más hondo porque no se anunció, por el contrario, consistió en no nombrarlo, no incluirlo en programas educativos, no integrarlo al canon, no reconocer su lugar en la tradición literaria cubana. Ese silenciamiento institucional, ese “borrón” que dejó fuera a una de las voces más brillantes del neobarroco latinoamericano, es quizá más devastador que la persecución frontal. Porque no deja huella visible: simplemente hace que parezca que el autor nunca existió; y sabemos que un escritor sin archivo es un escritor muerto para la historia.

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Gestos es la primera novela de Severo Sarduy. Narra la vida de una cantante en la noche habanera, en el contexto de la Revolución cubana, con una “escritura gestual” influida por el expresionismo pictórico. Portada original de Seix Barral, Barcelona, 1963.

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Cobra, novela ganadora del Premio Médicis Extranjero 1972, es una obra clave para entender la exploración del travestismo, el cuerpo como texto y el estilo literario neobarroco de Sarduy.

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De donde son los cantantes, de 1967, se considera una de las obras más importantes de Severo Sarduy, un alud de influencias culturales cubanas —española, africana y china—, que rompe en definitiva con el lenguaje tradicional.

Arenas, por su parte, padeció el otro extremo del mismo gesto: la censura explícita, brutal y pública, esa que persigue cuerpos, encarcela disidencias y convierte la literatura en una amenaza. Si Sarduy fue borrado mediante la omisión, Arenas fue borrado mediante el castigo. Uno se diluyó en los márgenes del canon; el otro fue expulsado del país, de la historia y casi de la vida misma. Pero ambos comparten la herida propiciada por un Estado incapaz de tolerar la libertad intelectual y la imaginación radical.

Acercarme a estos autores me deja claro que la historia literaria no es un archivo neutro, sino una arquitectura ideológica, una selección deliberada. Las naciones se construyen también desde lo que deciden no recordar. Borrar es una forma de escribir la historia. En México lo he visto muchas veces: autores sin apoyos institucionales que desaparecen de las conversaciones literarias; artistas cuya obra no circula porque no pertenecen a los grupos correctos; talentos reducidos al chisme, al escándalo o a la burla, sin que su obra tenga la oportunidad de hablar por ellos. Borrar a veces es simplemente no mirar.

Como editora, he visto también la otra cara: carreras impulsadas por conexiones más que por calidad; oportunidades literarias reservadas para quienes tienen capital simbólico o económico. He visto carreras destruidas por rumores malintencionados convertidos en “verdades” por la aceptación social. También he sido víctima de esa violencia. Por eso me inquieta ocupar, sin querer, el lugar de la censora; por eso me esfuerzo en recordar que mi responsabilidad editorial no consiste en proteger mis afinidades personales, sino en propiciar la pluralidad.

Hay libros que he editado con entusiasmo sin compartir la postura del autor, pero sosteniendo la importancia de sus ideas; también hay libros que he rechazado no por su calidad, sino por cuestiones éticas que no puedo pasar por alto. La edición no implica neutralidad absoluta ni es un sistema de favoritismos, sino una práctica humana y, por ello, frágil. Mi aportación consiste en un ejercicio que no siempre logro: abrirme a perspectivas distintas de las mías y empeñarme en difundirlas con la misma dedicación para aquellas con las que coincido.

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Severo en su casa, 1971. Foto: Antonio Gálvez / Centro Virtual Cervantes

Los dos cubanos de los que hablo aquí me enseñaron algo que se ha vuelto clave en mi trabajo diario: no hay literatura sin riesgo. Ellos escribieron aun cuando sabían que podían perder todo: el país, el cuerpo, la reputación, la vida; su fuerza no está sólo en sus obras, sino en haberlas mantenido contra cualquier expectativa. Quisiera aprender de ellos esa valentía, ese compromiso con la libertad incluso cuando el mundo parece ensañarse contra quienes la ejercen. Quisiera aprender a sostener mis decisiones editoriales sin miedo, a confiar en que la defensa de las voces complejas es más importante que la comodidad personal.

Editar también genera miedo: a las interpretaciones, a las lecturas malintencionadas, a la violencia de las redes, al peso de la opinión pública que hoy se convierte tan fácilmente en castigo. En un mundo donde una frase puede convertirse en una bola de nieve cargada de odio, ¿cómo no detenerse antes de publicar algo que quizá desencadene un linchamiento? Con frecuencia pienso que mi temor acabaría si llegara el día en que las ideas se debatieran con respeto, si disentir no significara exponer a alguien a la aniquilación moral. Sé que es ingenuo esperarlo.

En este contexto, el cierre de la carta final de Arenas vuelve a doler: “Cuba será libre. Yo ya lo soy”. Él encontró en la muerte una libertad que no le fue concedida en vida. Yo, desde mi oficio, reflexiono sobre la libertad que el libro puede ofrecer: no siempre al autor, no siempre al lector, pero sí a la conversación pública que resiste el borramiento. Los libros pueden ser espacios donde la complejidad tiene lugar, donde la disidencia puede pensarse sin la urgencia del castigo, donde la pluralidad no es amenaza sino patrimonio.

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Reinaldo Arenas, con chaqueta azul, y Juan Abreu, paseando por las calles de Nueva York. Foto: archivo personal

Con esa gran voz silenciada en mente, la de Arenas, digo que editar significa algo simple de pronunciar y difícil de sostener: evitar que la desaparición se complete, mostrar la voz de quienes cuestionan, la pluralidad de perspectivas incluso cuando contradicen mis propias ideas. Aunque a veces esto se me vaya de las manos, creo que la literatura no puede medirse por la pureza moral de quien la escribe, sino por la potencia con que nos obliga a pensar. Editar, entonces, no es solamente hacer público un texto, es también asumir una responsabilidad frente a la fragilidad de las voces y aceptar que toda publicación implica un riesgo. Cada libro que sale al mundo es una forma de ir contra el borramiento, el estatal, el institucional, el digital, el emocional…

Estos exuberantes cubanos me recuerdan que escribir no garantiza la libertad del cuerpo, pero sí la de la palabra, que es la única que depende de mí.







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Foto: cortesía de la autora

La editora y docente JUDITH NAVARRO SALAZAR (Zacatecas, 1980) es licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas y maestra en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México, y en Marketing y Comercialización Estratégica por la Universidad Panamericana; tiene formación complementaria en edición, diseño editorial, traducción, filología, fonología, fonética y mercadotecnia editorial. Imparte materias teóricas de traducción en la licenciatura en Lenguas Extranjeras de la Universidad Autónoma de Zacatecas y es directora de Texere Editores, una empresa cultural zacatecana que, a 16 años de su fundación, se ha convertido en proyecto generador de dinámicas que buscan propiciar la plenitud de las personas por medio de la edición y la difusión de conocimiento.