Portada del texto 'La funa también es un corazón roto' por Héctor Avélica
Foto: Rasa Damkauskiene
Inicio

La funa también es
un corazón roto

LA FUNA LITERARIA

Por Héctor Avélica   |    Marzo de 2026


Cuando no sabemos qué hacer con los señalados por la funa es porque tampoco sabemos qué hacer con nosotros mismos. A la luz de los eventos aberrantes en los que Elena Garro se vio involucrada, ¿puedo renegar de ella y vaciarme voluntariamente de aquella reverberación de un tiempo y un espacio histórico y emocional propios que encontré en su lectura?


Siento una gran antipatía por el adjetivo “interesante”. Sobre todo, en el ámbito de las experiencias artísticas. Cuando se convive con escritores, cineastas y académicos de diversas especialidades, conversar acerca de una novela, una obra de teatro o una película, el adjetivo no sólo recurrente, sino casi superlativo, es interesante. El entusiasmo por compartir una experiencia artística se reduce a un intercambio de impresiones expresadas desde una sana distancia de la obra.

Interesante quiere decir que tenemos una capacidad intelectual suprahumana que se sobrepone al cuerpo y sus circunstancias emocionales. Interesante denota una carencia de pasiones. Si nos apegamos al uso popularizado de ese adjetivo, su imagen sería un cerebro en la ópera.

En el artículo Sentipensares del cuerpo. Un relato situado sobre la ética y filosofía feministas, Maryam Pando Amezcua sustenta que separar el pensamiento del cuerpo no sólo es imposible, sino que, además de ser una terquedad blanquita y masculina, seguramente nos ha robado parte importante del conocimiento:

Dorothy Smith, en su libro The Everyday World as Problematic (1987), argumenta que la vida cotidiana no está opuesta al pensamiento, sino que es su punto de partida: pensar comienza en el cuerpo, en lo que sentimos, hacemos y observamos. Smith narra cómo durante su carrera como profesora, sentía estar viviendo dos subjetividades: la de casa y la de universidad, las cuales no podían combinarse. No lograba conectar su trabajo en casa con la Sociología que enseñaba. En la universidad, el cuerpo está ahí, realizando actividades de enseñanza, pero el trabajo no estaba realizado por ese cuerpo ni en relación con ese cuerpo.1

En la figura del lector creada y recreada por Steiner, la lectura es una hermenéutica del mundo, que abarca desde el campesino leyendo las nubes, pasando por un asistente a una sala cinematográfica, hasta un adolescente escuchando un disco en soledad; la experiencia lectora necesariamente atravesaría el cuerpo, sus sensaciones y las consecuencias de este ejercicio. No existe la lectura meramente intelectual —¿de qué constaría esta experiencia, entonces?, ¿cómo podría compartirse?—, creamos lazos indestructibles con la obra y los extendemos al autor. Lo interesante no existe, existe la experiencia que nos marca, igual que nos marca un amor.

Así, dado que el acto de la lectura nos abarca totalmente, y se hace desde la entrega amorosa, cuando un autor o una autora comete un acto reprobable, cuando expresa una idea cuestionable (que muchos podríamos repetir en la convivencia), va construyendo un discurso de odio hacia lo que nos parece históricamente vulnerable, y lo vivimos como una traición amorosa: es personal y no hay manera de que no lo sea. Esta traición nos atraviesa por todo lo que somos, es un desgarro en ese pacto secreto que, según George Steiner, establecemos con los libros, con cualquier obra de cualquier arte. No sólo dudamos de la persona autora, sino de la honestidad de su obra: “Mi amor, me traicionaste, exijo el hielo del exilio para ti”.

¿Podemos, debemos separar la obra del autor?

[avelica_1_elena]
Fotografía de Elena Garro. Memorias de España, por Editorial Paralelo 21, en Mujer es Más.

Elena Garro es mi caso particular de autora funable y, sin embargo, jamás voy a dejar de leerla. Razones sobran:

Hacía varios días que de noche la casa de Eugenio cambiaba de lugar. De día estaba a espaldas de la avenida de los Insurgentes, de noche no se sabía a dónde la llevaban. Antes la casa había sido sedentaria, ahora se había convertido en andariega y vagabunda.2

Y Matarazo no llamó…, un breve dispositivo, casi de bolsillo, y dos veces breve como las grandes novelas mexicanas, me remite a mi propio cuerpo, a tres momentos de mi pasado: primero, mi adolescencia última en 1985 y mis primeras incursiones en la noche de esta ciudad oscurecida por judiciales, patrullas, razias, prohibiciones, arrestos a discreción de la policía, esa tiniebla que significaba vivir bajo el régimen del PRI. El segundo es el de aquel lector joven de novela negra que fui, siempre a la espera de una obra que representara esa penumbra a la que los adultos se habían acostumbrado hasta obviarla. El tercero es el del estudiante que se topó en la librería Gandhi con Y Matarazo… en aquel 1991, la compró y ahí mismo se puso a leerla. A las dos páginas ya se había apoderado de mí toda esa oscuridad, tejida por Garro y arrastrada desde la década de los cincuenta hasta mi 1985 personal (ni siquiera Taibo II había logrado ensombrecer la ciudad y el ánimo de sus habitantes como lo hace esta novela). Aún hoy, al toparme con el libro, con el nombre de Elena Garro, vuelvo a las sensaciones de mis distintos pasados, de la ciudad y del funesto poder del PRI en todo el país. Mi defensa de Y Matarazo… no sólo proviene de mi inagotable educación sentimental en la ficción, también la defiendo como obra literaria. No hace mucho su calidad era una discusión en la que el genio de Elena siempre salía ninguneado, una obra bien escrita y ya: interesante. Garro está incluida en la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy, Ocampo, y nada más.

La oscuridad siempre se abrió paso para encontrar a Elena Garro. Por desgracia, también ella encontró el camino hacia la oscuridad de ese México del PRI.

No voy a cuestionar lo que sucedió ni lo que pudo haber sucedido con ella, del PRI del 68, de la CIA; si fue soplona o colaboradora de los gringos, si tuvo que ver con el encierro de Revueltas en Lecumberri y más cosas terribles: para mí sí lo hizo, sí es culpable. Hay pruebas, documentos desclasificados y demás. No quiero ir más a fondo, cualquiera puede encontrar la información sin mayor esfuerzo. Para mí, Elena Garro traicionó a mucha gente, incluidos los suyos; traicionó sus ideales y su praxis de la lucha. Muy probablemente sus declaraciones llevaron al derramamiento de sangre.

La funa tiene dos caras: una, la del desencantado que abre y cierra el libro amado con culpa, con la rabia que siente hacia la persona autora, pero que no puede renunciar a las cosas entrañables que siente por la obra. Otra, la de quienes quieren incendiar el Faro de Alejandría en nombre de algo que supera por mucho a un simple libro; siempre se escudan detrás de los vulnerables.

[avelica_2_fuego]
Foto: Iryna Taranovska

He aquí la paradoja de Elena: la pluma que retrató de manera tan fiel cómo las meras sombras del poder oscurecen la vida pública a pleno sol es la misma que firmó cartas públicas indignantes y que escribió los nombres de sus compañeros de lucha.

Aunque si algo hizo bien fue luchar por los oprimidos, no como una abstracción desde la palabra impresa, sino presencialmente. Los artistas son contradictorios, tal vez porque sólo son seres humanos, como nosotros. Cuando no sabemos qué hacer con los señalados por la funa es porque tampoco sabemos qué hacer con nosotros mismos.

Para Tarkovski el cine, el arte es sí y sólo si es un registro del paso del tiempo por las cosas. Nosotros formamos parte de esas cosas, el paso del tiempo no como sistema cronológico de la historia, sino como la sustancia que sostiene todo lo que somos y todo lo que hay en el cosmos. Somos el receptáculo donde queda registrado el paso del tiempo cuando experimentamos el evento artístico.

[avelica_matarazo]

No tengo idea de quién sería yo sin haber leído Y Matarazo… pero esa lectura me ha formado de tal manera que el registro del tiempo pasa incluso por mi idea de Elena Garro. Después de su lectura encontré la reverberación de un tiempo y un espacio histórico y emocional propios. A la luz de los eventos aberrantes en los que se vio involucrada, ¿puedo renegar de ella y vaciarme voluntariamente de esa reverberación? Y si pudiera hacerlo y además pudiera llenar ese vacío con la obra de un autor impoluto, ¿quién podría remplazar con sus palabras esa oscuridad que ella me regaló y en la cual me puedo reconocer? Lo siento, no cambio a Y Matarazo… por todos los libros de Saramago, a quien admiro moralmente. Pero les cambio a la persona de Elena Garro por la persona de José Saramago, aunque a este último no lo lea.

Nuestras experiencias artísticas son insondables, no pueden ser sustraídas con el fin de borrar de nosotros el mal que pudieron haber cometido las personas autoras. La funa de obra como purga moral es imposible, es una mera fantasía porque no hay experiencia imparcial. No hay interesante. No hay “sólo pensar y no sentir” frente al trabajo académico, porque el pensar comienza en el cuerpo, en lo que sentimos, hacemos y observamos, tal como lo afirma Dorothy Smith. A todos nos habita el lector hermeneútico de Steiner que comprende el cuerpo y la mente-cerebro, donde sucede la lectura y queda registrada con y por sus emociones.

Garro está recuperando su lugar en la literatura poco a poco, gracias a las reivindicaciones de género, a su calidad como artista y al ejemplo que dejó del daño que el machismo les ha hecho a las mujeres y cómo nos ha afectado a todos. En la época actual seguramente recibiría el Premio Princesa de Asturias. En los siglos pasado y presente, hay pocas prosas en español como la de Elena Garro.

Debido a ese maltrato que recibió de Octavio Paz (otra vez el machismo), a Garro también se le erige como santa y mártir. Tal vez no merezca homenajes por ese aspecto de su vida pública, tal vez nadie los merece, porque qué carajos es un merecimiento, ¿podríamos separar el homenaje entre la obra y la persona? ¿En verdad no le debemos nada de lo que somos a Polanski, a Woody Allen, a Vargas Llosa, a J. K. Rowling? ¿Necesariamente hay que elegir entre funar y adorar? Quizá el mal comienza con esta adoración por las figuras públicas como gurúes que guían nuestras vidas. ¿Cuándo comenzamos a pensar, a necesitar creer que la obra es la propia guía del autor en su vida moral?

[avelica_pitia]
Pitonisa en el Oráculo de Delfos, antigua Grecia. La pitia, de Jacek Malczewski, 1917, óleo sobre lienzo, Museo Nacional de Cracovia. Imagen: commons.wikimedia.org

Estoy seguro de que hay que aceptar que la autoría corre por cuenta de un ser imperfecto y funable como cualquiera de nosotros, estamos hechos de emociones que no sabemos cómo van a manifestarse, ni en la vida pública ni en la privada.


1 Maryam Pando Amezcua, “Sentipensares del cuerpo. Un relato situado sobre la ética y la filosofía feministas”, Zona Franca, 24 de noviembre de 2025, https://zonafranca.mx/opinion/sporadikus/sentipensares-del-cuerpo-un-relato-situado-sobre-la-etica-y-filosofia-feministas/ [flecha]

2 Elena Garro, Y Matarazo no llamó..., Editorial Grijalbo, México, 1991, p. 7.[flecha]








[avelica_4_autor]
Foto: cortesía del autor

El poeta y narrador HÉCTOR AVÉLICA LEYVA (Guadalajara, Jalisco, 1967) ha publicado en distintas antologías de cuento y diversos géneros como artículos literarios, poesía y ensayo en revistas. Se desempeña como guionista, desde hace treinta años, en comedia y melodrama para cine, televisión y radio.