Portada del texto '¿Guadalupe Victoria o Dora la Exploradora?' Charla con Paco Ignacio Taibo II
El desayuno, El almuerzo, Trabajadores desayunando u Obreros comiendo, de Pablo O’Higgins, litografía a lápiz, 1943.

¿Guadalupe Victoria o Dora la Exploradora?

Los caminos de recuperación de la identidad

MEMORAMA

Charla con Paco Ignacio Taibo II   |    Septiembre de 2025

“Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,/ mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,/ fieramente existiendo, ciegamente afirmando,/ como un pulso que golpea las tinieblas…” ¿Cómo quieres ser? Cuando sea grande, quiero ser como un pulso que golpea las tinieblas. De tal manera se grabó esa frase de Gabriel Celaya en mi memoria.


En un mundo donde el vértigo de la información parece dejar poco espacio para la reflexión, detenernos a mirar el pasado se vuelve un acto de resistencia. La historia y la literatura —dos territorios inseparables de la memoria— nos permiten comprender no sólo lo que hemos sido, sino lo que somos y lo que podríamos ser. En este contexto, la labor del historiador y del escritor, pero sobre todo la del divulgador, adquiere una relevancia que va más allá del campo académico o artístico: se convierte en una forma de preservación de lo humano. Bajo esta premisa, entrevistamos a Paco Ignacio Taibo II, uno de los personajes más controvertidos de la escena nacional actual, pero también uno de los más populares entre el público joven, y que tiene mucho que decir del tema que nos ocupa en este número de la revista.

Para hablar de la memoria, no se nos ocurrió un mejor personaje que tú. Porque eres un escritor y un creador multidisciplinario que ha enfocado su trabajo en la divulgación de la historia y el fomento a la lectura, y estas son actividades íntimamente relacionadas con la memoria. Entonces, quisiéramos preguntarte en primer lugar, en lo personal, ¿cuál es tu motivación primordial para acercarte a la historia de México? Pues eres especialista en el tema.

Curiosamente, tiene que ver con una estructura familiar. En las conversaciones de sobremesa se repasaba el pasado político de la familia, de forma cíclica: las experiencias de mi tío abuelo como director de un periódico socialista, la participación de mi otro abuelo en la guerra civil española, como comisario político en un batallón de mineros. Ese mundillo político me vino persiguiendo durante toda mi infancia. Mi familia giraba en torno a la sobremesa. Era como el momento obligado de hablar de cosas serias, lo mismo podían ser las vivencias de mi tío abuelo en una cárcel durante la guerra, que la última novela de Ray Bradbury. A los 12 años yo estaba viendo qué aprendía y siguiendo la recta. Un tema que te va dejando marcado es el problema de la memoria familiar. Cuando mi familia se exilia en México, yo conservo esta huella de la memoria familiar, y a la primera oportunidad que tuve como escritor, me fui a escribir la historia de la Revolución del 34.

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Trabajadores arrestados por la Guardia Civil y la Guardia de Asalto durante la revolución de Asturias, 1934. Foto: Concern Illustrated Daily Courier, Archivos Digitales Nacionales de Polonia, Wikimedia Commons

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Esa iba a ser mi segunda pregunta: ¿en qué momento dices “Ahorita yo me siento y me arranco”?

Ahí está. Me puse a recuperar la historia familiar y dediqué dos años de mi vida a rehacer la historia de la Revolución del 34, incluidas las intervenciones de abuelos, tíos, mi otro abuelo, que contrabandeaba armas. Pero también hice 400 entrevistas a participantes, súper bien, y me metí en los archivos. Fue mi primer trabajo serio como historiador, se convirtió en un libro que primero salió editado en fascículos, luego en edición normal y se acaba de reeditar por sexta vez, o algo así. Con esa experiencia en el clóset, se fue armando y conjugando otra experiencia vital: a un niño de 9 o 10 años, lo transportas de continente y le dices: “Los ríos ya no son el Duero y el Ebro, son el Usumacinta y el Bravo”. Y tú: “¡Ay, güey!”. Y el 21 de marzo es san Benito Juárez, pero antes era Día de la Primavera. A ese niño le cambian todos los referentes que tiene. Lo único que sobrevive es mi cultura de lector de novela de aventuras, de tal manera que no me cuesta trabajo saber cuánto es una milla náutica, dónde está la proa y la popa de un barco, de dónde son las plantas venenosas más chingonas en el planeta, cuál es la diferencia entre un tigre africano y un tigre de Bengala. Toda mi cultura de lector infatigable de niño permanece, pero todo lo demás se mueve, y se mueve gacho. Cuarto de primaria, quinto de primaria, sexto de primaria, proceso de reconcentración para aprender las fechas. Entonces, todo va bien. Sobrevivo. A fines o mediados de los 60 empiezo a militar. Termino alfabetizando a obreros en Xalostoc, de donde nos saca la policía a punta de pistola porque es pecado alfabetizar a los obreros, y mi mexicanidad se vuelve ficticia. “¿Y usted de dónde viene?” Ya para entonces había yo abandonado el acento español, en chinga, porque, ¡ay!, ese tema de bullying en la secundaria...

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Alfabetización, de Luis Arenal, grabado. Imagen: Colección Blaisten

Pero en tu casa sí lo usabas. O sea, lo dejabas fluir.

No, no. El proceso de nacionalización tiene que ser cerebralmente integral. Entonces, nada de que en casa hablas con la c y en la calle con la s. No, ni madres. Hablas con la s mañana, tarde y noche para que no te cachen. Y a la pregunta —cuando estás en Xalostoc— “¿Y usted de dónde viene?”, yo usé, durante años, el ambiguo “Del norte”. Y el norte podía ser que yo había nacido en Chihuahua o en la Escandón o en Ecatepec, el norte de la Ciudad de México, el norte del país, el norte de la nada. A medida que las persecuciones contra el movimiento estudiantil en el 68 se volvieron más rasposas todavía, pues más del norte era yo. “¿Y usted de dónde es?” “No, yo del norte.” Y ya para esas horas, sabía un chingo sobre el Bravo, el Usumacinta, y había empezado a rolar país. A partir del movimiento del 68 nos dimos cuenta de que había un vacío generacional cabrón —y te llevo a la respuesta a tu primera pregunta—, porque ¿cuál es la memoria política del movimiento del 68? Reflexionamos y éramos el Che, la Revolución cubana, Ho Chi Minh, el nacionalismo radical africano, Lumumba. Nuestros referentes eran internacionales. Pero después del 68, una parte de mi generación se hizo la pregunta “Y nuestros referentes mexicanos, ¿cuáles son?”. Varios de nosotros necesitábamos un proceso de redescubrimiento de lo mexicano, que nos lleva a la historia, nos lleva a la memoria. O sea, el punto de partida fue que la memoria colectiva de un movimiento social no tenía memoria, había que buscarla. Su pasado más inmediato era los ferrocarrileros de Vallejo.


O la tenía, pero estaba bajo el polvo.

No, no estaba bajo nada. Pregúntale a un sesentayochero que qué chingados sabía de la historia de México y si apreciaba o no al cura Hidalgo. Un sesentayochero honesto te dirá que el cura Hidalgo le valía madres. No forma parte de su memoria para nada. Ni siquiera Zapata… Jaramillo a lo más, porque acababa de ser asesinado. Era una generación que se construyó con parámetros internacionales. El mayo francés, el mayo checoslovaco, los movimientos de la izquierda radical argentina, los encierros de los intelectuales en Barcelona. Nuestras fuentes vitales de información no eran mexicanas. Entonces, después del 68 empieza el proceso. Para mí en lo particular empezó de una manera tortuosa. Yo odiaba a Hidalgo, no me interesaba, la Independencia me valía sombrilla, y de repente, en esta preocupación de dónde está la mexicanidad que heredo —y volviéndome mexicano a huevo—, empecé a escribir novelas que suceden en la Ciudad de México, en lenguaje popular. Y que descubro a Hidalgo. El descubrimiento me sorprendió de tal manera que terminé escribiendo un libro que se llama El cura Hidalgo y sus amigos partiendo de “Ah, caray, aquí hubo una revolución y no me enteré”. De ahí vengo, y luego…, después de descubrir a Hidalgo descubro a Villa, y después de descubrir a Villa descubro la Guerra de Reforma, y después de descubrir la Guerra de Reforma me escribo tres tomos, y eso me va conduciendo hacia el debate sobre la memoria, que es un debate ya, ahora sí, totalmente nuestro: de dónde venimos, quiénes somos, a dónde vamos. Es memoria social. Empecé en lugares muy raros: la huelga inquilinaria del 22 en Veracruz y hasta la Ciudad de México —mi primer trabajo de investigación chilango—, la guerra contra los gringos, la entrada al archivo de Valadés,1 mis escritos sobre el movimiento obrero en los años 20, y eso ya te pone a bailar de un lado a otro. Luego los grandes hitos, que son los libros que me consumieron años: sobre el 34 español —mi primera gran deuda—, El Che —mi primera gran deuda generacional— y luego el general Álvaro Obregón, Pancho Villa, los liberales de Patria, y entras en una cadena de batalla contra la historia de bronce priísta, la historia inexistente panista y la falta de memoria histórica concreta. Porque tú puedes tener tres memorias: una memoria personal, que está ligada al pasado familiar, a las andanzas y a tu abuelito; esa memoria personal que se va intrincando y que es, en mi caso, la memoria del movimiento del 68, la del 10 de junio [del 71]. En segundo término, la memoria de recuperación, en la medida en que estás en algún lugar, por ejemplo en el movimiento sindical como organizador, y empiezas a estudiar el movimiento de los tranviarios: entro a trabajar al CEMOS2 y empiezo a hacer investigaciones ya puntuales sobre esto, sobre lo otro, todo ligado al trabajo que estoy haciendo de organización de sindicatos, y por lo tanto hay una memoria, digamos, asociada a tu vida política. Y luego, pues hay un debate general cuando llegas con los adolescentes y les dices: “Compadre, ¿Guadalupe Victoria o Dora la Exploradora?”, porque ese es mi trabajo en los últimos diez años, intenso.

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Mitin improvisado, de Leopoldo Méndez, linograbado, 1943, Taller de Gráfica Popular. Imagen: Blanton Museum of Art, Universidad de Texas en Austin, regalo de Alexander e Ivria Sackton, 1986.361.12

¿Es un trabajo de resignificación, digamos?

Absolutamente. De construcción de memoria colectiva, general, de mexicanidad. Ahora, esto me lleva al último trabajo que estoy haciendo para televisión, una serie que se llama Identidad, y la pregunta continuamente es ¿identidad con qué?, ¿identidad?, ¿con qué me identifico? Entonces hay una recuperación con los niños héroes —que no eran seis, eran 140—. Cuentas y cuentas, y vas reduciendo a anécdota viva, a chisme y a reflexión política, mecanismos que construyen identificación, memoria al fin y al cabo. Tu memoria a estas alturas, la mía, ya es un conglomerado de esos tres caminos de recuperación de la memoria.


Entonces tú te autoformaste como historiador.

Sí, porque no me gustaba la historia académica.


¿Disfrutas el trabajo de recuperación de estos archivos y documentos, o más la escritura?, ¿las dos?

Qué va, un buen día del archivo de Relaciones Exteriores,3 en el convento, donde descubres a la bola de chismosos, culeros y asquerosos que denunciaban a Pancho Villa y los consulados mexicanos gringos, es delicioso, la investigación de campo. De hecho, de repente llego al Fondo Basave, en la Biblioteca de México,4 y me dice el bibliotecario: “Pero aquí no vienen investigadores”, y le digo: “Pues es el mejor fondo de folletos que hay en el país”, y dice: “Sí pero mandan a alumnos que no saben nada”. La academia durante mucho tiempo usó trabajo esclavo, o sea, tengo un alumno: “Ve e investígame esto”. ¿Cuál es el problema de este trabajo esclavo? Que no tiene guía de investigación. ¿Por qué? Cuando el trabajador esclavo… —pobrecito, que está ahí porque lo mandó el maestro a averiguar— busca en la primera plana a ver qué decía de la entrada de los zapatistas a la Ciudad de México, pasa por alto el anuncio que había hasta abajo, que decía Sombreros Tardan al 50 %, pero yo, que investigo de a de veras, rápidamente bajé la mirada y lo vi y dije: “Carajo, Villa está comprando sombreros para toda la División del Norte”. Cuando investigas con conocimiento de causa y en profundidad —y ya me ha pasado mil veces a lo largo de mi vida—, vas descubriendo cosas que aparentemente son insustanciales y que se vuelven ejes de la historia. Lo mismo me pasó con Villa, con el Che, con el 34.

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El gran guerrillero Francisco Villa (1877-1923), de Adolfo Quinteros, litografía, ca. 1950, Taller de Gráfica Popular. Imagen: Hecho a Mano

O con Santos Degollado, que mejor tocaba el violín en la catedral, o quien trabajaba como dependiente en una tienda, ¿quién era?, lo has mencionado por ahí…

Exactamente… El de la tienda era Zaragoza, y Santos Degollado cosía los botones de sus oficiales. Esos detalles aparentemente insignificantes te dan la idea de un personaje. Eso va construyendo de abajo hacia arriba o de la profundidad a la superficie.


Ahora, si tuvieras que elegir entre historia y literatura, ¿con cuál quehacer te quedarías?

Con los dos, porque la gracia es cómo demonios puedes hacer historia usando las artes de la literatura y como puedes hacer literatura usando las artes de la historia.


Sí, justo. ¿A la novela histórica le ves una función social más que artística?

Yo creo que si no la sabes escribir no sirve para nada lo bueno que estés investigando. Estamos repletos de novelas históricas publicadas con investigaciones muy pobres, se te caen de las manos cuando las abres. Entonces, detrás de la novela histórica necesitas la profundidad de la investigación, pero detrás de la historia necesitas la habilidad de la narración para que no sea historia fría, sino que se caliente sin alterar en lo más mínimo el rigor de la investigación.


Ahora se habla mucho de la autoficción, ¿qué piensas? Vivencias familiares que producen archivos de memoria individual, escritura de abordajes muy ¿opuestos? a las vivencias sociales.

La verdad es que tú puedes contar desde cualquier esquina, y puedes reflejar el mundo desde esa esquina. En ese sentido, yo debo ser una mezcla de “engelsiano”, de Engels, y budista: el universo puede ser contenido en un grano de arena si lo sabes contar. El problema es la dificultad para contarlo. El minimalismo no me interesa, y como lector no me interesa la literatura de clase media regodeándose en su experiencia, y como escritor, menos. Sin embargo, no deja de apasionarme una historia, supuestamente lateral, sobre cómo un hijo de la clase media se vuelve un rebelde profundo, y de repente me entran curiosidades que me llevaron a muchos de los ensayos en Trece historias para la historia, a ir por caminos raros de profundización, porque me interesaba un actor de cine macartista que al final traiciona a sus compañeros, y toda su vida lo persiguió la culpa; me interesan un chingo los mecanismos de la culpa como motores. En ese sentido soy no sólo engelsiano-budista, sino también maoísta chino [ríe], donde la culpa pesa un huevo. Durante mucho tiempo me pregunté a mí mismo: “¿Dónde estaba yo el 2 de octubre?”. Estaba en Madrid. Tres días antes, mi padre me había puesto en un avión, y yo salí de la casa de los amigos de mis padres, abrí el periódico y me encontré con la masacre de Tlatelolco. Esa culpa me acompañó durante un año, luego ya me la quité de encima y dije: “Bueno, la vida es como es y no pudiste estar donde tenías que estar”, que es un poco lo que refleja Retamar en un poema, cuando dice: “Nosotros, los sobrevivientes,/ ¿a quiénes debemos la sobrevida?”. Entonces, me interesan los mecanismos de la culpa y el remordimiento.

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¿Por qué?, ¿porque son resortes de la vida?

Sí, y además, a veces, resortes fundamentales, pasan 20 años y dices: “Qué culpa de mierda estás pagando”, y no hay psiquiatra que sepa profundizar en el pasado al grado de encontrar la extraña raíz de un comportamiento que tiene su origen en que 20 años atrás le habías tumbado su novia a tu hermano, a la malagueña, con trampa, gastando en cajas de chocolates todo el dinero de tus padres.


Paco, ¿te tocó la onda educativa de la memorización de los textos literarios?

No. En el mundo lector se te van quedando frases inolvidables, pero en el mundo de la vida cotidiana vas sufriendo un nivel de desgaste profundo, y la memoria va perdiendo filo, agudeza —la memoria-recordar, que no la memoria-concepto, va perdiendo—, entonces, algunas frases se quedan, otras se quedan un rato y se van, otras están sólo un rato pero dejan una sensación que te hace volver a buscarlas. El monólogo de Calderón de la Barca de La vida es sueño, leído con ojo crítico hoy, es un monólogo absolutamente idealista: “la vida es sueño y los sueños, sueños son”, pura madre, miente como bandolero; sin embargo, un día descubres que Carlos Marx aprendió español para leer el monólogo de Calderón, porque en un museo al que va, le dicen: “Escríbase una dedicatoria, don Carlos”, y escribe en español el monólogo. Entonces tú dices: “Espérame, deja detenerme”, vuelves sobre el monólogo con una intensidad doble y descubres que sí es muy idealista, pero me vale madres porque tiene una intensidad vitalista que supera al individualismo, entonces te quedan frases. Ciertos poetas —sobre todo poetas— se dedicaron en la vida a grabarme frases en la cabeza que vienen y van, se pierden y vuelven; Cernuda, por ejemplo. Ahí está Blas de Otero, Gabriel Celaya: “Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,/ mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,/ fieramente existiendo, ciegamente afirmando,/ como un pulso que golpea las tinieblas…”. ¿Cómo quieres ser? Cuando sea grande, quiero ser como un pulso que golpea las tinieblas. De tal manera se grabó esa frase en mi memoria.

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“Segismundo”, de la serie La vida es sueño, de Salvador Dalí, aguafuerte, 1962. Imagen: Guerrero Galería D’art

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Sí pues, te acuerdas de aquello con lo que conectas. Oye, ¿y conectas con los escritores que dieron un viraje inesperado en sus temas o en sus estilos, o que entraron en el declive de su curva creadora, y cuya obra, digamos, llega a envejecer mal respecto de los cambios culturales, entonces se produce un desdén de las nuevas generaciones? A veces pasa con autores que antes fueron muy consagrados y luego ya no comulgas con ellos. ¿Tú crees que vale la pena rememorar su valor literario, su calidad artística primera y desde luego su comprensión de la vida?

Se vale todo, hay que recuperar lo que se pueda recuperar.


A veces se quiere uno quedar con la primera impresión en la memoria de algo que te encantó. ¿Hay alguna relectura que te haya decepcionado o que no te haya llenado igual que la primera vez?

Sí, de vez en cuando creo que era mejor la primera vez, y es normal porque el peso del descubrimiento de la anécdota, cuando ya lo conoces, en la segunda lectura está debilitado, ya no es esplendoroso.


A veces pasa al revés. A mí me pasó con El proceso de Franz Kafka, la segunda vez me gustó mucho más.

Estás hablando de dos cosas diferentes. Una cosa es cuando leíste mal porque no tenías instrumentos para leer, hay libros que se te pasaron en blanco cuando los leíste porque no tenías instrumentos para leerlos a fondo, y ahora que los tienes, los recuperas. Otra cosa es que haya libros que hayas leído [a fondo] y que mejoren cuando los relees; no lo sé, tengo que hacer la prueba del añejo con Conversación en La Catedral, un libro que me fascinó.


Seguramente pasa la prueba del añejo.

Quién sabe, porque la anécdota ya la conozco.


¿Cuándo la leíste?, ¿a qué edad más o menos?

Cuándo salió. Ese día. En los setenta, principios, conversé en La Catedral.

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Has hablado mucho de la historia transversal, de la necesidad de hacer una historia transversal más que diacrónica.

Es un problema de la curiosidad, del interés. De vez en cuando te encuentras con que la historia universal te da parámetros que no te da la historia nacional o vertical; por ejemplo, cuando de repente alguien te dice: “Oye, la Tenochtitlán que vio Cortés desde la gran pirámide tenía más habitantes que Constantinopla”, pues, ay, no mames, ¿en serio? Esa visión transversal te da elementos muy interesantes para medir el mundo. Entre las cosas que te ayudan a explicar el mundo está el preguntarte por qué los Estados Unidos son un país tan bárbaro y tan poco civilizado. Una de las explicaciones es por lo tarde que llegó la integración racial: el derecho de los negros al voto en Alabama se produce en los años 60, a la vuelta de la puta esquina. Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud en 1810, y luego los colonos tejanos que vinieron al Álamo pretendían conservar situaciones de esclavitud con sus peones negros, pero al cruzar la frontera, esos negros automáticamente eran liberados, hasta con el gobierno marrano de Santana. El hacer historia horizontal te da unos parámetros a veces súper interesantes.


¿Y cómo fungen en la memoria las efigies de las ciudades? Ahora con lo que pasó en la alcaldía Cuauhtémoc, que quitaron la estatua del Che y de Fidel…

Estamos en pie de guerra, el mensaje es: “Devuélvanlas de inmediato”. Además descubrimos que el acto fue fraudulento, no hay decisión del Cabildo de la Cuauhtémoc, se la tomó por sus pantalones esta señora, pero además dice que no estaban legalmente, y enseguida apareció el documento de que en 2020 se habían legalizado. A petición de los vecinos de la colonia Tabacalera. Fue votado y aprobado todo.


¿Y los monumentos en general del país y del mundo, ¿qué papel juegan en la memoria colectiva y en la memoria personal?

Hay de todo. Por un lado, hay una memorabilia de fechas y tumbas que no produce nada más que distancia. El Juárez de la Alameda es un Juárez tan, tan rígido, que no produce simpatía, y es grandioso, es grande, órale, una pinche sillota y un Juárez, y eso es rígido, no provoca gran cosa; pero los hijos de la chingada cristeros lo encapucharon, y entonces rápidamente ya me produjo conexión: “Desencapúchenlo, cabrones, ¿por qué le tienen miedo?”. De tal manera que otra vez vuelves al problema de la piedra, los significados y las memorias vivas. En la medida en que le puedes traer memoria viva al hierro, a la piedra, al nombre de calle, al nombre de estación de metro, le das significación. En la medida en que logras identificar algo como “Ahí Prieto salía al balcón”, y “la Batalla de Puebla fue contada desde un balcón”. Antes de que Juárez supiera qué había pasado con Zaragoza, los telegramas llegaban a ese edificio, Prieto los abría y los leía al pueblo llano, luego se los metía en la boca a un mensajero que se iba corriendo a Palacio a llevarle una copia a Juárez. Ese fenómeno de glásnost, de apertura informativa, no se ha vuelto a repetir en la historia de México jamás. Es significativo. “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”, escribió Zaragoza, y le dictó a un telegrafista todo cucho, ahí. El telegrama llega a la Ciudad de México en la única línea telegráfica que tenemos. Prieto lo lee a la población y luego se lo manda a informar al presidente. ¿Qué se volvió significativo? La historia se amarra y se vuelve memoria, se vuelve colectiva.

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Dibujo de la misión El Álamo en San Antonio, Texas; impreso en 1854 en Gleason's Pictorial Drawing Room Companion y reimpresa en Frank Thompson The Alamo, 2005, p 106. Imagen: Wikimedia Commons

Entonces si un transeúnte cualquiera pasa por un monumento y desconoce qué hay detrás de él, no está funcionando.

No funciona. El monumento, la piedra fría no sirve para nada. Es más, este país está repleto de piedra fría creada por la educación, que te hacía rendir homenajes a la bandera en el patio de escuela, pero no tenías referentes de contenido, entonces era simplemente insolación y aburrimiento.


¿Pero será un problema de este país o será un problema general de la humanidad? Yo creo que de pronto la humanidad no quiere cargar con tanto precio histórico a cuestas para hacer su día a día.

Lo primero: la humanidad no es un sujeto, por más que lo intentes. La humanidad no quiere cargar… No, no, ve a saber qué parte de; una parte sí, y otra no. Hay lugares donde el manejo de la historia tiene otras densidades, lo ves cuando los recorres. En la India hay una densidad diferente en el manejo de la historia original. Quizá porque el significante de los templos se conserva. En otros lugares encuentras una memoria distorsionada. En España, por el franquismo, la guerra dijo: “Aquí terminó y esto se olvida”, pero ahí está la recuperación de la parte no franquista de la historia inmediata de España. O la conquista de América, la manera en como se ha intentado recordar en España es terrible, es epopeya de conquistadores. Y tú dices: “Sí, a veces sí”. Estaban locos, se metían en la selva Guyana, caminando, con enfermedades de la piel que nunca habían conocido. La historia de una novela es capaz de hacer una recuperación mucho más firme y más fiel. A veces, los caminos de la memoria son los caminos no tradicionales.

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Grito de Independencia, de Ángel Bracho, litografía, ca. 1950, Taller de Gráfica Popular. Imagen: Colección Blaisten

¿Qué opinas de la situación en Argentina, en donde Javier Milei pretende retorcer la historia cambiando la narrativa de los desaparecidos de la dictadura?

Otro loquito. Toda dictadura trata de inventar el pasado para autojustificarse. El PRI durante muchos años les dijo a los mexicanos: "Yo soy Cortés y la Malinche bailando juntos”. Estaba cabrón, pero bueno. “Yo soy la Independencia y soy Hidalgo, y también soy heredero de Iturbide, aunque sea un canalla que secuestró la independencia, me vale madres. Soy heredero de Juárez, claro, y la Reforma, faltaba más, y también soy heredero de la Revolución, y no me importa decir que soy heredero de Zapata, Villa y de Venustiano Carranza, que trataron de fusilarse alegremente uno al otro.” El PRI era esta distorsión organizada autojustificativa. ¿Qué está haciendo Milei? A partir de su visión de ladrón de pueblo, de bodeguero de barrio, que no da pa mucho más que eso, de su supuesto antiestatalismo, intenta una ruptura de los izquierdosos de mierda que están ahí y que se refugian en el pasado, y que hay que sacarlos del derecho a refugiarse en el pasado. Entonces opta por eliminar, ¿qué elimina?, elimina ese muro de la memoria. Si es que puede; no ha podido, pero ganas no le faltan. Cierra el museo de la Escuela de Mecánica de la Armada,5 y va, va, clausurando. Y le pega a la educación, dice que no va a destinar dinero para investigar historia contemporánea de Argentina. Y le pega a la industria editorial, y le pega… O sea, las dictaduras operan con la lógica de destrucción de cualquier versión del pasado que no les acomode para ser autojustificativas.


Una última pregunta de mi parte: ¿hacia dónde te gustaría llevar tu quehacer de divulgador de la historia y de la literatura en este país?

Hacia tener más horas para dormir. [Risas] He descubierto que, a los 76 años, para ser humano medianito —no exitoso, ¿eh?, Ena lo puede confirmar, ella lleva mi agenda—, para ser humano necesito dormir cuatro horas y media en la noche, y tres en la tarde, o dos y media. Y no lo estoy logrando. Entonces, ¿qué significa? Pérdida neuronal, exceso de arañas en el cerebro y agotamiento. Entonces, el otro día me dijeron: “Paco, ¿no vas a escribir una biografía de Zapata como la de Villa?, y dije: “No mames, no mames, son tres años de tiempo completo”. Además ya existe. No estaré totalmente de acuerdo con ella, pero está la versión del zapatismo, de Francisco Pineda. Ya la escribió Pineda, no mames, dejen de… [Risas]


Para terminar, Paco, hay cierto cambio, ya de hace tiempo: cuando la gente se va a Gringolandia, tiene una memoria distinta, allá celebran distinto, se centran en el 5 de mayo; ya es otro pueblo, nosotros somos más renuentes a celebrar esa fecha… Nos desentendemos cuando sale a colación, pero la del 5 de mayo es una batalla bien chida.

A ver, tú dices: los mexicanos fuera decidieron conmemorar lo que les dio la gana y como les dio la gana. Pero esto no es un problema de memoria colectiva. ¿Por qué? Tienen mala memoria de la Batalla de Puebla; el único problema es que no tienen memoria de la segunda Batalla de Puebla, que fue más importante. Entonces queda nada más el 5 de mayo, porque les ganamos y duró un día. Pero la otra dura 100 días, ante un ejército francés que se multiplicó por seis; la segunda es la que hay que contar bien. Ahora me voy a dedicar a contar bien la Batalla de Puebla. Además ya lo escribí, no tengo que volver a escribir. Dedico, en estos momentos, decenas de horas a la semana a la recuperación de memoria colectiva. A dar conferencias de historia de México. A hacer programas de televisión con temas de historia de México. A entrar en internet para discutir con alumnos de secundaria.

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Marcha hacia Puebla: El general Forey en el campamento de San Agustín del Palmar, 1862; de un boceto de M. Brunnet, teniente de artillería. Imagen: Wikimedia Commons

Eres una especie de superstar entre la juventud, no muchos lo logran.

Me han de querer por lépero, [risas] no por la profundidad histórica de mi creación. Han sido un chingo de años de batalla, en distintos frentes. Piensa, de repente, que hace 20 años, a putazos me enfrenté a Krauze por el tema del Pípila. Estuvo duro…


Putazos metafóricos.

Porque no pasó al lado mío, porque le doy un chingadazo. [Ríe.] Estuvo duro.


¿Cuándo fue eso, más o menos?

Cuando el libro de texto de Zedillo. Zedillo elimina al Pípila del libro de texto. Yo saco un artículo diciendo: “No, se equivocan, sí existió. Tenemos tres diferentes pruebas de su existencia: está la llamada de la viuda para recoger la pensión, años después de la Independencia; está la identificación de él como minero, blablablá, y hay dos o tres testimonios directos”. Entro al debate público y me contesta Krauze diciendo que no existió…, y Aguilar Camín; defendían el libro de texto de Zedillo, lo que claramente indica que seguro se habían llevado algo de ese asunto. El rollo era: ¿cuáles son las pruebas de la inexistencia del Pípila? El historiador conservador Lucas Alamán —el historiador histórico— dice que nunca lo vio, pero el testimonio que tenemos en la biografía de [José] Valadés sobre Lucas Alamán (Valadés es una veleta, lo mismo odia a uno que a otros y no se pone de acuerdo en a quién odia, pero bueno) dice, en resumen: “Alamán pasó tres días de la toma de Querétaro debajo de su cama, escondido porque entraban tiros por la ventana. O sea, qué chingados vio al Pípila él”. Y entonces la base era Alamán reconstruido por la derecha.

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El Pípila, de Pablo O’Higgins, ca. 1950. Imagen: Colección Blaisten

Un pilón, Paco: ¿A qué te recuerda la noche?, ¿te hace evocar algo en particular?

¿La noche? No sé, yo soy escritor de noche, lo he sido toda mi vida. A que no hay pajaritos dándote la lata en la ventana de tu casa. Que no suene el teléfono. La noche es chingona. La noche es chingona porque no suena el teléfono.



1 http://censoarchivos.mcu.es/CensoGuia/Archivo_de_José_C._Valadés. [flecha]

2 Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista. [flecha]

3 https://portales.sre.gob.mx/acervo/nuestros-archivos/476. [flecha]

4 https://www.bibliotecademexico.gob.mx/Fondo_Reservado_Carlos_Basave. [flecha]

5 Durante la dictadura militar en Argentina, la Esma funcionó como centro clandestino de detención, tortura y exterminio, y fue clausurada en 1983; años más tarde se convirtió en el Espacio para la Memoria, Promoción y Defensa de los Derechos Humanos, que alberga el Museo Sitio de Memoria Esma a partir de 2015. [flecha]



Entrevista realizada por Claudia Sánchez Rod y Dania M. Vándalos.




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Foto: Claudia Sánchez Rod

Narrador, historiador, editor y activista social, PACO IGNACIO TAIBO II es fundador del género neopoliciaco en América Latina, autor de más de una treintena de novelas, otros tantos libros de historia, algunos de cuento, las biografías de Pancho Villa, el Che y Tony Guiteras, además de escribir reportaje y crónica. Tradujo a Jack London y John Reed, y su propia obra ha sido traducida y editada en unos 30 países; algunos títulos suyos han sido mencionados entre los “libros del año” por Le Monde, The New York Times y Los Angeles Times. Es director del FCE y lo fue de diversas publicaciones periódicas. Presidió la Semana Negra de Gijón y la Asociación Internacional de Escritores Policiacos. Ha ganado el premio a la mejor novela negra extranjera publicada en Francia, el premio Bancarella en Italia, tres veces el Dashiell Hamett, el Grijalbo de Novela, el Planeta-Joaquín Mortiz, el Goliardos a su trayectoria, el Narrativa Colima de Bellas Artes, el Nacional de Historia del INAH y la Medalla al Mérito en Artes por sus aportaciones a la historia, la literatura y la cultura de la Ciudad de México.