Emiliano Zapata 1919 - 2019:
La muerte del hombre que hizo nacer una idea


En este espacio virtual se podrán visitar varias de las exposiciones que se llevaron a cabo en la Biblioteca de México de manera presencial durante 2019. Estas exhibiciones significaron para el público una experiencia enriquecedora en torno de la rica tradición cultural de México. Se incorporan en este sitio exhibiciones con distintas temáticas, como: efemérides históricas, arte visual y obras y figuras literarias relevantes de todas las épocas, desde un enfoque bibliohemerográfico.

Un hombre, una idea, muchos ecos

José Mariano Leyva

 

La revolución campesina de Emiliano Zapata y el agrarismo constitucionalista

Anna Ribera Carbó

 

El Ejército Libertador del Sur: Motivos de incorporación

Laura Espejel López

 

Las diferentes conmemoraciones de Emiliano Zapata

Salvador Rueda Smithers

 

Mujeres, zapatismo y revolución

Selección de textos por José Mariano Leyva

 

La muerte de Zapata vista por el Ejército Libertador del Sur

Edgar Sáenz

 

Voces... Sonidos... Zapatistas

Ruth Arboleyda

 

Bibliografía

 

Fuentes documentales

 

Créditos

 
 
 
 
 
 

Un hombre, una idea, muchos ecos

José Mariano Leyva


El zapatismo es probablemente uno de los movimientos más simbólicos de la Revolución mexicana. Un evento histórico en donde converge tanto el carisma del líder como el dolor de su muerte. La idea de una rebelión que no se sofocó ni con la temprana y violenta desaparición de Emiliano Zapata. Después de 1919, el año de su muerte, el zapatismo y sus inconformidades ahí vertidas, tuvieron ecos, muchos y por varias partes del país.
 

Pero no sólo después del zapatismo hubo ecos. En esta exposición, "Emiliano Zapata 1919-2019: La muerte del hombre que hizo nacer una idea", quisimos recuperar a partir de los fondos de la Biblioteca de México y de otros acervos, las diferentes voces que generaron.

Así, podemos escuchar en su propia voz a los revolucionarios que aún quedaban vivos en la década de los setenta, hablar de su cabecilla y de la tortuosa vida cotidiana que significa la guerra civil. Esto, gracias al trabajo de historia oral que se realizó en la Dirección de Estudios Históricos del INAH y que supo conservar el material en su biblioteca Manuel Orozco y Berra. Pero también encontramos los testimonios de personas que eran niños cuando empezó el conflicto, sus razones para incorporarse al movimiento que el día de hoy se nos pueden antojar demasiado cotidianas: la defensa de una vaca, huir de un padrastro que era golpeador. Pero al mismo tiempo, razones completamente válidas, el zapatismo era eso: la defensa de lo cotidiano, de lo que daba para comer.
 

En otro sitio aparecen los libros que contienen estudios que han vinculado a las mujeres con el movimiento, dejando claro que este fue un momento de ruptura en más de un sentido. La figura femenina abandona el prototipo de Adelita para cobrar densidad y ganar complejidad. La Revolución rehízo algunos aspectos de la mujer aunque no sin altas dosis de violencia.

Aparecen también las diferentes interpretaciones que Emiliano Zapata tuvo después de su muerte, desde la prensa de la época (obtenida del Fondo Reservado de la Biblioteca de México) que no se cansó de calificarlo como a un bandolero, hasta su estudio más pausado, y ya con la calma que a un historiador le dan los años que hay de por medio. También presentamos varias imágenes gráficas —algunas poco conocidas— e interpretaciones del zapatismo desde diferentes disciplinas artísticas: teatro, literatura, artes plásticas, animación.
 



Así de vigorosos y complejos fueron Emiliano Zapata y su movimiento. Y por lo mismo, para esta exposición, nos pareció prudente pedirles a historiadores que se sumaran al coro de las voces que ya existían y nos ayudaran a darles contexto. De esta forma, una vez que el visitante entre, esperamos que pueda ver la idea detrás del hombre, el ideal detrás de la rabia, la historia detrás del zapatismo, y la humanidad con todas sus aristas que siempre, de manera inevitable, tienen los interiores de los libros.
 
 
 
 
 
 
 

La revolución campesina de Emiliano Zapata y el agrarismo constitucionalista

Anna Ribera Carbó


Hace ahora cien años, en 1919, Emiliano Zapata murió a traición en la hacienda de Chinameca. Hacía tan sólo diez años, se había hecho cargo de los títulos primordiales de Anenecuilco, Villa de Ayala y Moyotepec para, poco después, recuperar las tierras ocupadas por la hacienda de Hospital.

Se incorporó al llamado revolucionario de Francisco I. Madero, quien había ofrecido en el Plan de San Luis revisar los despojos de tierras denunciados por todo el país, pero en noviembre de 1911 se separó definitivamente de éste para ponerse al frente de su propia revolución conforme al Plan de Ayala.

Se trataba de una lucha que ponía la iniciativa en manos de los campesinos y que subvertía con ello el orden establecido. Los usos y costumbres de los pueblos serían los árbitros del campo de Morelos y el Ejército Libertador del Sur, quien garantizaría la propiedad de la tierra, así como la legalidad revolucionaria.
 
Tras el golpe militar en contra de Madero, Emiliano Zapata continuó su lucha, enfrentando al gobierno usurpador de Victoriano Huerta. En los territorios que fueron quedando bajo su agraria por el centro-sur de México inspirando a los movimientos populares desde Puebla y Tlaxcala, hasta Guerrero y el Estado de México. Ahí enfrentó Victoriano Huerta su amenaza más cercana y ahí encontró la revolución constitucionalista norteña, encabezada por Venustiano Carranza, el reto más importante a su hegemonía revolucionaria.

Los revolucionarios del norte y del sur no podían ignorarse, por lo que establecieron contactos, se observaron y se comunicaron, aunque nunca lograron un acuerdo. Carranza se negó a aceptar los planteamientos del Plan de Ayala que alteraba el orden legal, en tanto que Zapata consideró siempre que solamente apegándose a él podía garantizarse la realización de una auténtica justicia agraria. Carranza no cedería jamás en términos de la autoridad del Estado, mientras que Zapata nunca haría concesiones en su forma de concebir el derecho de los pueblos a la tierra. El acuerdo nunca sería posible.
 
Pero, aunque no hubiera un acuerdo, el proyecto agrario de los zapatistas fue el espejo en el que los demás revolucionarios observaron la cuestión del campo en toda su clara definición.

Muchos dirigentes y mandos medios del constitucionalismo se fueron radicalizando y adoptando posiciones agraristas mucho más definidas.

Ello explica, por ejemplo, la ruptura de Pancho Villa con Carranza en las jornadas de la Convención de Aguascalientes, en el otoño de 1914, para unirse con los surianos. Y explica también por qué al calor de la lucha campesina de Morelos el constitucionalismo no tuvo más remedio que adoptar posturas más definidas respecto a los problemas de la tierra.

Ya fuera por conveniencia o por convicción, se convirtió en una lucha agrarista tanto por la participación campesina en sus filas, como por su programa de dotación y restitución de tierras consignado en la Ley de 6 de enero de 1915, y más tarde en el artículo 27 de la Constitución de 1917.
 
 
 
 
 
 


El Ejército Libertador del Sur: Motivos de incorporación

Laura Espejel López


El levantamiento que encabezó el general Emiliano Zapata Salazar, a través del Ejército Libertador del Sur en Morelos, Guerrero, Puebla, Estado de México y el sur del Distrito Federal, fue el movimiento campesino más radical en la Revolución Mexicana. Le dieron contenido social el Plan de Ayala de 1911 y el Programa Político que construyeron en los años de 1914-15. El objetivo principal de la revolución zapatista fue la defensa de la tierra, los bosques, el agua, así como la dignidad de las personas. El zapatismo simbolizaba la lucha agraria.
 
 
Escuchamos a través de las historias personales de los veteranos zapatistas a las generaciones que participaron en la guerra, y en esta exposición también quisimos ocuparnos de la generación de los niños y adolescentes en la que, por su corta edad, de doce a diecisiete años, expresaron otras razones al incorporarse al ejército zapatista. Motivos que nos hablan de necesidades inmediatas, causas humanas y profundas donde el individuo, la familia, las relaciones de autoridad-poder, libertad- agravios se manifestaron en los movimientos sociales.
 
 
En la mayoría encontramos una necesidad de cambio ante la opresión simbolizada por el gobierno de Porfirio Díaz, a través de la fuerza pública: prefectos políticos, jefes de las fuerzas rurales; los capataces de haciendas. Tomemos algunos ejemplos de estas emotivas y expresivas vivencias:

“Jóvenes sin libertad”
Estábamos ya aburridos, ¡aburridos de veras!, jóvenes ya sin libertad de nada, no gozábamos lo que es nada, nada, nada; entonces empecé a ver a otros muchachos nos juntamos quince, quince; entonces dice, dice: “bueno, ¿entons qué dicen?, ¿nos vamos o seguimos trabajando o seguimos sufriendo?”, “ah... pues vamos a, a ver qué Dios dice”, “pos vamos” y que nos dispusimos a ir.

General brigadier José Contreras, Tepetlixpa, Estado México

Entrevista realizada por Yolanda Alemán y Laura Espejel, el día 24 de mayo de 1975, en Tepetlixpa, Estado de México. PHO-Z/1/103
https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

“Te quedas cuidando a la familia”

Para proteger a la familia en este caso el soldado Plácido Amacende Pérez, quien tenía 19 años, prefirió que su padre se quedara al cuidado de la familia y él en la plenitud de su juventud incorporarse y cumplir el compromiso revolucionario:

Entonces ya pensaba él ir, mi padre, dice: “hay te quedas cuidando la familia” Le digo: “en tal caso mejor yo voy, porque yo estoy en mi apogeo, yo estoy deberas ’orita en mi apogeo, y si me muero toy bien muerto, pero usté no, usté mejor cuídese”. Y mejor, yo pues cumplí el compromiso. Mejor yo me jui con Juan Alatorre.

Soldado Plácido Amacende Pérez, Tepalcingo, Morelos

Entrevista realizada por Laura Espejel, el día 2 de marzo de 1974, en Tepalcingo, Morelos. PHO-Z/1/30 https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

Por no perder bienes familiares: el ganado o un caballo

La experiencia del teniente Juan Arellano, así como la del capitán primero de caballería Severiano Castillo narran su incorporación al maderismo y al zapatismo para obtener un documento que les permitiera defender sus vacas, su familia y a su pueblo. Así narra también el coronel Jesús Ahedo, su ingreso con el jefe zapatista que conocía y cómo llegó a recuperar su caballo.

Sabe usted por qué mi papá tenía su ganado, y una vez que jue a pasearlo en el monte y se los quitaron, y yo dije: “Para que aquí a mañana lo pueden pegar a mi padre...”. Entonces me levanté en armas, me jui para, con los maderistas y entonces ahí pedí el salvoconducto y se lo vine a dar en Boca del Monte a mi padre para que, para que no lo molestaran. Así es que cuando llegaba la compañía de nosotros, luego decía: “A ver, un borrego”. Mi papá lo sacaba su, su salvoconducto y lo enseñaba, dicen: “Pus no, no hay que hacerle nada porque es, su hijo está, está con nosotros.

Teniente de caballería Juan Arellano Aguilar, Milpa Alta, D.F.

Entrevista realizada por Alicia Olivera de Bonfil, el día 7 de agosto de 1973, en Milpa Alta, D.F. PHO-Z/1/7 https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 
 
 

Estábamos cuidando los animales cuando llegaron esos hombres y, y queriendo recogernos los animales, queriendo recogerlos y yo no quise; yo era el más grande de los pastores, que éramos cuatro pastores ahí, pues estaban chicos. Entonces los demás comenzaron a llorar y yo me quedé así. Enton’s vino un coronel Antonio Rangel ahí, entonces me dijo él: “A ver, esa vaca que está ahí me gusta”, le digo: “Bueno, ¿y por qué la va usted a llevar?”. ¡Y la mejor vaca! “¿Y por qué la va usted a llevar?”. “Pus que no, esta es la orden que traigo”. Le digo: “No, no, no la lleva usted a mi vaca, es preferible que usted me lleve y no mi vaca”. Dice: “¿de veras eres machito?”, le digo: “Sí, como no, sí”. Enton’s llega mi papá, dice: “¡Ay hijo, ya se van a llevar las vacas!”. Le digo: “¿Quién?”, dice: “Los zapatistas, ya llegaron”. Le digo: “No, no se las van a llevar”… Después fue mi coronel, después me dijo él, dice, este: “¿De veras eres hombre?”. “Pues sí, soy hombre, ni modo que…”, dice: “Bueno, enton’s te espero, ¿a dónde te espero?”, le digo: “Pus lo que no quiero que moleste a mi pueblo, es lo único”.

Capitán primero de caballería Severiano Castillo Moreno, Santa Cruz
Acalpixca, Xochimilco, D.F.

Entrevista, realizada por Alicia Olivera de Bonfil, el día 28 de julio de 1973, en Santa Cruz Acalpixca, Xochimilco, D.F. PHO-Z/1/5
https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

“Recojo mi caballo y yo me voy con ustedes”.

Conociendo yo a Lucio Moreno y a Bernabé Labastida que comerciaban con leña, que llevaban a la casa de mi padre para el horno, que hacían pan, me acerqué a ellos. Ya don Lucio me conoció y me preguntó […] qué hacía allí en Tlayacapa. Le contesté que le, yo iba a vender mi carne, nada más que lo quería, quería yo hablar con él porque se habían llevado mi caballo: “Uno, uno de los, de sus soldados de usted, este, don Lucio. Y yo quiero que, que usted me acepte que yo me vaya con usted”. Recojo mi caballo y yo me voy con ustedes.

Coronel Jesús L. Ahedo Gutiérrez, Ciudad de México

Entrevista realizada por Laura Espejel, el día 17 de noviembre de 1974, en la Ciudad de México. PHO-Z/1/86 https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

“Vámonos… ya ves cómo te pega tu padrino”

Hasta llegar al lugar más íntimo la familia, al verse el adolescente Félix Vázquez Jiménez maltratado por su padrino huye de la casa para ir con sus amigos para incorporarse

Pus vea usté, estuve con mi padrino, me maltrataban mucho, de allí hubo unos amigos —ora sí que desde chamaco, tiene uno amigos ¿no?—: “Pus que vámonos pa´ Tierra Caliente, vámonos, qué estás haciendo aquí, ya ves cómo te pega tu padrino, que por allá vamos a estar bien, vamos a ir a trabajar y ganas dinero y nomás para ti”. Bueno, pus me animaron, ¿no? De todos los que me animaron el único que me quedé fui yo, ellos se vinieron porque a mí me, me espantaban los que iban de aquí para allá, me espantaron que cuando viniera yo, mi padrino me iba a dar un, me iba a pegar […] Entonces yo ya me di de alta con un señor que se llamaba don Daniel Mancilla, era yo chamaco, porque no había generales, nomás puros, les nombraban puros cabecillas.

Mayor de caballería Félix Vázquez Jiménez, San Juan Ixtayopan, Tláhuac, D.F.

Entrevista realizada por Laura Espejel, el día 10 de agosto de 1973, en San Juan Ixtayopan, Tláhuac, D.F. PHO-Z/1/9 https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 
 
 

La historia del soldado Miguel Parra de San Antonio Tlatenco también habla de maltrato familiar: decide incorporarse con el general Rafael Espinoza, por los golpes que le dio su padre al perder el dinero de la venta de pulque:

Bueno, que perdí, este, la lana, los uno cincuenta lo perdí, como pos ora ya […] ora  nomás calzoncito  de, de manta allí;  a mano de coser,  no había máquina, nomás la pura punta de hilvana, hilvana. Bueno, y entonces mi camisita pos… donde jui —con perdón de usted—, jui al escusado y ahí me senté, no me fijé, nomás metí los centavos aquí y ya, no le di ajuera y sí, se, se chispó las faldas y no me acordé del dinero [tose]. Bueno, pues eso. Ora llegué en la tarde, pos que pulque traigo, pues ya no me atendió, pus no hay con qué comprar. Pu’s ni modo. Me dio una chinga mi papá, lo que nunca me pegaba, porque era yo el consentido, nunca me pegaba. Y entonces decía yo: “Carambas mejor me ’biera, me voy a desbarrancar, me voy a desbarrancar, po’s qué carambas” […] Después, como ya llegó el general Rafael Espinosa y un, mi primo, le tocó decir: “El tlacualero va a dejar las tortillas allá en el Iztaccihuatl”, ahí en el monte, en los campamentos, donde tiene un campamento Rafael [tose]. Y que ya le digo: “Po’s yo me voy, yo me voy, ya estoy decidido que mejor me voy”.

Soldado Miguel Parra Rosales, San Antonio Tlatenco, Puebla

Entrevista realizada por Salvador Rueda y Citlali Marino, el día 27 de abril de 1974, en San Antonio Tlatenco, Puebla. PHO-Z/1/37
https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

Otra situación que orilló a los muchachos a unirse al levantamiento zapatista fue la pobreza de los padres que abandonaban  a los hijos y los dejaban  a cargo de familiares, o bien porque morían los padres y los hijos eran criados por familiares.

“Quiere el general Chon que por favor nos conduzcas…”

… yo cuidaba el rancho solito, me dejaban allá, [los tíos] pos mucha, mucha vileza puedo decir, ¿verdad?, hoy que ya soy grande. Yo no tendría valor de dejar a un chamaco en el campo mayormente como entonces, le digo que había tanto animal, todavía animales feroces, las montañas eran gruesas. Entonces, como yo me quedaba  solititito, pues ni a quién, ni con quién platicar. La primer vez que oí el tropel de bestias ¡sentí bonito!, porque de veras, sentí pues precioso, me alegré. Y ya llegaron a la casita y me tocaron, me hablaron, este, y contesté. “¿Qué —dice—, qué estás haciendo, muchacho?” Digo: “’Toy cuidando”. “Está bien. Queremos, este, quiere el general Chon [Encarnación Díaz] que por favor nos conduzcas al cerro, este, más espeso que haiga por acá, donde puédamos dormir tranquilos”. Yo, por la alegría de la visita y de verme solo, pues me levanté corriendo, me arreglé, y como conocía yo todas las veredas, como arriábamos el ganado, desde a las cuatro de la mañana ya andábamos arriando, pues conocíamos todos los lugares. Y que me, que me los llevo a un cerro grandote, allá fueron a dormir.

Soldado Joaquín Bello Rodríguez, Chilpancingo, Guerrero

Entrevista  realizada  por  Citlali  Marino, el  día  26  de  mayo  de  1974,  en  Chilpancingo, Guerrero. PHO-Z/1/46 https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

Muchachos huérfanos, la desolación de pérdida de la madre o el padre o de ambos, la soledad los llevaba a encontrar en el grupo de rebeldes zapatistas protección y cobijo que les daba el sentirse acompañados. La orfandad en que se encontraba el soldado Luis Ramos Juárez y el desprecio de su tía lo orillaron a incorporarse a la revolución zapatista, ahí encontró su hogar.

Porque pues soy huérfano de papá y mamá y no tuve con quién alojarme, por eso me jui a la Revolución, de ái, pues ya le digo, vino el general Rafail Espinoza, zapatista; y vino, este, supo Fernando Remes, ese los quería bajar… ái murió Fernando Remes, aquí en el monte, y no bajó a los zapatistas.

Sargento primero de infantería Luis Ramos Juárez, San Antonio Tlatenco, Puebla

Entrevista realizada por Citlali Marino y Salvador Rueda, el día 27 de abril de 1974, en San Antonio Tlatenco, Puebla. PHO-Z/1/38
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La leva

Los pueblos zapatistas fueron arrasados e incendiados por Victoriano Huerta y los generales Juvencio Robles y Luis G. Cartón. Los campesinos del centro del país de diferentes edades se incorporaron ante la amenaza de la leva, sistema de reclutamiento forzoso de los hombres en el Ejército Federal, que eran llevados a los campos agrícolas de Yucatán y de Valle Nacional en Oaxaca, o para combatir en el norte del país. Esta situación de agravio a la población pacífica aumentó el número de jóvenes y hombres en el Ejército Libertador del Sur. Como nos narran el capitán Gregorio García, el coronel Carmen Aldana y el teniente coronel Leopoldo Alquicira Fuentes:

 

Estaba [Victoriano] Huerta, agarraban de veinticinco y estábamos apuntados y por eso de mejor a que nos lleven a la leva, mejor nos fuimos pa arriba con la Revolución, mmm. Primero me jui con, este, con un era coronel de Huitzilac, se llamaba Jerónimo.
Capitán primero de caballería Gregorio García García, Santo Tomás Ajusco

Entrevista realizada por Alicia Olivera de Bonfil, el día 12 de noviembre de 1973, en Santo Tomás Ajusco, D.F. PHO-Z/1/21
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Por eso el gobierno, después, llegaba a una cañada y jallaban a los pacíficos, los mataban; y entons toda la gente se levantó a engruesar [engrosar] las filas de Zapata.
Coronel J. Camen Aldana Aragón, Tepalcingo, Morelos

Entrevista, realizada por Laura Espejel, los días 2 y 30 de marzo de 1974, en Tepalcingo, Morelos. PHO-Z/1/32
https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016

 

…aquí las autoridades a mi hermano lo, lo apuntaron para llevarlo de leva cuando [Victoriano] Huerta, pero él cuando supimos eso, él se jue; como él se jue y lo perdieron de vista, me apuntaron a mí y me agarraron y me llevaron, pero me hui en la noche y me jui a otro día [ …] como nosotros no estábamos contentos con eso, ¿verdá?, porque se oía decir de que los soldados del gobierno los metían de montón, y los, los revolucionarios los acababan. Eso nos consta a nosotros porque lo mismo nos pasaba por aquí, por aquí todos los revolucionarios...

Teniente coronel Leopoldo Alquicira Fuentes, Tepepan, D.F

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Entrevista realizada por Alicia Olivera de Bonfil, el  21 de julio de 1973, en Tepepan, D.F. PHO-Z/1/3
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Estas voces de ex revolucionarios zapatistas nos hablan de diversas razones de incorporación. Sin embargo, con el paso del tiempo asumieron la causa agraria como la bandera principal de sus ideales.

 
 
 
 
 
 
 

Las diferentes conmemoraciones de Emiliano Zapata

Salvador Rueda Smithers


En 1922 el presidente Álvaro Obregón en un acto reivindicador abanderaba la reforma agraria en Morelos como eje central, el 10 de abril de 1922 una comisión conmemoraría el sacrificio en Chinameca y proyectaría a Emiliano Zapata como alto héroe de la Revolución. La comisión estaba formada por veteranos del Ejército Libertador del Sur leales al presidente caudillo, quien al tiempo que terminaba por descalificar a los restos del carrancismo encarnado por el general Pablo González y al malhadado Jesús Guajardo, quizá ya olfateaba la tormenta delahuertista de 1923.

Para el presidente Obregón, Zapata no sería una sombra, sino el rebelde insobornable; sería el hombre-límite, símbolo de una Revolución que ahora lo incluía como pilar —y que con ello desterraba a los competidores ajenos al presidente, vueltos rebeldes inaceptables, y a sus personalistas ambiciones disfrazadas de una nueva guerra civil—. Un lustro más tarde, sin embargo, Obregón caería también de mala manera. Curiosamente, y a contrapelo de Zapata, su muerte lo proyectó fuera del ámbito heroico, primer paso hacia el limbo y el olvido. Y la historia mexicana dio un vuelco. En este caso, la sorpresa de la muerte presidencial no provocó descontrol político. El pragmatismo se impuso, y con él los ideales. La Revolución recuperó a Zapata; y el dolor inicial tampoco se desdobló en desaliento.
 
 
El gobierno cardenista, en 1938, cobijó un homenaje a Emiliano Zapata más profundo y menos interesado que el obregonista de 1922, pues para entonces la imagen del jefe sureño estaba claramente relacionada con las políticas agraristas estatales y símbolo de la revolución social como práctica de justicia postergada centenariamente. Zapata sería pensado —junto con el mismo presidente Cárdenas— como un hombre que tenía a la justicia en la frente; por eso encarnaban lo mejor del espíritu de la Revolución –hecho que, como guerra tangible, en la realidad cargó lo peor de la conducta social.

En 1937, cuando el poeta y polígrafo malagueño José Moreno Villa llegó a México, se maravilló de la sustancia histórica nacional cuando la descubrió en su exilio. Escribió que la “historia de México está en pie. Aquí no ha muerto nadie, a pesar de los asesinatos y los fusilamientos.
 
Están vivos Cuauhtémoc, Cortés, Maximiliano, don Porfirio, y todos los conquistadores y todos los conquistados. Esto es lo original de México. Todo el pasado suyo es actualidad palpitante. No ha muerto el pasado. No ha pasado lo pasado, se ha parado”.

Moreno Villa nos enfrentó a la historia mexicana como un inmenso mural, legible y lógico. Pero también a un mural apasionado, en el que sus personajes no dejan correr al tiempo. Y la más frecuente de esas figuras enormes del pasado detenido es Emiliano Zapata. Pero, ¿está ahí Zapata? De hecho, sí, pero no detenido. No está quieto. De todos los habitantes del vasto mural, es tal vez el único que ha hecho del tiempo su naturaleza propia, su hábitat. Ha caminado a través de los calendarios, se ha adaptado a las circunstancias y a los contextos, a los lugares y a las distintas manifestaciones del ser social. Es un personaje insignia: abandera la idea de lo posible en el trasbordo de la historia. Ha dado nombre al principio de esperanza de campesinos, de indígenas, de gente del campo, de migrantes, de rebeldes, de obreros, de artistas, de estudiantes, de viejos y jóvenes, de pobladores del campo y de las ciudades.

Podemos adelantar una frase: Emiliano Zapata destaca por su infinita ansia de justicia. Pero no es suficiente, por supuesto: a los héroes mexicanos, en general, les obsesionó ser justos. Tampoco por haber sido un caudillo militar exitoso, así que la respuesta debe ser otra.

Fue algo más, con olor a campo. Ya Diego Rivera, en sus primeros frescos, lo imaginó telúrico, ligado a la tierra. En su lugar natal, en Anenecuilco, se abre la historia de México como una herida, escribió Gastón García Cantú con lucidez. Sus ancestros, dijo su biógrafo John Womack, llevaban en sus huesos la historia de México, aunque sabemos que sus ojos buscaron arreglar el mundo moderno. También podríamos estar de acuerdo con Luis Cardoza y Aragón, quien afirmó que con el Plan de Ayala nació el siglo XX y que el “brusco poema de Zapata” convive armónicamente con los versos de Ramón López Velarde —quien lo combatió—, lo mismo que Sor Juana puede estar junto a Pancho Villa.

Pero hay una calidad más, y es la que le agradecemos las generaciones siguientes: Zapata fue quien le dio el carácter de reforma social a la Revolución Mexicana. Lo que pudo haber sido un sordo conflicto de posturas políticas, o el simple reajuste de las leyes del mediodía decimonónico, o la pura cifra de rebeliones populares en el torbellino de un país convulsionado, resultó en un episodio épico que comenzó en 1911 y terminó en 1920: fue el instante de invención de la reforma social, del principio de esperanza como práctica.

Esa idea simple, la del bienestar para todos, haría la diferencia, hasta nuestros días, entre unos protagonistas y otros, y entre el acto de gobernar y el arte de gobernar.

Para Zapata gobernar no fue fácil. De hecho, fue su némesis. En el confuso contexto de 1913 a 1916, Zapata tuvo que dictar disposiciones del poder ejecutivo regional.
 

Entre sus preocupaciones estaba la de rehabilitar la economía de su geografía, que pasó del orgullo del progreso de los hacendados porfirianos al trueque y a la recolección de las sociedades elementales, arcaicas; en apenas unos meses en 1913, la moneda desapareció, junto con su utilidad y valor de cambiario. Zapata aceptó —y en su caso dispuso— la emisión de billetes y la utilización de la plata de las minas guerrerenses y del Estado de México para acuñar monedas. En otras áreas, se ensayó la emisión de monedas de barro y recortes de papel con apenas un sello. Vale destacar que sus hombres lo hicieron con la pulcritud a que la urgencia y los recursos les permitían, no sin sentido de la estética y del simbolismo. Siempre, eso sí, con el lema imperdible del zapatismo: “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”. Paralelamente, e inútilmente, echó a andar las modernas haciendas azucareras, que debían vender alcohol y piloncillo para hacerse de dinero.

Las utopías, grandes productoras de documentos, en realidad dejan pocas huellas materiales. Tal sucedió con la que encabezó Zapata. Apenas algunos vestigios. Pero su paso sí cambió la geografía. Posibilitó la existencia de pueblos y comunidades con personalidad legal; abrió el camino a la reivindicación de los derechos indígenas, reabrió expedientes judiciales que habían dormido desde el siglo XVIII en gavetas y escritorios de los tribunales. Se trata de la prueba, pequeña pero contundente, de una utopía campesina que se esforzó en los horizontes desconocidos de la economía y del cambio social: dan fe de los esfuerzos por amueblar su mundo como un mundo justo.

 
 
 
 
 
 

Mujeres, zapatismo y revolución

Selección de textos por José Mariano Leyva


“Muchas mujeres preparadas y educadas en las escuelas normales y vocacionales, e influenciadas por el incipiente movimiento feminista del porfiriato, se involucraron en la lucha durante varias fases. Un número mucho mayor de mujeres de clase baja, urbana y rural, se vio obligado a participar en la guerra y no tuvo otra opción más que hacerlo activamente, en especial en los aspectos militares de la misma. Cientos de miles de mujeres más, de todas las clases sociales, fueron víctimas y murieron en el conflicto. Finalmente, mujeres que en su mayoría eran de clase media y alta y se identificaban con la iglesia católica se volvieron enemigas activas y acérrimas de los líderes de la Revolución, que eran anticlericales declarados.”

Anna Macías, Contra viento y marea.
El movimiento feminista en México hasta 1940

 
“Ellas también fungen como espías, correos o transporte de armas. En un exvoto se agradece a la Señora de Guadalupe porque ellas pudieron pasar muchas balas y rifles de Estados Unidos a México, pero la empresa la lograron ellas, las mujeres terrenas, y merecen, ¡cómo no!, un amplio reconocimiento.”

“Viajando de norte a sur en los techos de los trenes, éstos son también bodega para sus líos de ropa, dan el espacio para el descanso en el que recuperan la risa y el gozo por la conciencia de estar todavía vivas. En la lucha adquieren una valoración mayor por parte de sus compañeros y sientan las bases para exigir posteriormente mayores derechos.”

Julia Tuñón, Mujeres

 

“En el caso de las soldados, se trata de mujeres singulares que en primera instancia también fueron transgresoras al participar en el espacio masculino de la guerra. En un ambiente bélico donde la valentía y la virilidad eran cada día más valoradas, las mujeres aprendieron a comportarse de esa manera, se masculinizaron; sin embargo, en algunos casos no se libraron de padecer agresiones sexuales.”

Martha Eva Rocha Islas, “Visión panorámica de las mujeres durante la Revolución Mexicana”,
en Historia de las mujeres en
México

 
 
 
 
 
 
 

La muerte de Zapata vista por el Ejército Libertador del Sur

Edgar Sáenz


La figura del general Emiliano Zapata fue tan importante en vida, que su muerte provocaría un estruendo igual de estrepitoso en los sentimientos de los miembros del Ejército Libertador del Sur. La noticia del asesinato de su líder fue muy difícil de asimilar, la reacción entre sus partidarios fue muy diversa: desde la negación de que tal acontecimiento hubiese ocurrido hasta la sensación de estar totalmente desprotegidos a raíz de la ausencia de su protector.
 
De la misma forma el ánimo entre la tropa fue muy distinto al que tenían cuando el Caudillo del Sur se encontraba dirigiendo el movimiento; lo que por mucho tiempo fue entusiasmo y ansia de lucha se desvaneció repentinamente y se transformó en abatimiento.

Los ideales que habían estado persiguiendo se esfumaron junto con la vida del general Emiliano Zapata.



“Emiliano Zapata, derrotado y muerto por tropas del General Pablo González”
El Universal. Diario político de la mañana
Año IV, tomo XI. Núm. 905
México, viernes 11 de abril de 1919
 Fondo Reservado



¡No murió Zapata!

Simpatizantes del zapatismo se negaron aceptar que el cadáver acribillado en Chinameca el 10 de abril de 1919 fuera del jefe Zapata. El señor Agapito Pariente estuvo convencido de que fue uno de los compadres de Zapata quien ofreció su vida para salvar al general: “Entró un señor que era su compadre, que se llamaba Joaquín Cortés, de Tepoztlán… [Entró] en lugar de Zapata, como tenía su caricatura de él, y le dio todo, el caballo y todo y se metió a la hacienda”.

El capitán zapatista Margarito Pimentel afirmó también que no fue Zapata quien sucumbió ante las balas en Chinameca, sino que fue su compadre Jesús Delgado, quién se sacrificó por él: “Ese no se murió, porque en Chinameca el que murió fue Jesús Delgado de Tepoztlán. Que él entró a representar a los primeros descargues, Zapata se quedó sentado en la Piedra Encima. Y a los primeros descargues, Zapata se aventó a la barranca, y agarró rumbo a los Copales y allí se encuevó y ya no salió… Vino a los veinte días su compadre de Arabia y lo sacaron”.

El soldado Benjamín Rosales estuvo seguro de que no fue Zapata quien había muerto aquel día de abril: “No murió él, murió su compadre, ¿verdad? Bueno, entonces el que decía que no era Zapata, lo mataban. Y muchos les empezaron a decir que sí era, que era Zapata y muchos empezaron a decir que no era Zapata, y le buscaban el dedo, lo tenía mocho, ¿eh?, sí. Y claro que después como vieron que iban matando a los que decían que, que no era, pus ya todos decían: ‘Sí es, sí es, sí es’. Entonces aquel árabe lo sacó a Emiliano Zapata y se lo llevó a Arabia, y así se fue. Tiene como dos, como dos o tres años que apenas murió”.


Sin Zapata no hay futuro

Una vez que Emiliano Zapata fue asesinado, el arrojo y la seguridad de triunfo que tenían los soldados zapatistas se vieron totalmente fracturados. Las voces de los zapatistas dan cuenta de ello, y del decaimiento moral provocado por la ausencia de su líder. El mayor Ramón Zetina declaró: “Al morir mi general Zapata, pues tuvimos que desmoralizarnos, porque ya no había eco. Ya pues, es como un padre de familia, se muere el papá del hogar y se desbarajusta la familia, así fue. Unos agarramos por un lado y otros por otro, entregamos las armas y nos pusimos a trabajar”.

 


“El cadáver de Emiliano Zapata fue sepultado en Cuatla , ayer a las cinco de la tarde”
El Universal. Diario político de la mañana
Año IV, tomo XI. Núm. 907
México, domingo 13 de abril de 1919
 Fondo Reservado



 
El coronel Joaquín Campos, al saber que el movimiento zapatista se había quedado sin su principal dirigente, afirmó: “Bueno, que ya nos había cargado Gestas, ¿qué otra cosa? Sí sentí, pues. Ni sabía yo quién iba quedar al frente de… hasta después se supo. Pero nadie supo nada de eso porque, cuando Obregón bajó para Guerrero, ya se unió la gente toda con Obregón. No, ya no tuvimos más, se quedó aquello en paz; se quedó tranquilo, y nomás pensando en las cosas. Pero ya digo, cuando bajó Obregón, entons jue cuando la voltereta de todos”.

Todos estos sentimientos de desprotección fueron canalizados por el enemigo y poco a poco redujeron la fortaleza del zapatismo. El general José C. Contreras experimentó esta situación, provocada por la muerte de Zapata: “Pues hasta que terminó la Revolución y ya últimamente pus ya se desmayó la gente y ya no, ya le digo: los de Morelos ya no nos ayudaron bien a bien”.

Después de la muerte de Zapata, los ideales del Ejército Libertador del Sur, plasmados en el Plan de Ayala, siguieron siendo la bandera de lucha del movimiento zapatista; sin embargo, es evidente que el asesinato del caudillo provocó desánimo e incluso muchas deserciones en el grupo zapatista: surgieron divisiones entre los jefes por obtener el liderazgo que siempre se había sintetizado en la figura de Emiliano. Su muerte provocó para muchos zapatistas la sensación de orfandad, como un hogar que se queda sin padre de familia.

 
 
 
 
 
 

Voces... Sonidos... Zapatistas

Ruth Arboleyda


Voces ancianas, algunas todavía enérgicas, otras cansadas.
Voces de ancianos y ancianas que, durante la revolución, eran jóvenes, muy jóvenes.
Sonidos de su entorno, ruidos domésticos, llantos de niños, las voces de los entrevistadores
Voces y sonidos, preguntas y respuestas, narraciones de vivencias anidadas en las memorias de gente que vivió esos años, gente que conoció a Emiliano Zapata, que luchó con él, que creyó en él, que lloró su muerte.
 
 

Memoria que pudo ser transformada en testimonio gracias al esfuerzo de un puñado de investigadores que, hace mucho tiempo, entre 40 y 50 años, allá por la década de 1970, valoraron la importancia de las voces de la gente común, del soldado de a pie, de las mujeres que vivieron la angustia de los pueblos arrasados, de tener que huir al monte y mantener allá, juidos, la unidad doméstica. Así,  lograron  conservar  157  testimonios,  resguardados  en  la  Biblioteca Manuel Orozco y Berra de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, ahora ya disponibles en línea.

En aquellos años, las voces de la gente común, de la gente de a pie, de los soldados, de las mujeres, apenas empezaban a ser objeto de atención del mundo académico, que había aprendido la historia de la revolución a partir de caudillos y jefes, batallas, ideólogos y planes políticos.

Alicia Olivera Sedano y Eugenia Meyer fueron las investigadoras que le dieron cuerpo a este proyecto, ampliando y superando algunos esfuerzos previos. Alicia Olivera se encargó de la zona centro-sur, de la rebeldía zapatista y sus actores. En estos testimonios, escuchamos su voz, y también la de los investigadores jóvenes que se sumaron a este novedoso esfuerzo. En las grabaciones que aquí se presentan están las voces de Laura Espejel López, Carlos Barreto Mark y Citlali Marino, pero también recogieron estos recuerdos Salvador Rueda Smithers y otros. Algunos de ellos hicieron del conocimiento de esta historia, de estas historias, del reconocimiento de su valor y de su potencial, un proyecto de largo plazo para sus vidas profesionales, produciendo nuevas perspectivas y enfoques sobre la rebeldía llamada zapatista, por la fuerte figura de su principal dirigente: Emiliano Zapata Salazar.

 
Porque en ellas encontramos muchos aspectos de la lucha que habían pasado desapercibidos antes: la cohesión pueblerina de sus participantes, las nociones de justicia, los detalles de las dificultades del abasto para los insurrectos y las peculiaridades de la organización de un ejército campesino. La visión de estos combatientes sobre la revolución, sus dirigentes y las otras facciones revolucionarias, su juicio lapidario sobre muchos grandes actores del movimiento armado.

En sus testimonios hay mucho sobre la persona del caudillo, sobre cómo estos testigos veían a su dirigente: el justiciero, el padre, el hombre que era “muy buena gente”, que “no era déspota”. El hombre que era “muy atractivo”, “muy decente”. Aunque también vemos al mujeriego, incluso llegamos a conocer la visión que de él tenía la mujer que lo conoció cuando era “pacífico” y le vendía pulque a las puertas de su casa.

Destaca mucho en las narraciones el trato llano, cercano, la justicia inmediata, la posibilidad de llevarle directamente peticiones y reclamos.

Gracias a este trabajo, que los investigadores hicieron llevando una enorme grabadora “portátil”, buscando en asociaciones de veteranos listas de participantes que a su vez dieron nuevas referencias, tocando puertas, generando confianza, recorriendo pueblos y ciudades, es que se ha podido enriquecer, en los últimos 40 años de quehacer historiográfico, la comprensión y percepción de una lucha campesina cuyos reclamos, en palabras de Salvador Rueda, modificaron el discurso político del siglo XX mexicano, todo debido a unos campesinos que lo único que querían era “un pedacito de felicidad”.
 
 
 
 
 
 
 

Bibliografía


 
 
 
 
 
 

Fuentes documentales


 
 
 
 
 
 

Créditos


Directorio

Alejandra Frausto Guerrero
Secretaria de Cultura

Natalia Toledo
Subsecretaria de Diversidad Cultural

Marx Arriaga Navarro
Director General de Bibliotecas

José Mariano Leyva Pérez Gay
Director de la Biblioteca de México

Beatriz A. García López
Jefa del Departamento de Promoción Cultural


Curaduría
José Mariano Leyva

Coordinación
Beatriz A. García López, Alicia Rico Morales

Revisión de textos
Geney Beltrán, María Guadalupe Ramírez Delira

Diseño
David de la Rosa, Cynthia Bernal

Bibliografía
Eduardo Rueda, Alicia Rico Morales, María Guadalupe Ramírez Delira

Videos
José Luis Carmona Lara, Eduardo Osorno, David de la Rosa

Museografía de la exposición presencial
Alfonso Zárate Ávalos

Registro fotográfico
Edher A. Moreno


Agradecimientos


Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia Biblioteca "Manuel Orozco y Berra"

Diego Prieto Hernández, Delia Salazar Anaya, Ma. Eugenia del Valle Prieto, Ma. Esther Jasso Sáenz, Marcela Cobos Romero, Laura Espejel López, Ruth Arboleyda Castro, Anna Ribera Carbó, Salvador Rueda Smithers, Edgar Sáenz López.

A los bibliotecarios y personal de Promoción Cultural de la Biblioteca de México




 
 
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